El Padre Pío se aparece milagrosamente en una zona de guerra


Domingo 8 de marzo de 2026
Corría el año de 1919. Una mañana, después de misa, un hombre en la iglesia que miraba fijamente al Padre Pío exclamó: “Dios mío, es él. Verdaderamente es él. ¡No me equivoco!”.
Al decir aquello, el hombre se arrodilló y comenzó a llorar. “¡Padre Pío, gracias por salvarme de la muerte!”, dijo el hombre. “No debes darme las gracias a mí, hijo mío. Da gracias a nuestro Señor y a la Virgen de las Gracias”, respondió el Padre Pío.
El Padre Pío y el hombre hablaron juntos durante unos momentos, pero lo hacían tan bajito que nadie a su alrededor pudo oírlos.
Más tarde, algunas personas en la iglesia le preguntaron al hombre de qué habían hablado él y el Padre Pío.
El hombre explicó que había sido capitán de infantería. Una vez, mientras estaba en el campo de batalla en pleno combate, vio a un fraile de pie a poca distancia. El fraile era delicado, de piel clara y tenía unos ojos hermosos y expresivos.
El capitán supo al verlo que no era un capellán militar, pues vestía un hábito marrón. El fraile le dijo: “Capitán, venga aquí rápido. ¡Aléjese de donde está inmediatamente!”.
El capitán siguió las instrucciones del fraile. Apenas hubo corrido hacia él, una granada explotó justo en el lugar donde había estado parado.
La fuerza de la explosión dejó un gran agujero en el suelo. Si no hubiera seguido la orden del fraile, habría muerto instantáneamente.
El capitán tenía el mayor deseo de agradecer al fraile por salvarle la vida, pero cuando volvió a mirar en su dirección, el fraile no aparecía por ningún lado.
Cuando el capitán relató su historia a sus compañeros de armas, uno de los soldados le dijo que él también había sido rescatado de la muerte por un monje hermoso.
En la base militar, otros informaron que también habían visto a un fraile en el campo de batalla que levantaba los ojos al cielo y rezaba.
Uno de los soldados dijo que el nombre del fraile era Padre Pío y que vivía en San Giovanni Rotondo.
El capitán había hecho el viaje a San Giovanni Rotondo para comprobar si el Padre Pío era el sacerdote que había visto en el campo de batalla.
Cuán feliz se sintió al poder confirmar que, efectivamente, era el Padre Pío quien lo había rescatado, y qué alegría tuvo al poder agradecerle personalmente por haberle salvado la vida.

