Religión

Unas plumas olvidadas

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PorTomás I. González Pondal

Estoy de acuerdo en que los trapos sucios se ventilen en casa. Y es precisamente por eso que dicha expresión se la deberían aplicar a quienes, con pretensiones inverosímiles esparcidas por aquí y por allá, es decir, por todos lados, públicamente, mundialmente, hace tiempo están arruinando la morada.

Si alguien humilla a mi casa voy a salir a defenderla, defensa que seguramente se me volverá más lastimosa cuando los que se encargan de la ventilada proceden desde adentro.

La nación canadiense podría visitarse por varios motivos que realmente valieran la pena. Allí la maniobra sanguinaria del aborto cobra vidas a diario, y allí los movimientos LGBT+ con todo el apoyo del gobierno genocida, ideologizado y pervertido del que participa el primer ministro, Trudeau, manipulan a los niños destrozándolos de diversos modos.

Visitar una tierra, digo, amonestando entonces la perversidad política que hoy se alza y se enraíza en tantas sociedades, sería algo muy loable y digno de provecho. Pero no… Hay quienes continúan dando rienda suelta a modernos postulados destructores de la sana doctrina católica, y allí entonces aparece también el modernismo indigenista.

Francisco pide perdón en nombre de la Iglesia Católica por un pasado en que, según afirma, miembros de la iglesia cometieron atrocidades con niños canadienses . Hay muy serias investigaciones que derechamente desmienten las supuestas atrocidades que se habrían cometido. Por ejemplo, la investigación de Pablo Muñoz Iturrieta.

Fíjense lo que en estos tiempos sucede. Suena a escándalo decir que la Iglesia Católica no tiene que pedir perdón a nadie. Hasta hay quienes dirán: “¡Oh, pero ¿qué está diciendo este tipo? ¡Qué herejía acaba de decir!”.

Y respondo sencillamente: no es ninguna herejía, es simplemente la doctrina católica de siempre la que enseña lo que ahora expongo. Solo que ha caído en olvido. Solo que el modernismo con sus tretas venenosas se ha encargado de hacer creer lo contrario, valiéndose, entre otras cosas, del lenguaje ambiguo condenado por San Pio X en su Encíclica Pascendi.

Entonces al parecer se ha llegado al punto en el que la doctrina bimilenaria suena a escándalo.

“Pruébalo”, gritará todavía el confundido. Y bien, ¿qué nos enseñó siempre la sana doctrina? Que la Iglesia Católica es UNA, SANTA, CATÓLICA, APOSTÓLICA Y ROMANA.

Está clarísimo. La Iglesia Católica es Santa, es la Esposa Inmaculada -vale decir, sin mancha alguna- del Cordero.

Luego, la conclusión se impone sola: la Iglesia Católica en tanto institución fundada por Cristo, a nadie debe perdón alguno por el simple hecho de que ella es SANTA, no peca, no tiene pecado. Los pecadores son los hombres, hombres que, en todo caso, van a buscar el perdón en los poderes que a Ella le fueron concedidos.

No entraré en el caso concreto de los niños indígenas de Canadá y que seguramente fue, es y será objeto de controversia, como tampoco abordaré la moda que hace tiempo se viene practicando, eso de andar pidiendo perdones por supuestos hechos pretéritos cometidos por otros. Voy a adentrarme en la idea que se viene inculcando hace tiempo por parte de altos jerarcas coincidente con la promoción del indigenismo.

¿Dónde aparece la promoción del indigenismo? En cosas como las siguientes, extraídas del discurso que Francisco dio recientemente en su visita a Canadá:

“Pido perdón. Me duele pensar que algunos católicos hayan contribuido a las políticas de asimilación y desvinculación que transmitían un sentido de inferioridad, sustrayendo a comunidades y personas sus identidades culturales y espirituales, cortando sus raíces y alimentando actitudes prejuiciosas y discriminatorias, y que eso también se haya hecho en nombre de una educación que se suponía cristiana (…) Rezo y espero que los cristianos y la sociedad de esta tierra crezcan en la capacidad de acoger y respetar la identidad y la experiencia de los pueblos indígenas. Espero que se encuentren caminos concretos para conocerlos y valorarlos, aprendiendo a caminar todos juntos. Por mi parte, seguiré animando el compromiso de todos los católicos respecto a los pueblos indígenas. Lo hice en otras ocasiones y en varios lugares, a través de encuentros y llamamientos, y también por medio de una Exhortación Apostólica. Sé que todo esto requiere tiempo y paciencia, se trata de procesos que tienen que entrar en los corazones, y mi presencia aquí y el compromiso de los obispos canadienses son testimonio de la voluntad de avanzar en este camino”.

Del párrafo anterior retengamos esto: “sustrayendo a comunidades y personas sus identidades culturales y espirituales, cortando sus raíces (…). Rezo y espero que los cristianos y la sociedad de esta tierra crezcan en la capacidad de acoger y respetar la identidad y la experiencia de los pueblos indígenas”. Los católicos de siempre, los católicos realmente misioneros, al predicar la Verdad, el Evangelio de Jesucristo, invitaban a la conversión, lo que, inexorablemente implicaba dejar raíces dañinas y malas, raíces del Demonio para el engaño.

