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La boda de María Félix y Jorge Negrete, surgió del odio a primera vista, al amor

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Fue una celebración del exceso, del mito y del triunfo de México. La boda del año, tal vez incluso la boda del siglo en el país. El 18 de octubre de 1952 se unían La Doña y el charro cantor, María Félix y Jorge Negrete, las dos mayores estrellas mexicanas de todos los tiempos, emblema de la época de oro. Sus canciones y películas formaban parte de esos productos culturales que México exportaba con gran éxito por toda Latinoamérica, España y llegaban incluso a los países que no eran de habla hispana. La ceremonia estuvo a la altura de lo esperado, y el final del matrimonio llegó en medio de una ola de dolor que galvanizó al mundo.

“Las anécdotas de la pareja son historia íntima de la nación”, escribía Carlos Monsiváis. Así, sus avatares se volvieron legendarios, comentados y relatados por el pueblo mexicano como si fuesen esos episodios reales que pasaban al folclore en los corridos de la revolución y demás canciones populares. Esto sucedía en parte porque la historia de María y Jorge parecían encajar como un guante en la típica trama romántica. Hasta seguía una progresión arquetípica: del odio al amor. Cuando se habían conocido, diez años atrás, en el rodaje de El peñón de las ánimas en 1942, la cosa no había empezado con buen pie. Jorge Negrete era ya una estrella; María una desconocida que debutaba con esa película, pero pronto les iba a quedar claro a todos los implicados que no estaba dispuesta a arredrarse por nadie. En aquel momento Negrete era pareja de Gloria Marín, que había sido su partenaire en ¡Ay Jalisco, no te rajes!, y deseaba para ella el papel protagonista en El peñón de las ánimas. El productor, sin embargo, impuso a la entonces anónima María, en la que veía, con buen ojo, talento de estrella. Jorge se lo tomó muy mal y según contaría la misma María, “se obstinó en hacerme la vida pesada”. Cuando les presentaron, él le preguntó lleno de arrogancia: “¿Con quién se acostó para que le dieran el papel principal?”“Usted lleva más tiempo en este negocio, así que debe saberlo”, respondió ella sin arrugarse.

Pronto se darían cuenta de que ambos eran igual de divos y de vedettes, y la confluencia de dos caracteres así en un espacio reducido hacía que saltaran chispas. El equipo que participó en la película atestigua que los protagonistas, pese a mantener un apasionado romance en pantalla, se odiaron y se dedicaron a hacerse la puñeta todo lo que podían. Hasta el hermano de Jorge, Diego, le dijo que se estaba portando de manera muy descortés con su compañera, a lo que él respondió “tiene aires de niña bien y no la paso ni envuelta en papel celofán”. En una ocasión en la que el rodaje se retrasaba porque había que arreglarle el peinado a María, Jorge le gritó al director: “Si esta señorita no está lista en cinco minutos, me voy”. La respuesta de ella fue: “No espere los cinco minutos y váyase de una vez”. “Y para tardar más arrojé mi chongo postizo al río”, añadía. Pese a esto, cuando terminó el rodaje, María, conciliadora, le pidió a Jorge su firma junto a la del resto del equipo en el libreto como recuerdo. Sin ningún miramiento, Jorge lo arrojó al suelo sin firmarlo.

Muchos años después, María, que no era precisamente humilde, aseguraría que el amor de Jorge había empezado “desde que me vio”, y que como ella no se había plegado ante el gran ídolo, el orgullo herido de él había hecho que la tratase mal por resentimiento. Sin embargo, aunque puede que hubiese algo de eso en juego, lo cierto es que cuando conoció a María, Jorge Negrete estaba enamorado de Gloria Marín, la que para sus biógrafos fue el gran amor de su vida. Cuando se conocieron Jorge estaba en un momento vital agitado, inició un romance con Gloria al tiempo que se divorciaba de su primera esposa, la también actriz Elisa Christy, madre de su hija Diana. Con su apostura, su simpatía y su formación como cantante de ópera, Negrete se había convertido en uno de los cantantes mexicanos más solicitados y famosos, pero fue ¡Ay, Jalisco, no te rajes! la película que lo convirtió además en un actor taquillero, y a Gloria en su pareja ideal dentro y fuera de la pantalla. A lo largo de una década protagonizaron juntos películas como Seda, sangre y sol, Historia de un gran amor, El jorobado, Carta de amor, Hasta que perdió Jalisco, Si Adelita se fuera con otro… El público suspiraba por igual por el bigotazo y el look de mariachi de voz perfecta de Negrete que por la belleza morena de rasgos perfectos de Gloria.

