Religión

Lo que sigue tras la muerte de Benedicto XVI

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Por Alberto Villasana

Sábado 31 de

Benedicto XVI es el último Papa de esta era de la Iglesia. Al morir, un grupo de obispos fieles a él (y al Evangelio, el Magisterio auténtico y la Tradición), elegirán a un sucesor entre ellos, tal vez de las iglesias ortodoxas, sin la necesidad de recurrir al cónclave de los cardenales inválidos nombrados por Jorge Mario Bergogio

En un giro sorprendente, el 6 de octubre de 2022 el Santo Padre Benedicto XVI hizo saber, en un mensaje enigmático, que la Sede Apostólica estaba impedida. Es decir, que no existía en ella un Papa válido debido a una obstrucción.

La ocasión fue el mensaje personal que envió a los Becarios reunidos por la Fundación Papa Benedicto XVI para la presentación de un libro de Piergiorgio Odifreddi, titulado “In cammino alla ricerca della Verità. Lettere e colloqui con Benedetto XVI” (“En camino a la búsqueda de la Verdad. Cartas y Coloquios con Benedicto XVI”).

El Papa Benedicto XVI le pidió al arzobispo Georg Gänswein, su secretario personal, que fuera vestido de sacerdote, no de Arzobispo, y sin la cruz pectoral. El Papa Benedicto le dijo: “No hagas un saludo oficial, salúdalos personalmente en mi nombre y diles a todos que no he merecido esta ilustre lista de presentadores”. El arzobispo Gänswein le dijo: “Santo Padre, si digo esto no me creerán, pero obedeceré”. El Papa Benedicto continuó: “O crees o no crees, si no crees, lee, ya sea Jeremías o Isaías. No diré en qué versículo ni en qué capítulo, pero ahí está la respuesta”.

Después de leer a ambos profetas mayores uno comprende la situación a la que el Papa se refería, que está en Jeremías 36, 5 donde se lee: «Entonces Jeremías ordenó a Baruc: ESTOY IMPEDIDO y no puedo entrar en el templo del Señor. Tú, pues, irás a leer, el rollo que has escrito bajo mi dictado».

En efecto, Jeremías no podía entrar a Jerusalén para leer en el templo a los escribas y fariseos lo que Dios le había dictado, ya que se encontraba preso por el rey. Por ello envía a su secretario Baruc a leer el pergamino con el mensaje de Dios

Para el Papa Benedicto, Jeremías fue el katejon (obstáculo, retenedor, de la apostasía de la Ciudad Santa de Jerusalén en el Antiguo Testamento). Así, al hacer referencia a Jeremías y Baruc, en su mensaje pronunciado por el arzobispo, Benedicto XVI se declara definitivamente el defensor de la fe, pero se encuentra impedido de proclamar el mensaje.

Esto es muy importante pues la ilicitud de la «renuncia» del Papa BXVI y las transgresiones a la Constitución Universi Dominici Gregis, que en 2013 produjeron un antipapa, Jorge Mario Bergoglio, llevaron a algunos canonistas a hablar de Sede “vacante” (es decir, Iglesia sin cabeza), como ya ha sucedido varias veces en la historia.

En realidad, lo que nos dijo el Papa Benedicto XVI es que estábamos, más bien, no ante una Sede vacante, sino ante una Sede impedida o, para ser más precisos, una Sede auto-impedida pues una situación externa lo obligó a abandonar el ejercicio activo del ministerio petrino.

Por ello estableció claramente en el Decreto de su Renuncia, el 27 de febrero de 2013, que no renunciaba al ministerio petrino, el cargo de ser el Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro, sino solamente al ministerio activo del obispo de Roma. No puede haber dos Papas con el munus petrinum.

Dice así en el texto de la renunicia de Benedicto XVI (párrafo 11): “Permitidme aquí volver de nuevo al 19 de abril de 2005. La seriedad de la decisión reside precisamente también en el hecho de que a partir de aquel momento me comprometía siempre y para siempre con el Señor. Siempre: quien asume el ministerio petrino (munus petrinum) ya no tiene ninguna privacidad (…). El “siempre” es también un “para siempre” –ya no existe una vuelta a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto».

Así de sencillo. ¿Por qué fue inválida la renuncia del Papa Benedicto XVI al cargo petrino? Simplemente PORQUE NO QUISO RENUNCIAR A ÉL. SOLO QUISO RENUNCIAR AL EJERCICIO ACTIVO DE ÉSTE QUE, SEGÚN SU DECRETO, DERIVA DEL OBISPADO DE ROMA. Es la primera vez en la historia en que un Papa hace una distinción entre ambos ministerios.

Algo parecido a lo que sucede en España y en otros países donde existe un rey, que lleva el cargo del soberano, y el primer ministro, que lleva el cargo de la administración del Estado.

Por otro lado, es evidente que la Sede vacante no se daba, pues el Código de Derecho Canónico No. 412 señala que solo existe cuando un obispo sufre «cautiverio, relegación, destierro o incapacidad».