Ellos rezaban a Dios no para que los que iban a convertir continuasen con su identidad espiritual, sino para que adquiriesen la verdadera.

Pienso, por caso, en santos como San Agustín, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo de Guzmán, San Bernardo, San Francisco Javier, San Lorenzo de Brindis, San Francisco de Asís, San Francisco de Sales, San Juan Bosco. La conversión al catolicismo implica entonces también una nueva identificación, tanto en lo cultural como en lo espiritual, y, concomitante a eso, un abandono del mal.

Un adorador de la PACHAMAMA cuando se convierte al catolicismo, debe dejar su anterior identificación espiritual para pasar a adorar a la augusta Trinidad, y con ella sola venir a identificarse.

¡ESTO LO SABÍA TODO CATÓLICO Y A ELLO DIRIGÍA SUS REZOS! Fue el MODERNISMO el que introdujo la novedad de la INCULTURACIÓN, falsedad que pretende una amalgama identitaria, en donde, por ejemplo, la PACHAMAMA tiene lugar junto a Cristo.

Muchos se alzarán una vez más usando de su acostumbrado malabarismo para probar con vueltas, revueltas, subterfugios y cien rebusques, que pachamamear, indigenear, inculturar, ecumenear, reverenciar identidades ajenas, es algo católico. Pero ahí están contra todo ello, los frutos que va dando la apostasía cada vez más notoria.

Y es notable el contraste que se produce cuando se lee cosas como: “sustrayendo a comunidades y personas sus identidades culturales y espirituales, cortando sus raíces (…). Rezo y espero que los cristianos y la sociedad de esta tierra crezcan en la capacidad de acoger y respetar la identidad y la experiencia de los pueblos indígenas”, con el trato que se da a quienes queremos continuar con la verdadera identidad católica, esto es, la tradicional, esto es la universal, esto es, la que realmente se enraíza en la nota de CATÓLICA.

Entonces aparece un “Motu Proprio Traditionis Custodes” que se pretende defensor de la tradición, al mismo tiempo que busca aplastarla; un Motu que busca claramente superar la identidad de los católicos con la misa de siempre y la doctrina tradicional, para que se vinculen con modernas invenciones cuyos frutos, como vemos, han conducido, por ejemplo, a la comunión en la mano modernista.

Al tiempo que Francisco defiende el respeto de los ajenos por una identidad espiritual y cultural ancestral, fustiga con un “Motu” a los católicos que queremos continuar unidos a la Tradición, al rito de siempre, a la doctrina católica bimilenaria, donde realmente se le respeta a Cristo.

La Iglesia de siempre quiso un Cristo exclusivo, celoso de Sus cosas, un Cristo que movía a la conversión y que no quiso nunca compartir con otras falsas divinidades. No vino a dar Su Sangre para que se venga a ensalzar a dioses falsos mediante cultos falsos.

Lo repito en este escrito una vez más: hoy, altos jerarcas, para quedar bien con el mundo te predican que respetes la Pachamama ajena, pero te inculcan que vos aceptes un Cristo que puede ir de la mano con la Pachamama; y si te oponés a eso en nombre de que querés seguir con tu identidad espiritual ancestral (‘Honrar al Padre’ – Patres -), de que solo te debés a Cristo, un Cristo sin yuntas idolátricas, palo… Te dicen que no es posible… Te salen con que debés aceptar en nombre de la obediencia el modernismo-indigenista, sino… palo.

Antes era la Iglesia la que convertía al mundo, y ahora, desde dentro de la misma Iglesia, hay quienes dan sobradas pruebas de amar la inversión, promoviendo que sea el mundo el que convierta a la Iglesia.

¿Cuántos saben hoy a ciencia cierta qué es el modernismo? ¿Cuántos? ¿Cómo es posible que hace pocos años atrás el Papa San Pio X lo denunciaba en su infalible Encíclica Pascendi como la ‘sumatoria de todas las herejías’, y hoy en día prácticamente ni se habla de esa sumatoria? ¿Cómo se explica el fenómeno? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ese silencio?

La respuesta es fácil al mismo tiempo que tristísima: y es que eso que fuera denunciado y condenado, desde hace no muchos años se enseñorea por doquier, expandiendo sus venenos por el mundo todo. Y, por lógica, nadie hablará mal de aquello a lo que está acostumbrado a ver como bueno, porque seguramente así se lo han presentado.

En los tiempos de ahora vemos esto: que los abortistas genocidas de primera línea como por ejemplo Biden, son al parecer buenos católicos que pueden comulgar, mientras que los que quieren comulgar debidamente en una misa tridentina se les pone mil palos en la rueda y se los obliga a la novedad; que los apóstatas ingresan en la comunión de los santos, pero un varón realmente santo como lo fue el gran defensor de la fe, Monseñor Marcel Lefebvre, todavía le hacen pagar con el injusto mote de excomulgado.