Jorge Negrete en ‘¡Ay, Jalisco, no te rajes!’ junto a Gloria Marín.D. R.

Pero los once años que estuvieron juntos no fueron exactamente un prodigio de estabilidad y armonía. Las idas y venidas, peleas y reconciliaciones eran frecuentes, a veces con curiosos ecos en la ficción, como cuando rodaron Siempre tuya, en la que el personaje de Negrete abandonaba al personaje de Marín por una estadounidense interpretada por Joan Page… cosa que ocurrió en la vida real. Todo esto ocurría en medio de un doloroso proceso en el que Jorge y Gloria intentaban tener un hijo sin conseguirlo. Ella sufrió tres abortos y al final, cuando un médico le dijo que era estéril, resolvió adoptar una niña, Gloria Ramos. Al principio Jorge se refirió a la pequeña incluso ante la prensa como la hija de ambos, pero él nunca llegó a adoptarla legalmente –no estaba casado con Gloria– y cuando su relación hizo aguas, su vínculo con la niña se deshizo. Había otro problema de fondo: la familia de Jorge, sobre todo su madre, Emilia, no tragaba a Gloria, a la que consideraban una robamaridos y una vampiresa que manejaba a su antojo a su amado. Esto no tendría por qué haber sido un impedimento grave de no ser porque Jorge adoraba a su madre; toda la vida arrastró un complejo de Edipo que le llevaba incluso a buscar refugio en su hogar cuando se peleaba con Gloria y abandonaba su casa común en las Lomas de Chaputelpec. “Lo que más le molestaba a mi mamá”, diría tiempo después la hija de Gloria, “era que delante de doña Emilia no se atrevía a besarla ni a decirle cosas tiernas, porque le parecía una falta de respeto a su jefecita”.

Claro que para relaciones complejas con otros miembros de su familia, la que María Félix había tenido con Pablo, uno de sus once hermanos, apodado “el Gato”. En sus memorias Todas mis guerras, escritas por Enrique Kreuze, María cuenta que desde niña tuvo un vínculo especial con él, tan estrecho que sus propios padres empezaron a verlo como siniestro. “A esa edad yo no sabía nada de tabús ni de prohibiciones y estar cerca de mi hermano me parecía lo más natural del mundo”, escribe ella. “María, en efecto, “abría sus entretelas”, corrobora Kreuze en el libro. “Me refirió que al advertir el embrión amoroso entre ella y su hermano Pablo, sus padres decidieron cortar por lo sano”. Enviaron al joven a estudiar a un colegio militar, y cuando volvió de visita a casa en un permiso, explica María: “estaba tan guapo que me temblaron las piernas. Al verlo de militar pensé en buscarme un muchacho como él, que tuviera su piel y sus ojos pero que no fuera mi hermano. Era una tontería, porque el perfume del incesto no lo tiene otro amor”. Esta frase trajo mucha cola y levantó regueros de tinta sobre la naturaleza exacta de ese “incesto”. Ella misma aclararía que se trataba de un incesto moral, platónico, explicando de un modo muy freudiano que muchas niñas en la pubertad se “enamoraban” de sus padres del mismo modo en el que ella lo había hecho de su hermano Pablo. En cualquier caso, todo terminó en tragedia cuando poco después, desde el colegio militar de ciudad de México, les aseguraron a los Félix que Pablo se había suicidado. María nunca creyó esta versión y aseguraba que la muerte de su hermano había sido o un asesinato o un accidente ocurrido en algún juego o prueba peligroso típico de los cadetes de la institución. Un reciente libro de la investigadora Martha Zamora parece corroborar esto: “El médico forense lo describió como un homicidio, algo que omitieron en el acta de defunción. El papel dice además que José Pablo tenía un golpe en un ojo y un disparo en el pecho a corta distancia”.

