Historia

Sidney Poitier y su lucha contra el racismo

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Viernes 25 de julio de 2025

Tenía 20 años, leía con dificultad y fregaba platos en Nueva York. Había nacido en las Bahamas y apenas sabía deletrear las palabras de tres sílabas.

Pero un día, por pura curiosidad, Sidney Poitier leyó un anuncio en el periódico que cambiaría su destino: “Se buscan actores”.

Fue al teatro, le entregaron un texto y leyó lentamente, con su acento caribeño. El director, burlón, lo echó gritándole: “¡No sabes hablar ni leer! Vuelve a lavar platos”.

Camino a casa, Sidney pensó: ¿Cómo supo que era lavaplatos?. Y entendió que lo que aquel hombre había visto no era a un joven sin preparación, sino a alguien sin valor.

“Tengo que demostrarle que está equivocado”, se dijo.

Siguió fregando platos, pero empezó a trabajar en sí mismo.

Aprendió a leer mejor, memorizó diálogos, audicionó una y otra vez.

Incluso ofreció limpiar el teatro a cambio de clases. Lo rechazaron. Le dijeron que no tenía talento.

Pero un día, por azar, reemplazó a otro actor en una obra. Estaba tan nervioso que se saltó líneas, pero el público lo aplaudió. Un productor le ofreció su primer papel.

Parecía el inicio de algo. Pero llegó una escena que lo puso a prueba. El guion le exigía interpretar a un conserje cuya hija era asesinada por gánsters… y él no hacía nada.

Sidney se negó.

No porque el personaje fuera humilde. Sino porque lo retrataban como cobarde.

“Soy hijo de un hombre digno”, dijo. “No puedo aceptar eso”.

Y volvió a fregar platos.

Meses después, ese mismo agente que lo había observado en silencio le dijo: “Estás loco, pero quiero ser tu agente”.

En 1963, Poitier hizo historia: fue el primer actor negro en ganar un Oscar como protagonista por “Los lirios del valle”.

Cinco años después, cuando le ofrecieron “En el calor de la noche”, no aceptó hasta que le garantizaron que, si un hombre blanco lo abofeteaba, él respondería de inmediato.

“No voy a interpretar a un personaje que no reaccione como un ser humano”, exigió.

Y así fue. Esa bofetada devuelta no solo cambió el rumbo de la película. Cambió el cine para siempre.

Sidney Poitier fue más que un actor. Fue un hombre que se negó a que los demás decidieran su valor. Un hijo que honró a su padre. Un símbolo de dignidad en tiempos de racismo.

Porque a veces basta con una sola palabra dicha con verdad —como él aprendió a decirlas— para cambiar la historia.

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