Religión

El Padre Pío y la Virgen María

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Viernes 26 de septiembre de 2025

El Padre Pío alimentó su amor por la Madre de Jesús desde niño. Iba a la iglesia de Pietrelcina a saludar y rezar a Nuestra Señora de las Gracias.

Siempre tenía una pequeña imagen de esta Virgen colgada en la pared de su celda. La miraba con gratitud antes de sus escasas comidas, antes de descansar y cada vez que regresaba a su celda cansado y fatigado después de confesar. Debía mirar a su pequeña Madre con inmensa ternura antes de cerrar los ojos en la muerte.

El amor del Padre Pío por la Virgen era el de un amigo que tiene fe, cree y espera. ¡No era solo una piedad sentimental expresada en hermosas frases, suspiros y sollozos! Su amor por la Madre de Dios era el resultado de la meditación constante, que se había convertido en su forma de vida.

El Padre Pío contemplaba a María dentro del plan de Dios para la salvación de la humanidad. Al estar cerca de ella, se sentía más cerca de Jesús.

El 6 de mayo de 1913, el Padre Pío escribió al Padre Agostino de San Marco in Lamis: «Esta tiernísima Madre, en su gran misericordia, sabiduría y bondad, me ha castigado de la manera más exaltada, derramando tantas gracias en mi corazón que, cuando estoy en su presencia o en la de Jesús, me veo obligado a exclamar: ¿Dónde estoy? ¿Quién está cerca de mí? Estoy en llamas. Me siento aferrado y unido al Hijo por medio de su Madre».

▪︎El Fraile del Rosario

Su amor se convirtió en una oración inagotable, ardiente y fiel. ¿Quién podría contar los rosarios que rezó a lo largo de su maravillosa vida? Era el Fraile del Rosario. Siempre lo llevaba en la mano o en el brazo como si fuera un brazalete o un escudo. Tenía otros rosarios bajo la almohada de su cama, sobre el escritorio de su celda. Llamaba al rosario su arma.

Una noche, estando enfermo en cama, no encontraba su rosario, así que llamó al Padre Onorato de San Giovanni Rotondo y le dijo: «Joven, tráeme mi arma; dame mi arma».

El rosario era su oración favorita; lo rezaba continuamente. Lo devoraba con un hambre insaciable. Era la oración que había aprendido de la misma Virgen: la Virgen de Pompeya, Lourdes y Fátima, como medio para obtener la conversión y la salvación de los pecadores.

A ciertas horas, caminaba por el sendero central del jardín del convento, absorto en su sufrimiento y en su amor, mientras las cuentas se le resbalaban entre los dedos de sus manos heridas.

En sus bolsillos llevaba rosarios, que regalaba a quien se los pidiera. Incluso hoy, la gente los aprecia mucho, diciendo: «¡Este es un rosario que me dio el Padre Pío; lo atesoro con todo mi corazón!».

▪︎Cantos de Alabanza

Cuando sonaba la campana del convento y podía rezar el Ángelus, ya fuera en el jardín, en la iglesia o junto a su ventana, ¡qué apasionada era su voz! De pie ante el altar, leyendo la Visita a María Santísima, rara vez podía controlar sus emociones.

Se conmovía profundamente cuando Beniamino Gigli le cantaba el «Ave María» de Gounod en el jardín del convento. Sentía debilidad por estos famosos cantores; los escuchaba con placer y siempre les pedía que cantaran una oración a la Virgen o una canción napolitana. Estaba tan atento y fascinado que era como si disfrutara de un trocito de paraíso.

Muchas veces se levantaba de madrugada para abrir la ventana de su celda porque alguien, solo, afuera cantaba el «Ave María» de Shubert o el «Ave María» de Gounod en su honor. Quedaba extasiado y al final aplaudía y gritaba: «¡Bravo, bravo! Que la Virgen te proteja y te bendiga, hijo mío».

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