Historia

El poder se afirma mediante el miedo

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Miércoles 22 de octubre de 2025

En la Inglaterra medieval, la traición era el crimen más abominable de todos. No solo implicaba deslealtad al rey, sino también un atentado simbólico contra el orden divino, pues el monarca era considerado elegido por Dios.

Por eso, su castigo debía ser tan espantoso como ejemplar.

El condenado por traición sufría el castigo conocido como “ser ahorcado, arrastrado y descuartizado”, una secuencia de tormentos diseñada para infundir terror y deshonra.

Primero, el reo era arrastrado por caballos desde la prisión hasta el cadalso, como si su propio cuerpo ya perteneciera a la tierra.

Luego era ahorcado con un nudo corto, de modo que agonizara sin llegar a morir.

Entonces comenzaba la parte más cruel.

El verdugo lo desnudaba y abría su abdomen, extrayendo lentamente sus órganos internos —empezando por los genitales—, que eran quemados ante sus ojos, mientras el condenado aún respiraba.

Después venía la decapitación, y el cuerpo era cortado en cuatro partes, que se exhibían públicamente en distintos puntos de la ciudad, como advertencia.

Era una escena ritualizada, convertida en espectáculo ante la multitud.

Más que castigo, era un mensaje: quien traicione al rey, traiciona a Dios.

Hoy, siglos después, esta práctica nos recuerda que el poder se afirma mediante el miedo.

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