Religión

La lucha de Francisco contra la Misa antigua

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Domingo 25 de febrero de 2024

Queridos amigos y enemigos, ofrecemos a vuestra atención este artículo de Joachim Heimerl, al que agradecemos de todo corazón. Feliz lectura y difusión.

La lucha del Papa contra la “Misa antigua”: una lucha contra la Iglesia

Por Joachim Heimerl

Quien se haya preguntado por qué Francisco no sólo rechaza la Misa tradicional sino que también la persigue, recientemente recibió una respuesta de su boca: al Papa no le interesan los ritos bellos ni el latín; por el contrario, Francisco opina que el Concilio Vaticano II hizo depender la reforma de la Iglesia de la reforma de la Misa. Cualquiera que esté un poco informado sabe que esto es falso. Además: la reforma litúrgica de Pablo VI fue mucho más allá de las sugerencias del Concilio y condujo a una decadencia increíble de la Iglesia.

¿Pero qué dice sobre Francisco la persecución de la Misa antigua?

Una respuesta sencilla sería que, como la mayoría de los jesuitas, no tiene sentido de la liturgia. Peor aún: para él, la Misa es sólo un vehículo para la reforma de la Iglesia, lo que significa que, en última instancia, es un instrumento político. Las liturgias papales sin amor e incluso mutiladas que experimentamos actualmente dan testimonio elocuente de ello.

Una respuesta más matizada surge cuando se estudian las llamadas “notas de Ottaviani”. ¿Pero qué es eso?

El cardenal Alfredo Ottaviani se dirigió a Pablo VI en 1969 y le presentó por escrito sus consideraciones sobre la “nueva Misa”. Después de todo, Ottaviani había sido prefecto de la Fe y su voz tenía peso. Su veredicto fue mordaz y subrayó la importancia de la Misa tradicional como un “monumento completo” de la fe católica tal como se enseñó en todos los Concilios. La nueva Misa, en cambio, es deficiente y peligrosa, en última instancia, representa una nueva Iglesia.

Si aplicamos estas consideraciones a nuestra pregunta, surge una imagen clara: la lucha contra la Misa tradicional es una lucha contra las verdades de la Iglesia. Pero eso también significa que la Misa nueva y la antigua son incompatibles entre sí.

Juan Pablo II y Benedicto XVI intentaron crear aquí un equilibrio pragmático: ambas formas de la Misa coexistían. Sin embargo, en última instancia, eso simuló una continuidad que nunca existió en la realidad y esperaban preservar la unidad de la Iglesia. El problema que Ottaviani reconoció siguió sin resolverse.

Ahora, bajo el gobierno de Francisco las cosas han llegado a un punto crítico. Para él, la unidad de la Iglesia ya no es su principal prioridad. Su principal preocupación es implementar sus reformas y sólo desde este punto de vista se puede entender su actitud hacia la Misa tradicional: a Francisco le importa el rechazo de la tradición eclesiástica en su conjunto. Después de todo, un Papa que “bendice” el adulterio y las relaciones homosexuales ya no puede referirse a la Iglesia de Cristo y a las enseñanzas de los apóstoles, Ni tampoco si quiere nombrar “diaconisas” en un futuro próximo. Su pontificado marca una ruptura histórica, que es precisamente también una ruptura con la “Misa antigua”.

Según Ottaviani, el hecho de que se haya podido llegar a este desastre se presenta ya en la desacralización y protestantización de la nueva Misa: el carácter sacrificial y la presencia real ya apenas se expresan en ella, e incluso faltan por completo en la problemática Plegaria Eucarística II.

En general, la Misa queda limitada a la definición de un “banquete”, ya no se habla de la representación del sacrificio de la cruz y no hay rastro del sacrificio de alabanza a la Santísima Trinidad y del sacrificio expiatorio. Ottaviani escribe: “Ninguno de los valores dogmáticos esenciales de la Misa, que constituyen su verdadera definición, se encuentra aquí”.

A ello se agrega que “el rol del sacerdote está minimizado, desvirtuado, distorsionado (…), ya no se diferencia en nada de un ministro religioso protestante”. En cambio, el pueblo parece estar “dotado de poderes sacerdotales autónomos”, ya que –por ejemplo, en la Plegaria Eucarística III– se crea la impresión de que el pueblo y no el sacerdote es el “elemento indispensable para la celebración”.

Lo que Ottaviani denuncia como herejía de la nueva Misa debería ahora tomar forma definitiva en la fe de la Iglesia bajo Francisco. Como “monumento” de la verdadera fe, la Misa tradicional se opone a esto y, por tanto, según la voluntad del Papa debe ser eliminada. Su lucha contra la “Misa antigua” es en realidad una lucha contra la Iglesia, y solamente por eso es tan importante y se la combate tanto.

Ottaviani consideró la nueva Misa un “error” fatal de Pablo VI que tendría consecuencias “imprevisibles”. Él tenía razón en eso y también Pablo VI se dio cuenta finalmente de eso. En 1972, quedó estupefacto al descubrir que el “humo de Satanás” había penetrado en la Iglesia a través de “alguna grieta”. No es de extrañar: el propio Pablo había abierto esta grieta con la nueva Misa.

Se dice que a partir de entonces se arrepintió de su “error”, pero nunca lo revirtió. Ciertamente no resultó indiferente al hecho de que Ottaviani señalara al final de su carta que el papa Pío V había anatematizado a cualquiera que se atreviera a tocar la Misa tradicional. Y aunque esta advertencia sobre la “ira del Dios Todopoderoso” estuviera dirigida en su momento a Pablo VI, más todavía se aplica hoy a Francisco. En definitiva, cada Papa es sólo un administrador al que el Señor exigirá una rendición de cuentas clara (cf. Lc 16, 1-9). Sin embargo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo imaginar que el alejamiento de las verdades de las Sagradas Escrituras en la doctrina y la liturgia pueda corresponder a SU voluntad. En consecuencia, el veredicto sobre este pontificado podría ser tan duro como la lucha de este Papa contra la Iglesia.

Publicado originalmente en alemán el 20 de febrero de 2024, en https://www.marcotosatti.com/2024/02/20/der-kampf-des-papstes-gegen-die-alte-messe-ein-kampf-gegen-die-kirche/

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

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