Opinión

Solidaridad y resiliencia, factores de origen y migratorio

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Sábado 29 de octubre de 2022

Por Beatriz Gonzalez R

Hay seres humanos que nunca se hacen las preguntas acerca de sus ancestros, o si se sienten parte de una comunidad, país, cultura o idiosincrasia; simplemente aman donde están, o no, y siguen sin ningún deseo de cambios toda su vida, en el mismo lugar donde nacieron por siempre.

En el caso de la sección del mundo, donde suele prevalecer orden, justicia, educación, libertad de expresión y seguridad pública, viven en paz construyendo su día a día, aunque nada es perfecto, sólo lo sobrenatural.

En los otros sectores de la población mundial, pertenecientes a los países no centralizados, los llamados periféricos, en la mayoría de los casos, los individuos, tristemente, se acostumbran a mal vivir, a sobrevivir en sociedades violentas, rodeados de crimen, entre balas, abusos a personas, corrupción, inseguridad pública, salarios paupérrimos y horas de trabajo contra la salud de jornadas no de 8 horas diarias, sino 12 o 16 horas sin paga extra y digo tristemente, porque éstos normalizan lo que no es normal, la violencia, y piensan que en todos los lugares del planeta se vive igual, cosa incierta; si bien el planeta que compartimos todas las naciones del mundo, viven una problemática económica postpandémica que casi es heterogénea, siguen existiendo sociedades, donde se puede ser mujer y caminar por las calles, o andar en los coches o transporte público y que no peligren sus vidas; existen sociedades aún, donde los asesinados, las mujeres desaparecidas o los torturados, los descuartizados y descabezados, no son las noticias diarias.

Desafortunadamente en México, sin entrar en cifras oficiales donde todos sabemos que no son las reales, la mayoría de las víctimas no denuncia los hechos, por temor a represalias, o porque no serán atendidos y caerán en la impunidad.

Así para darse una idea del grado de violencia en el país azteca, aproximadamente cada 15 minutos, una persona es asesinada.

¿Qué hacer? Es difícil sonreír ante tanta muerte e inseguridad y continuar construyendo, trabajando y seguir caminado en medio de tantos ríos de sangre o impunidad.

Lo que no debemos hacer es insensibilizarnos, no debemos acostumbrarnos a ver u oír las ráfagas de las metralletas o de tanta violencia y procurar que las nuevas generaciones no se alimenten de esta cultura de muerte.

Debemos hacer todo con excelencia y cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas, no permitir que en las mentes y almas, entre y permanezca tanta obscuridad.

Permanecer unidos, ayudarse entre colegas, familiares, vecinos, comunidades. Siempre me ha llamado la atención la falta de unión entre mexicanos, la falta de hermandad, que se vive en el país, y quizá también esa carencia de apoyo de cadenas migratorias de mexicanos residentes en otros países del orbe.

No podemos caminar solos, el ser humano necesita agruparse y avanzar, sostenerse unos a otros. Somos fuertes, nuestros ancestros milenarios fueron sabios, resilientes, aprovechemos esa herencia cultural, aunada a la colonial y a la actual, tomemos lo mejor y ayudemos siempre al otro empezando por nosotros mismos.

Sé que no todos pueden permanecer fuertes en sociedades estériles, unos se quedarán, otros se irán y seguirán honrando a sus orígenes desde lares, donde sus voces no sean apagadas con libertad de acción y expresión.

Que el pesar no nos oprima, que la voluntad de dar, aprender, trabajar y ayudar no cese, donde quiera que residamos, en México o en otro país.

Una persona, puede convertirse en inmigrante o transmigrante, en cualquier momento de su vida, por diferentes motivos.

La obligación del migrante es respetar a su nueva comunidad en su tradición y leyes, y honrar a su país de origen con su ejemplo de vida.

Hermanos mexicanos, miremos a nuestros congéneres al lado nuestro, seamos participativos y honrados, fuertes y disciplinados.

Es un privilegio amar la patria que te vió nacer y a la patria que te acogió en una segunda oportunidad de vida.

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