La pena de Koko


Lunes 22 de junio de 2026
Cuando le comunicaron que su gatito había muerto, Koko permaneció en silencio. Diez minutos después, desde su habitación comenzaron a escucharse largos sonidos de angustia.
La gorila que durante años había aprendido a comunicarse mediante gestos estaba enfrentando una pérdida.
Koko nació el 4 de julio de 1971 en el zoológico de San Francisco. Un año después, Francine “Penny” Patterson, entonces estudiante de doctorado en Stanford, comenzó a enseñarle un sistema de signos adaptado a las manos y movimientos de un gorila.
Al principio eran expresiones sencillas relacionadas con comida, bebida, personas y objetos.
Con el paso de los años, el equipo de Patterson sostuvo que Koko llegó a utilizar cientos de signos y a comprender numerosas palabras habladas.
También afirmaba que podía combinar gestos para comunicar deseos, molestias y estados emocionales.
Koko se convirtió en una celebridad mundial. Apareció en documentales y en la portada de National Geographic.
Millones de personas quedaron fascinadas ante la posibilidad de que un animal pudiera acercarnos, mediante sus manos, a una parte de su mundo interior.
Pero el episodio que más marcó su historia no ocurrió durante una prueba científica.
En 1984, Koko eligió entre varios cachorros a un pequeño gato gris y blanco. Lo llamó All Ball.
Lo cargaba, lo acariciaba y jugaba con él. Las fotografías de ambos mostraban una relación improbable entre un animal de enorme fuerza y una criatura que cabía entre sus brazos.
Meses después, All Ball escapó y murió atropellado. Cuando Patterson le explicó que el gato no regresaría, Koko no reaccionó inmediatamente.
Poco después comenzó a emitir vocalizaciones que los gorilas utilizan en situaciones de angustia.
Durante los días siguientes, según los registros del proyecto, utilizó signos relacionados con “llorar”, “triste” y “gato dormir”.
Para quienes trabajaban con ella, aquello era una manifestación de duelo. El caso también alimentó un debate que continúa abierto.
Los responsables del proyecto afirmaban que Koko utilizaba signos con intención y comprendía parte de su significado.
Otros especialistas señalaron que nunca demostró dominar una lengua humana con su gramática y estructura, y que algunas interpretaciones podían estar influidas por las expectativas de sus cuidadores.
Koko podía comunicarse mediante gestos aprendidos, pero definir hasta qué punto aquello constituía un verdadero lenguaje sigue siendo discutido.
Su historia no pierde valor por esa incertidumbre. No hace falta imaginar que hablaba como una persona para reconocer que recordaba, creaba vínculos, buscaba contacto y reaccionaba ante una ausencia.
Koko murió mientras dormía el 19 de junio de 2018. Tenía 46 años. Durante décadas fue presentada como la gorila que podía hablar con los humanos.
Tal vez su mayor legado fue algo más profundo: obligarnos a considerar que los animales poseen una vida emocional que existe incluso cuando nosotros todavía no sabemos traducirla.