Herida por haber perdido al que siempre describiría como su primer amor y deseando huir de la rigidez de su casa, una María de solo 16 años buscó la que para muchas mujeres de su época era la salida más obvia –la otra era hacerse monja–: casarse. El elegido era Enrique Álvarez Alatorre, representante de la casa de cosméticos Max Factor. Desmintiendo el factor físico de su infatuación por su hermano, María aseguraría que acudió virgen al altar en 1931 y que de hecho vivió el inicio de su matrimonio como una agresión. “El día de mi boda no me pasó nada porque no me dejé”, aseguraba, contando que las relaciones sexuales llegaron dos días después. “Ver a un hombre en movimiento en todos sus esplendores tiene su rigor, la primera vez”, explicaba, y añadía picarona, “después se acostumbra uno”. La pareja vivía en Guadalajara, donde nació su único hijo Enrique en 1934. Al matrimonio le quedaba poco recorrido. Un par de años más tarde, María se separó de su marido y se mudó a la ciudad de México donde encontró trabajo como recepcionista en la consulta de un cirujano plástico que la utilizaba como reclamo para sus clientes, asegurando que la pasmosa belleza de María se debía a sus buenas artes. En esa época ocurrió uno de los episodios más dramáticos de su vida. Durante una visita a su hijo, su exmarido Enrique cogió al niño, Quique, y se lo llevó a Guadalajara sin más miramientos. “Me lo robó”, describiría María en sus memorias, en las que afirma que se juró que algún día ella sería mucho más influyente que él y le pagaría con la misma moneda.

Ese asalto al poder estaba a punto de ocurrir, y lo haría con una escena que suele repetirse en la vida de los grandes artistas, la del “descubrimiento”. María caminaba por el centro de México DF contemplando escaparates cuando Fernando Palacios, sobrino de Florián Rey y en ese momento ayudante de dirección, quedó deslumbrado por su porte elegante y su belleza. La abordó frente a una tienda de antigüedades de la calle de la Palma, ofreciéndole trabajar en el cine. Ella le espetó: “¿Quién le dijo a usted que yo quiero entrar en el cine? Si me da la gana, lo haré, pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande”. Había nacido una estrella. Palacios y Félix llegaron a un acuerdo y él empezó a presentarla en el mundillo artístico, con la idea de que, como era habitual, fuese empezando desde abajo con papeles pequeños. Pero María demostraba una seguridad en sí misma insólita en alguien de su poca experiencia. “Llamé la atención desde que me quité el abrigo”, escribiría sobre su aparición en los cócteles de sociedad. Se negó a aceptar consejos y aseguró que solo debutaría en un papel protagonista y a lo grande, y así lo hizo en El peñón de las ánimas junto a Jorge Negrete. Envuelta en trajes de época, el personaje que interpretaba María estaba muy lejos de los papeles femeninos sumisos que abundaban en aquella época. Se parecía mucho más a la Jezabel de Bette Davis o a la Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó. Apenas un año después de su debut, protagonizó Doña Bárbara, la adaptación del libro de Rómulo Gallegos que le sentaba como un guante: ambas eran luchadoras irredentas que se negaban a ser víctimas de los hombres que las rodeaban. Más que mujeres, eran fuerzas de la naturaleza. De ahí sacó María su apodo de “la Doña”. Personaje y persona se fundieron en una amalgama en el que es muy difícil separar dónde terminaba uno y empezaba el otro. Octavio Paz diría que había nacido dos veces, una cuando la engendraron sus padres “y después, ella se inventó a sí misma; nació como un relámpago que desgarra las sombras”.

María Félix en ‘Doña Diabla’.© CORDON PRESS

De la noche a la mañana, María se había convertido en una estrella, y lo hacía nada menos que en el mejor momento del cine mexicano, la época de oro. Terenci Moix escribiría sobre ella “María siempre tuvo el don del cine, ninguna otra actriz de cine mundial sabe convertir las modas de los años cuarenta y cincuenta en atributos intrínsecos de la mujer fatal: los vestidos de terciopelo negro, los visones como símbolo de poder, los abrigos de enorme solapa como imaginados para esconder un rostro culpable, elementos que contribuyen a magnificar la ilusión de una mujer que todo lo puede y a quien a de cuadrar como nadie el mote de Doña, sea Doña Diabla o Doña Bárbara, o simplemente la Doña: María Félix”. Excesiva, llena de manierismos, hipnótica y muy lejos de la naturalidad de otro tipo de interpretaciones, Italo Manzi la definió como “la última diva del cine mudo que nos ofreció el cine sonoro”. Y como todas las divas, sus detractores eran casi tantos como su legión de admiradores. Unos la encontraban encantadora, otros la acusaban de maleducada, ególatra y poco profesional. Un extra de Enamorada dijo sobre ella, como recoge Daniel Samper Pizano en el libro Mujeres y hombres: “pinche vieja altanera. Se creía la divina garza rebozada en huevo de faisán, bien déspota para tratar a todo su séquito de asistentes y ayudantes”.