Ninguna de esas causas fueron las que obligaron a BXVI a autoexiliarse. Adicionalmente, en una carta personal enviada al cardenal Walter Brandmüller, el Papa BXVI acepta que el status de Papa «Emérito» no existe en el Derecho Canónico: según los Decretos papales anteriores debió haber vuelto a ser cardenal (como en el caso de la renuncia del Papa Gregorio XII quien volvió a ser cardenal Angelo Correr, o la renuncia del Papa Celestino V, quien volvió a ser el monje Pietro Murone).

Benedicto XVI dijo que inventó el status de “Emérito” y no observó lo establecido en los decretos establecidos por los anteriores Papas renunciantes (Gregorio XII y Celestino V) que establecen cómo debe ser la renuncia: haciendo a un lado todas las prerrogativas papales (seguir vestido de blanco, llamándose Papa, con el apelativo Su Santidad, con el nombre Benedicto XVI, con el anillo del pescador y permaneciendo en El Vaticano). Él no observó esas prescripciones, explica en su carta al cardenal Brandmüller, pues era «la única manera de mantenerme absolutamente inaccesible a los medios de comunicación».

Pero el Decretal de Bonifacio VIII es claro (in 6°, 1.1, T.7, cap. 1) De Renunciatione se lee: «renunciare valeat Papatui, eiusque oneri, et honori…». Es decir, se establece que debe renunciar explícitamente a su cargo y a todos sus honores.

Benedicto XVI tampoco usó la fórmula empleada para renunciar usada por el Papa Celestino V: «cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et dignitati, oneri, et honori» («me retiro del Papado y, expresamente, renuncio al lugar y a sus dignidades, cargas y honores»).

Ahora que el Santo Padre Benedicto XVI ha muerto, tenemos sede vacante, por lo que la Iglesia no tiene cabeza. Pero, al ser Bergoglio un antipapa «sin ningún poder» (a tenor del No. 76 de la citada Constitución), todos los cardenales nombrados por él son también inválidos (ya no existen los dos tercios mas uno para elegir un Papa válido), y un pequeño grupo de obispos fieles al Papa Benedicto XVI, al Evangelio, a la Tradición y al Magisterio auténtico tendrán que elegir un Papa verdadero, un sucesor de Benedicto XVI, a fin de poner fin a la que en este momento es la Sede vacante. Ya no volverá a haber otro cónclave como ahora lo conocemos. Hoy día, en varios idiomas y países se están llevando a cabo congresos de teólogos y canonistas acerca de esta cuestión, y todos coinciden en lo mismo: la renuncia del Papa Benedicto XVI fue inválida.

En sí mismos, como lo vemos en la historia de la Iglesia, los cardenales no son necesarios para una elección. La figura de cardenal se creó en el siglo IV para que los obispos y sacerdotes que vivían en Roma ayudaran al Papa en sus distintas labores. Pero al inicio del cristianismo no eran los “electores”. Bastaba que se reuniera un grupo de obispos, incluso a veces solo un triunvirato de un arzobispo, un obispo y un sacerdote de prestigio doctrinal y moral, y entre esos tres elegían al Papa.

Y durante los dos mil años de la Iglesia se han elegido diversos Papas sin el consenso de todos los obispos o cardenales. Destaca el caso del Papa Honorio II. Se rodeó de un grupo de ocho obispos de prestigio doctrinal y moral a quienes nombró electores. Cuándo Honorio falleció, los obispos eligieron a Inocencio II. La facción contraria, que era mayoría, eligió al cardenal Pierleoni como Anacleto II, quien resultó ser, a pesar de eso, un antipapa. El cisma requirió varios años para resolverse.

Finalmente, tenemos que iluminar esta situación con el caso de San Atanasio. La inmensa mayoría consideran en este momento a Jorge Mario Bergoglio como un Papa válido, se reza por él en la Misa, si bien pocos lo leen. Pero la fe no es cuestión de estadísticas, de números o de mayoría democrática. A inicios del siglo IV prácticamente todos los obispos, incluído el Papa, habían caído en la herejía arriana que sostenía la idea de un Cristo muy elevado y asumido por Dios, pero no verdadero Dios. Solamente San Atanasio sostenía lo contrario, por lo cual fue rechazado, torturado, encarcelado y desterrado. Pero gracias a él, gracias a un solo obispo, se salvó la fe de la Iglesia, que fue finalmente aceptada en el Conciclio de Nicea en el 325.

Lo que sucedió a San Atanasio, acontece hoy con el Papa Benedicto XVI.

P.S. Por cierto, el principio de derecho canónico «pacifica universalis ecclesiae adahesio», que algunos pretenden traducir en que, si la mayoría de la Iglesia ya aceptó a Bergoglio como verdadero Papa entonces sí lo es, no aplica en este caso, pues ese principio, aprobado por la Bula «Inter cultos» del Papa Martín V, presupone claramente que la elección del Papa haya sido válida, sin ninguna irregularidad canónica, cosa que en el caso de Francisco no se dió.

Pidamos mucho discernimiento al Espíritu Santo, pues la confusión y el cisma que se viene serán mayúsculos.

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