Religión

El Credo de San Atanasio

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Sábado 29 de noviembre de 2025

El Credo de San Atanasio, también llamado “Quicumque vult” por sus primeras palabras en latín (“Todo el que quiera salvarse…”), es uno de los textos más densos y contundentes de toda la tradición cristiana.

A diferencia del Credo de los Apóstoles o del Niceno-constantinopolitano, que nacen ligados directamente a los primeros siglos y a grandes concilios orientales, este símbolo de fe surge en el Occidente latino, probablemente entre los siglos V y VI.

La piedad popular lo atribuyó a san Atanasio de Alejandría porque fue el gran defensor de la divinidad de Cristo frente al arrianismo en el siglo IV, pero los estudios serios coinciden en que él no lo escribió: el estilo, el idioma y el contexto son claramente occidentales.

Lleva su nombre porque respira su espíritu de combate doctrinal: no deja resquicio a la ambigüedad.

La Iglesia de aquellos siglos luchaba en varios frentes a la vez. Por un lado, contra quienes rebajaban a Cristo a simple criatura, negando su plena divinidad; por otro, contra quienes confundían las personas divinas, como si Padre, Hijo y Espíritu Santo fueran solo “modos” de un mismo Dios que cambia de máscara; y también contra errores sobre la humanidad de Cristo, que lo hacían parecer un Dios disfrazado más que un verdadero hombre.

En ese campo de batalla teológico nace este Credo: como un resumen máximo, casi jurídico, de lo que la Iglesia cree sobre la Trinidad y sobre Cristo.

No está pensado para niños, sino para obispos, sacerdotes y teólogos; por eso su lenguaje es rotundo: “El que quiera salvarse… es necesario que así sienta de la Trinidad”.

Durante siglos se usó sobre todo en la liturgia de Occidente, especialmente en el rezo del Oficio Divino, y en particular en la fiesta de la Santísima Trinidad.

Los monjes y sacerdotes lo repetían como un ejercicio de precisión: cada frase afina la mente para no caer ni en confusión ni en división.

Es un texto que se aprendía, se recitaba y se meditaba, porque funcionaba como un mapa: mostraba, con frases casi talladas en piedra, dónde está la verdad católica y dónde empiezan los precipicios de la herejía.

Su función no era estética, sino protectora: era un muro doctrinal levantado después de siglos de errores, cismas y discusiones.

La primera parte del credo se concentra en el misterio de la Trinidad. Insiste en que hay un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Repite, casi como un martillo, las tres afirmaciones claves: cada Persona es Dios, cada Persona es Señor, cada Persona es eterna, increada, inmensa y omnipotente, pero no por eso hay tres dioses, ni tres señores, ni tres eternos, sino un solo Dios verdadero.

Al mismo tiempo, remarca que el Padre no es el Hijo, que el Hijo no es el Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo no es el Padre.

Es decir: rechaza tanto la confusión (mezclar las Personas) como la separación (imaginar tres dioses distintos).

Esta precisión, que puede parecer fría, en realidad protege el corazón de la fe: Dios es comunión eterna de amor, unidad sin soledad y diversidad sin división.

La segunda parte se centra en Cristo, y allí retoma las definiciones del Concilio de Calcedonia (451).

Afirma que Jesús es “Dios y hombre”, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, con alma racional y carne humana, igual al Padre según la divinidad y menor que el Padre según la humanidad.

Deja clarísimo que no son dos Cristos, ni dos sujetos pegados, sino una sola Persona: el Hijo de Dios que asume una verdadera naturaleza humana.

No es que la divinidad se convierta en carne, ni que la humanidad se diluya en Dios, sino que ambas naturalezas se unen sin confundirse en una sola Persona.

Después repasa los hechos de la salvación: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección, ascensión, juicio final y destino eterno de justos e injustos.

El tono fuerte del final —“el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse”— refleja la conciencia de la Iglesia primitiva: la fe no es un adorno opcional, es la respuesta justa a lo que Dios ha revelado.

No se trata de que Dios disfrute condenando a nadie, sino de que el hombre no puede entrar en la comunión eterna con Dios si rechaza al Dios verdadero para inventarse otro a su medida.

En otras palabras, el Credo de San Atanasio advierte que no da lo mismo cualquier versión de Cristo o de la Trinidad; si deformo el rostro de Dios, termino perdido.

A continuación, el texto íntegro:

”Todo el que quiera salvarse, ante todo es necesario que mantenga la fe católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. Y la fe católica es esta, que adoramos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las Personas ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal es el Hijo, y tal es el Espíritu Santo. El Padre increado, el Hijo increado y el Espíritu Santo. Incomprensible el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo, y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno. Así como tampoco son tres increados ni tres incomprensibles, sino un solo increado y un solo incomprensible. Igualmente, el Padre es omnipotente, el Hijo es omnipotente, el Espíritu Santo es omnipotente; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios. Así también el Padre es el Señor, el Hijo es el Señor, y el Espíritu Santo es el Señor. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Pues, así como la cristiana verdad nos compele a reconocer que cada Persona por sí misma es Dios y Señor, así mismo la religión católica nos prohíbe decir que hay tres dioses y tres señores. El Padre no fue hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. El Hijo es solo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no fue hecho, ni creado, sino que procede de Ellos. Por lo tanto, hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad ninguno va antes o después del otro, ninguno es mayor o menor que el otro, sino que las tres Personas son entre sí co-eternas e iguales; de modo, que, como se dijo antes, se debe adorar la Unidad en Trinidad y la Trinidad en Unidad. El que quiera, pues, salvarse, debe pensar así sobre la Trinidad. Además, para la salvación eterna es necesario que también crea fielmente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Pues la fe recta es que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios, engendrado de la sustancia del Padre, antes de los siglos; y es hombre, de la substancia de su Madre, nacido en el mundo. Perfecto Dios y perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana. Igual al Padre en cuanto a su divinidad, y menor que el Padre en cuanto a su humanidad. Mas, aun cuando es Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo. Y uno, no por la conversión de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios. Uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Pues según el alma racional y la carne son un hombre, así Dios y hombre es un solo Cristo, el cual sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernosresucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la derecha del padre, Dios Todopoderoso, desde donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. A su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y darán cuenta de sus propios actos. Y los que obraron bien, irán a la vida eterna; y los que obraron mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse.”

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