Su vida sentimental estaba a la altura de las ficciones. Pronto apareció en su vida el músico, cantante y compositor Agustín Lara, del que era fanática desde niña. Autor de temas como Piensa en míNoche de rondaSolamente una vez o Granada, Lara era uno de esos emblemas de la cultura mexicana que hacían furor en todos los países de habla hispana a golpe de talento y romanticismo arrebatado. “Toda la gente lo veía feo. Pero, en la intimidad, ganaba a cualquiera”, afirmaba ella. “Lo tenía todo sin tener nada. Era divertido y malvado”, aseguraba en otra entrevista. La pareja se casó en el año 45 en Acapulco, y como no podía ser menos, él le compuso, entre otros, el tema María bonita, que evocaba aquellas primeras noches de su luna de miel.

Lara también fue definitivo para que María recuperase a su hijo Quique. Fue él el que trazó un plan tan sencillo como expeditivo: ir a Guadalajara a por él, meterlo en un coche y llevárselo con ellos devolviéndole a Enrique Álvarez lo que él había hecho años atrás. La llegada de Quique a casa de su madre no supuso un final feliz, sino una etapa más en una relación muy compleja en la que ambos terminaron adorándose pero no sin conflictos. Él mismo contaría que su madre había pasado de ser una presencia lejana que aparecía de vez en cuando y le regalaba cosas, siempre en situaciones de tensión con su padre, a una madre presente que tenía que educarle y regañarle, con el factor añadido de que había sido muy consentido por su familia paterna. En Todas mis guerras, María cuenta que uno de los primeros problemas se produjo cuando para cenar le pusieron un plato de sopa delante y Quique dijo: “Esta sopa no me gusta. ¿Qué otra hay?”. Cuando le respondieron que era la única, “el angelito hizo un berrinche y le contestó “¿Qué clase de actriz eres? No tienes más que una sopa. Mi abuela me hacía cuatro o cinco para que yo escogiera”. Años después Quique contaría que Agustín Lara se portó de forma maravillosa con él y supuso una influencia muy positiva en su infancia, aunque él, celoso, intentó envenenarle en una ocasión echándole champú en el agua de Jamaica. Otros episodios de esta época resultan menos entrañables. Varios biógrafos de María aseguran que en una ocasión ella encontró al niño probándose uno de sus vestidos y luciendo un collar. La Doña, fuera de sí, le dio tal paliza que casi lo dejó inconsciente, y tuvo que ser su marido Agustín el que la detuvo. Ni María ni Enrique Álvarez asimilaron bien en un primer momento la homosexualidad de su hijo Quique, que nunca ocultó ser gay en un país tan machista y homófobo como el México de mediados del siglo XX.

Mientras, su propia relación con Agustín Lara estaba lejos de ser idílica. “Siempre tuvo secretos para mí”, reconocía ella. “No era melancólico, como cree la gente, pero sí extraño. A veces quería decirle algo y él pasaba de largo como si yo no existiese: estaba ido. Era entonces cuando me preguntaba si no sería cierto el rumor de que Agustín era adicto a la cocaína”. María y el drama iban siempre de la mano, y ella andando el tiempo, orgullosa de su fama de mujer fatal, se regodearía contando episodios tan violentos como la ocasión en la que él, en medio de una pelea, le disparó con su pistola. Falló, y la bala se incrustó en un espejo a pocos centímetros de su cara. Este incidente no supuso un antes y un después en su relación; la pareja siguió conviviendo sin mayores problemas aunque conscientes de que su matrimonio estaba en las últimas. El éxito de ella traspasaba fronteras e incluso fue reclamada por Hollywood, pero juzgó que la meca del cine no estaba al nivel que ella requería. Solo le ofrecían papeles de estereotipos de india o mexicana, y ella quería para sí los grandes personajes de las películas gringas. Rechazó incluso Duelo al sol, que terminaría protagonizando Jennifer Jones“No nací para llevar canastas”, remachaba. “Ir a hacer de cheyenne a Hollywood no me parecía interesante. Sí me lo parecía Europa”. Cuando el productor Cesáreo González le ofreció trabajo en España, “sentí que mi oportunidad llegaba y me fui. Agustín quería venir conmigo pero yo no quise”. Como respuesta, Lara compuso/versionó en su honor el chotis Madrid.