Un resumen de lo dicho en este párrafo lo dejo en palabras del ex Nuncio Apostólico de los Estados Unidos, Monseñor Carlos María Vigano:

“Los pastores son llamados a apacentar la grey del Señor, mantener alejados a los lobos rapaces y ahuyentar a los mercenarios que no se preocupan de salvar a las ovejas y los corderos. Esta labor en muchos casos silenciosa y oculta la viene realizando la Fraternidad San Pío X, a la que hay que reconocer el mérito de no haber permitido que se apague la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión.

Sus sacerdotes han constituido una saludable espina en el costado del Cuerpo de la Iglesia, considerados un inaceptable ejemplo para los fieles, un constante reproche para la traición cometida contra el pueblo de Dios, una opción inadmisible al nuevo rumbo trazado por el Concilio.

Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa al realizar las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad se libró de los furiosos ataques de los innovadores y ha hecho posible con su existencia que se manifiesten las contradicciones y errores de la secta conciliar, siempre amistosa hacia los herejes e idólatras e implacablemente rígida e intolerante con la Verdad católica.

Considero a monseñor Lefevbre un confesor ejemplar de la Fe, y creo que ya es palmario hasta qué punto su denuncia del Concilio y de la apostasía modernista está fundada y tiene mucha vigencia.

No olvidemos que la persecución que sufrió monseñor Lefebvre por parte de la Santa Sede y los obispos de todo el mundo ha servido ante todo de elemento disuasorio para los católicos refractarios a la revolución conciliar.”

He denunciado en otro momento como el modernismo manipuló la obediencia para hacer de ella una suerte de virtud teologal, al nivel de la fe, de la esperanza y de la caridad. Y el camelo fue bien digerido por una inmensa mayoría. Se doblegó la cerviz para ponerla al servicio de una falsa obediencia.

Ante el modernismo, una verdadera obediencia indicaba a las claras desobedecer, y desobedecer para que, paradójicamente, se permanezca en la obediencia, obediencia a la Tradición bimilenaria, conforme todo eso a la advertencia de San Vicente de Lerins en su Conmonitorio, de que nos aferremos a la Tradición cuando veamos cosas novedosas contrarias a lo enseñado; y conforme a San Atanasio que sostuvo: “si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va contra el mundo”. He aquí unas plumas olvidadas.

Cuando la virtud de la obediencia se asienta en la sana doctrina, entonces claro que se debe obedecer sin chistar. Pero ¿qué hizo el modernismo? Ha venido a apoyar la obediencia en fundamentos que no responden a la sana doctrina, y aprovechándose del impulso de “obedecer” ha sometido almas a cosas que no responden a lo católico.

Al tiempo que se pide respeto a las raíces de los que pertenecen a casas ajenas, al de la misma casa se le conmina a la novedad, al desarraigo, a la revolución, a la… suena fuerte…: apostasía. Quizá estemos adormecidos, pero la apostasía está a la vista.

Me vienen a la mente, las palabras del amigo Chesterton: “No es capaz de entender la naturaleza de la Iglesia, o la nota sonora del credo descendiendo de la antigüedad, quien no se da cuenta de que el mundo entero estuvo prácticamente muerto en una ocasión a consecuencia de la abierta mentalidad y de la fraternidad de todas las religiones”. Cualquier semejanza con la realidad… ehhh… dígalo usted.

Como hoy abrir la boca denunciando comportamientos extraños al catolicismo implica que te cataloguen de rupturista, de cismático y la larga cantinela conocida, acepto la nueva imputación que alguien quiera colgarme.

La fidelidad a quien bien se quiere no implica enmudecer, sino decir las cosas claras y con verdad, que en ello también consiste la caridad. No por denunciar cosas gravísimas dejaremos de ser católicos, apostólicos y romanos. Dios primero.

Hay quienes están desmantelando a la Iglesia, rifándola, humillándola, queriendo ponerla de rodillas ante falsas religiones, ante masones, ante comunidades paganas, ante el mundo mundanizado.

Son lo que también hoy hacen del templo de Dios una cueva de ladrones, cueva de extraños que inoculan veneno y que roban almas para el reino de la perdición.

Quizá el fariseo de ayer salió diciendo de Cristo: “ese hombre está ventilando cosas de la casa y hasta se atreve a fustigarnos usando su látigo”, y quizá el fariseo de hoy sostenga en alusión a quienes denunciamos los males hechos públicos por quienes intentan doblegar a la Iglesia desde dentro, que estamos ventilando cosas de la casa y usando el látigo de la palabra. Digan lo que quieran, pero la Casa debe ser defendida.

Remato la idea con Santo Tomás de Aquino, el cual enseñó en la II. II, q 108 hablando de la venganza, que soportar las injurias hechas a nosotros es digno de alabanza, pero quedarse de brazos cruzados ante las injurias que se hacen a Dios es el colmo de la impiedad. He aquí otra pluma olvidada.

Dejo aquí mi pluma al servicio del catolicismo, la cual quizá en breve sea también una pluma olvidada. Sé que será una pluma contra plumas modernistas-indigenistas, tanto las que se usen para escribir, como las que se usen en la cabeza.

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