La toma del Palacio de Justicia en Bogotá


6 de noviembre de 1985.
El amanecer sobre Bogotá tenía la calma de un día cualquiera, pero en el corazón de la ciudad, esa calma sería borrada por el fuego.
A las 11:30 de la mañana, un comando del M-19 irrumpió en el Palacio de Justicia.
Lo que comenzó como una toma armada se transformó en una de las jornadas más oscuras de la historia colombiana.
Durante dos días, los ecos de los disparos y las llamas cubrieron el edificio donde reposaban los símbolos de la ley.
Magistrados, empleados y visitantes quedaron atrapados entre el caos.
Afuera, los tanques del Ejército rodeaban la plaza, y adentro, la justicia ardía junto con los expedientes, las esperanzas y las voces que jamás volverían a ser escuchadas.
Cuando el humo se disipó, la ciudad entera se miró al espejo de la tragedia.
El Palacio, ennegrecido y en ruinas, se convirtió en un recordatorio doloroso de lo que ocurre cuando el diálogo se extingue y el poder se enfrenta al poder.
Hoy, su reconstrucción no es solo material: es un intento de rescatar la memoria, de darle nombre a los desaparecidos y de no permitir que el olvido vuelva a tener la última palabra.