María aterrizó en España con gran alborozo en 1948, lo que no le impidió contar como buena diva fabuladora de sí misma, que había estado presente en la plaza de Linares cuando el toro Islero mató a Manolete, un año antes. “Fue una tarde horrible, espantosa. Manolete murió matando y mató muriendo”, contaba una María muy conmovida en una histórica entrevista en Galavisión con Verónica Castro. Todo era una invención, pero le daba sentido a la frase de Lola Flores de “las mentiras, cuando yo las cuento, se convierten en verdad”. Sí fue cierta su relación –ya separada de Agustín Lara– con otro torero emblemático, Luis Miguel Dominguín. Se encontraron nada más llegar ella a Barajas y pocos días después coincidieron en casa de Antonio el bailarín, donde él le hizo un desplante, y al día siguiente en casa del dramaturgo Edgar Neville. “Cuando intentaron presentármela, me adelanté y pregunté: un momento ¿nos conocemos o no? Y María se echó a reír”, contaría Dominguín“Nos dimos la mano y estuvimos toda la noche charlando”. Después ella le invitó a acompañarla al hotel Velázquez, donde se hospedaba. “Pidió que le sirvieran caviar, pollo, champán francés y otras cosas que para mí eran todavía de cine. Allí permanecimos durante muchas horas y allí nos dedicamos a revivir el romance de Hernán Cortés y la Malinche”. Su pasión con ecos de la Conquista se desarrolló también en París, ciudad que a María la fascinó para siempre. “Me impresionaba, además de su belleza, su forma de actuar en público: pedía una botella de champán y después de un sorbo decía: “vámonos, conozcamos otro sitio”. Así recorríamos París hasta la madrugada, un día y otro. “Da buenas propinas”, me decía, “No somos dos más”. Aquello me parecía un despilfarro”. Andrés Amorós recordaría: “Un amigo de Luis Miguel me contó que su relación con María Félix había sido más larga, intensa y trascendente de lo que suele creerse. Años después, en la intimidad, él seguía hablando de la bellísima actriz”.

En Europa, la Félix se convirtió en “el producto de mayor éxito de Cesáreo González”. Trabajó en España, en Italia y en Francia, donde rodó un guion escrito para ella por Jean CocteauLa corona negra. “Tú no eres María Félix, eres una loca que dice ser María Félix”, le decía el poeta, que aseguraba también “esta mujer es tan hermosa que hace daño”. Después pasó a Argentina a rodar La pasión desnuda en el 52. En Buenos Aires, la inefable actriz se hizo amiga íntima de otra mujer de rompe y rasga, Eva Perón. O al menos eso cuenta ella, aunque lo cierto es que la actriz apenas vivió tres meses en la ciudad y Eva falleció justo en julio de aquel mismo año, con lo que en el caso de haber llegado a conocerse, no parece que tuvieran tiempo de forjar una amistad muy estrecha. Sí fue estrecha su relación con el argentino Carlos Thompson, hasta el punto de que estuvieron al borde de pasar por el altar. Pero sin muchas explicaciones, María decidió regresar a México en ese mismo año 52, y Carlos se quedó esperando una boda que ya nunca llegaría. Cuando su avión aterrizó en su país, fue a esperarla su antiguo enemigo Jorge Negrete, que en su puesto de presidente del ANDA, la asociación nacional de actores, debía rendirle homenaje a la más exitosa actriz mexicana del momento.

