Religión

¿Por qué ya no se toleran los reclinatorios en las iglesias?

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Domingo 23 de octubre de 2022

Reflexiones dolorosas.

Hace algún tiempo, un periodista mientras visitaba una iglesia nueva (muy fea, como suelen diseñarse en estos años) construida en Piana Romana, cerca de Pietrelcina (lugar donde San Pío de Pietrelcina recibió los estigmas espirituales) se dio cuenta de que los bancos estaban todos sin reclinatorios.

Pidió explicaciones a un fraile allí presente, que le respondió: «¡Esto no es una iglesia, es una sala litúrgica!» Una respuesta digna del más clásico sofisma jurídico.

Estos son los tiempos, por desgracia.

Pero, ¿por qué los  reclinatorios molestan tanto a la gente hoy en día?

Evidentemente, no se trata de que ocupen más espacio. La razón es diferente. Si se reflexiona sobre ello, está en la respuesta que dio ese fraile: salón litúrgico.

Hoy, las iglesias no deberían ser tanto iglesias como aulas. La iglesia implica el concepto de un lugar con presencia, el aula el concepto de un lugar para reunirse.

Una iglesia vacía, sigue siendo una iglesia, porque está Él, está Dios en cuerpo, sangre (hasta en la hostia hay sangre), alma y divinidad en el Santísimo Sacramento; pero un aula vacía no es nada, por estar vacía ya que su razón de ser está sólo en acoger una asamblea.

Así, el énfasis debe pasar de la adoración a la participación. La liturgia ya no debe basarse en la adoración, sino en la participación, ya no en el recibir, sino en el dar.

Al recibir, la posición más natural es arrodillarse o, como mucho, inclinarse; al dar, la posición más natural es estar de pie.

En definitiva, todo esto se inscribe lógicamente en ese famoso giro antropológico que marcó la reforma litúrgica. De la centralidad de Dios a la «centralidad» del hombre. El hombre, perfectamente consciente de su dignidad, ya no debería arrodillarse ante Dios, porque Dios ya no lo querría.

Ahora bien, aparte de que el hombre se hace verdaderamente grande cuando se arrodilla y no cuando extiende tontamente los hombros o hincha el pecho, porque sólo arrodillándose da consecuentemente razón a su ser, que está inevitablemente marcado por la necesidad de invocar… decíamos, aparte de esto, es una ilusión creer que el hombre puede ser tan maduro que ya no necesita arrodillarse.

Cuando el hombre ya no se arrodille ante Dios, acabará arrodillándose ante los ídolos: el poder, la moda, el mundo…

Lo que desgraciadamente viene ocurriendo con tantos católicos y con tanta cultura y teología autodenominada católica desde hace muchos años.

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