Religión

¿Somos anticuados los católicos tradicionalistas?

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Monseñor Marcel Lefebvre

A los católicos que se dan cuenta de que se están haciendo transformaciones radicales les resulta difícil resistir a la propaganda insistente, que es común a todas las revoluciones. Les dicen: “No aceptáis el cambio, pero la vida es cambio. Os quedáis aferrados a cosas fijas, pero lo que era bueno hace cincuenta años ya no conviene a la mentalidad actual ni al género de vida que llevamos. Os quedáis en el pasado y no sois capaces de cambiar de costumbres”.

Muchos católicos han terminado aceptando la reforma para no escuchar estos reproches. No tenían argumentos para defenderse de acusaciones difamatorias como éstas: “Sois unos retrógrados, anticuados, no vivís con nuestra época”. El cardenal Ottaviani decía ya, refiriéndose a los obispos: “Tienen miedo de parecer viejos”.

Los católicos nunca nos hemos negado a aceptar ciertos cambios y adaptaciones que son un testimonio de la vitalidad de la Iglesia. San Pío X mejoró algunas cosas, en particular dando más importancia al ciclo temporal, adelantando la edad de la primera comunión y restaurando el canto litúrgico. Luego, Pío XII redujo la duración del ayuno eucarístico a causa de las dificultades inherentes a la vida moderna. Autorizó por el mismo motivo la celebración de la Misa por la tarde, colocó otra vez el oficio de la vigilia pascual en la tarde del Sábado Santo y retocó los oficios de la Semana Santa.

También nos reprochan que nos aferramos a las formas exteriores y secundarias, como por ejemplo, el latín. Dicen que es una lengua muerta y que nadie la entiende, como si el pueblo cristiano la hubiera entendido mejor en el siglo XVII o en el siglo XIX. ¡Qué descuido de la Iglesia – según los innovadores – al esperar tanto tiempo para suprimir el latín!

Yo creo que la Iglesia tenía sus razones. No tiene que asombrarnos que los católicos sientan la necesidad de comprender mejor esos textos admirables, de donde pueden sacar alimento espiritual, ni que deseen asociarse más íntimamente a la acción que se desarrolla en su presencia. Sin embargo, adoptando la lengua vernácula en todas las partes del Santo Sacrificio, no se satisfacen esas necesidades. La lectura en idioma vernáculo de la Epístola y del Evangelio es una mejora y se usa cuando conviene en Saint Nicolas du Chardonnet (Iglesia de la FSSPX en París) y en los prioratos de la Fraternidad que he fundado. En cuanto a lo demás, lo que se podría ganar no tendría proporción con lo que se perdería, porque entender los textos no es el fin último de la oración, ni el único medio de poner al alma en oración, es decir, en unión con Dios.

Prestar demasiada atención al sentido de los textos puede ser incluso un obstáculo para la oración. Me admira que no se entienda esto, cuando al mismo tiempo se predica una religión del corazón, menos intelectual y más espontánea.

Mons. Marcel Lefebvre

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