Agustín Lara en los 60.© CORDON PRESS

La situación fue radicalmente distinta a su primer encuentro diez años atrás. Donde antes había rivalidad y enfrentamiento directo, ahora había galantería y cortejo. La relación fue meteórica y directa, y en apenas unas semanas, la pareja se había prometido para sorpresa de propios y extraños. El diario el Universal aseguraba: “por fin en la lujosa suite presidencial del Hotel Regis se encuentran los dos enamorados y resuelven con toda rapidez su unión”. Existe la sospecha de que, más o a la vez que amor y pasión mutua, lo que había era embeleso por la figura del otro y conciencia de que juntos, serían una pareja fabulosa sin parangón, nada menos que los dos ídolos más famosos de la pantalla de México unidos. Y algunos amigos de Jorge aluden también a una razón más simple para esta boda: el despecho. “Casarme con María es la única forma en la que puedo joder a Gloria”, afirman que había confesado el Charro. Apenas tres meses antes de prometerse con la Doña, Jorge había roto su romance de 11 años con Gloria Marín. El detonante había sido encontrarla en compañía de su amante el actor Abel Salazar, aunque Jorge entonces también frecuentaba a otras mujeres –Joan Page o Elsa Aguirre– y de hecho ya ni siquiera vivían juntos. Fuera por lo que fuera, Jorge y María organizaron una boda que no es que atestiguase su amor, es que lo vociferaba al mundo.

Se celebró el 18 de octubre del 52 en la casa de María de Catipoato, en la calle Matamoros número 1 de Tlalpan, en el DF. En la invitación se recomendaba “Damas: traje de calle con rebozo”, como anticipo de la mexicanidad clásica que exudaría la fiesta, o más bien el mito de la mexicanidad que ellos mismos habían ayudado a forjar con sus canciones y películas. Jorge lucía un traje de charro color marrón y María un vestido tradicional de color rosa y el obligatorio rebozo, la capa mexicana. Parecía una mezcla de la emperatriz Carlota y Josefa Ortiz. Al mismo tiempo se casaban dos viejos sirvientes de la casa, Remedios Rivera, la cocinera, y Agustín Barreda, el jardinero. Oficiaba el juez Próspero Olivares Sosa, el mismo que había casado a María con Agustín Lara, con lo que su eficiencia estaba probada. El menú consistió en barbacoa, carnitas, chicharrón, mole poblano, tequila, pulque, licores extranjeros, las omnipresentes aguas de horchata y Jamaica y un pastel de cuatro pisos. Entre los invitados estaban actrices como Miroslava Stern (que se suicidaría tres años después por el disgusto de que su amante Dominguín se casase con Lucía Bosé, versión muy romántica que quizá esté lejos de la realidad), Columba Domínguez y María Elena Marqués, los cineastas Emilio “el Indio” Fernández y Julio Bracho, el futuro nobel Octavio Paz, actores como Fernando y Andrés Soler y los artistas Frida Kahlo y Diego Rivera, cuya boda más de 20 años atrás había sido parecida. Todo se iba a retransmitir por televisión, pero un fallo técnico provocó que solo pudiese contarse por la radio a los enfervorecidos admiradores de la pareja. Los cines habían aprovechado para reponer El Peñón de las ánimas con el atrayente mensaje “¡Nace un gran amor!, ¡el romance más espectacular del cine mexicano!”.

Precisamente, Jorge recuperó aquel libreto de El peñón de las ánimas que no había querido firmarle a María diez años atrás y ahora sí lo hizo con un texto que rezaba: “Amor de mi alma, siento un rencor enorme hacia mí por no haber tenido la inteligencia ni el suficiente corazón para encontrarte entonces. Perdóname, si puedes, estos diez años de estupidez. Yo no me lo perdonaré jamás. Te adora, Jorge”. El regalo de bodas a su esposa fue un impresionante collar de esmeraldas. A la prensa, declaraba: “Soy el hombre más dichoso del mundo. ¡Que Dios quiera y sea para siempre!”.

No fue para siempre. De hecho, apenas duró 13 meses. El último año de vida a Jorge Negrete le era imposible ocultar los efectos de una cirrosis que le estaba devastando. Pese a que no bebía, una hepatitis C mal curada contraída años atrás durante una estancia en Nueva York había acabado con su salud. Los tratamientos contra la hidropesía y la cirrosis eran complicados y dolorosos, todo unido a la tensión de su trabajo al frente del sindicato de actores y al cansancio por su profesión, siempre en movimiento constante. En el 53 rodó junto a su en teoría rival Pedro Infante Dos tipos de cuidado, uno de sus mayores éxitos, y junto a su esposa dos películas más, Reportaje y El rapto. “Era bueno, como un niño. Muy enamorado, a veces eso es un defecto, encuentro yo”, diría ella muchos años después“Estaba tan enamorado que me conmovió. Y no tuve tiempo de aburrirme porque se murió”. Diego Negrete contaría que tras un ingreso, los médicos dieron el alta a su hermano pero advirtiéndole de que le quedaba poco tiempo de vida y nada podría hacerse por él. María aseguraría con humor: “Yo pienso que él sabía que estaba enfermo y se quiso pasar un año a todo dar”. En diciembre del 53 Jorge Negrete se trasladó a Los Ángeles con un sustancioso contrato para realizar una serie de actuaciones musicales en el teatro Million Dollar; su esposa estaba rodando La bella Otero en Francia. Mientras asistía a un combate de boxeo, se levantó para animar al luchador mexicano con un “¡Pégale duro, Ratón!”. Se desencadenó una hemorragia interna y cayó al suelo desvanecido. Le ingresaron en el hospital Cedars Lebanon, donde acudieron su hermano, su madre Emilia y el trío Los Panchos, compañeros de tantas actuaciones y famosos por sus juergas y vida disoluta. A ellos, en la cama del hospital, les diría: “Ustedes, que han sido unos bandidos en esta vida, que se han bebido todo y han hecho las barbaridades más grandes, mira lo saludables que están; y a mí, que me he abstenido de todo, viene a tocarme esta desgracia”.

María llegó a tiempo para despedirse de su marido, todavía consciente. Según su familia política, también aprovechó para pedirle todos los objetos de valor de Negrete, el anillo de diamantes, la pluma de oro y el reloj. El 5 de diciembre del 53, fallecía el Charro Cantor y medio mundo recordó conmocionado la letra de “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Si un año antes la boda había sido una exaltación de alegría, el funeral fue una expresión de dolor y duelo nacional. Negrete pasó a ser algo parecido a un santo laico, un héroe popular por su origen sencillo y su hondo compromiso social. El sindicato que presidía publicó una sentida necrológica en la prensa que recordaba, entre otras cosas, sus contribuciones económicas a la construcción de un hospital de actores: “Fue un gran conductor obrero, nos defendió contra la voracidad de los productores, garantizó nuestros salarios y nos dio una clínica médica, a su entusiasmo se debió la creación de la Academia Cinematográfica y de varias escuelas de capacitación artística y fue implacable contra los explotadores de las artistas en cabarets, carpas, teatros de arrabal, etcétera, especialmente en la zona fronteriza del país. La Asociación Nacional de Actores pierde a uno de sus mejores dirigentes”. Fue el edificio del ANDA el elegido para montar una capilla ardiente por la que desfilaron de forma ininterrumpida medio millón de personas. Entre múltiples seguidores anónimos, estaban estrellas como Pedro Infante (desmintiendo su supuesta rivalidad), el Indio Fernández, Dolores del Río, Pedro Armendariz, Cantinflas o incluso nuestra Sarita Montiel, que vivía en aquella época en México. La entonces joven intentó presentarle sus respetos a María Félix, a la que admiraba muchísimo, pero ella la rechazó. Poco antes María había protagonizado un escándalo nacional cuando descendió del avión que la traía de Los Ángeles vistiendo pantalones. Se le reprochaba no solo lo poco formal del atuendo; muchos pensaron que lo había hecho aposta para volver la atención sobre sí misma en aquellas luctuosas circunstancias. El Universal relataba que la reciente viuda se había aproximado al féretro y acariciando el cristal, lo había besado diciendo “Amor, ¡yo te quiero y no te olvidaré nunca!”. Acompañado por mariachis que tocaban sus emblemáticas canciones, Jorge Negrete fue enterrado en el Panteón Jardín.

Casi de forma inmediata empezó la polémica por su herencia. En su testamento, dictado en el 47, se lo dejaba todo a su hija Diana y a su madre, aunque ese “todo” resultó no ser tanto como hubiera parecido. De hecho, el famoso collar de esmeraldas que le había regalado a su última esposa estaba pagándolo a plazos. En Todas mis guerras, María dejaría escrito que su cuñado Diego se lo reclamó porque “era injusto que los herederos cargasen con la deuda”, pero ella se negó. “Lo dado, dado. Lo consideraba mío y me pareció un atropello querérmelo arrebatar. ¿Qué culpa tenía yo de que Jorge no lo hubiese pagado?”. Cuando María intentó regresar a Francia, la policía se lo impidió porque los Negrete la habían denunciado; ella correspondió acusándoles de haberse quedado con un cofre de monedas de oro de él. Al final ella misma tuvo que pagarse lo que faltaba por entregar de su regalo de bodas para poder salir del país.

Y María volvió a Francia, a continuar con su vida y seguir erigiendo su leyenda. Durante el rodaje de French can can a las órdenes de Jean Renoir, mandó al hospital de una paliza (o al menos así lo aseguraba ella misma) a la actriz Françoise Arnoul, que osó golpearla en una escena con el puño en vez de con el sombrero, como se indicaba en el guion. Aclimatada a la vida francesa, María se estableció en su casa en Neuilly, que se convertiría en el hogar en el que pasaría el resto de su vida a medias con su México de origen. Su vida sentimental siguió estando a la altura de lo que se esperaba de ella. Tuvo una relación con el secretario de Sartre y otra con Frede, la icónica dueña del cabaret Caroll’s, amante también de Marlene Dietrich y de Anaïs Nin. Lo suyo “terminó en los tribunales, cuando la actriz mexicana reclamó judicialmente a Frede las joyas que le había regalado. También un cuadro que Leonor Fini había pintado de las dos mujeres, y que, una vez recuperado, la Doña pidió que modificase, cambiando el rostro de Frede por el suyo”, escribía Diego Parrado. Cuando años después un periodista le preguntó a la Félix si era verdad que había tenido relaciones con mujeres, ella le respondió: “si todos los hombres fuesen como usted, más habría tenido”. En esa etapa francesa también posó sus ojos sobre la Doña el rey Faruk de Egipto. Se cuenta que para seducirla le envió una diadema de oro de la faraona Nefertari, y ella se la devolvió con una nota que afirmaba que si él creía que ese era su precio de mujer, primero se acostaba gratis con su criado que enjaezada de diamantes con él. Andando el tiempo, afirmaría orgullosa: “¿Qué más necesito que el amor de la gente? En la calle todos me saludan, todos me mandan besos. Estoy igual con el más pobre que con el más rico. A mí qué me interesa la gente rica. ¿Qué pueden tener que yo no tenga? ¿Qué pueden traer que yo no traiga? ¿Qué me pueden dar que yo no tengo? Nada”. Sin embargo, cuando le preguntasen en el futuro qué le dio su cuarto marido, el millonario suizo Alex Berger, su respuesta llena de humor sería: “Además de una vida muy amable y muy armoniosa, un poco de billete, que nunca cae mal”. Berger y María estuvieron juntos desde el 56 hasta la muerte de éste, en el 74. Él se movía en el mundo “lujoso, sibarita y emocionante” de las carreras de caballos, en el que ella participó con entusiasmo, más conforme sus apariciones en el cine se iban espaciando hasta abandonarlo del todo en el 71. María pasó a ser otra cosa. Un mito vivo dedicado al culto a sí misma, un personaje tan excesivo y extremo que sus propios contemporáneos percibían al momento que aquello tenía que tratarse de una construcción. Se presentaba ante el público cuidando mucho su imagen, vestida con trajes de alta costura, fumando puros y rodeada de joyones que refulgían ante las cámaras. “No hice nada para ser una diva y una estrella. Nací así”, declaraba. Tampoco eludía su mala buena fama, sino que la azuzaba: “Mi vida no es un ejemplo a seguir porque se necesita un egoísmo formidable para ser como yo. Hay que pasar por encima de todo y de todos. Quién sabe si me conocieran más, tal vez ya no me quisieran”. No era solo una belleza que iba envejeciendo de forma digna, también exhibía una personalidad más grande que la vida, y era culta, buena lectora, rápida e inteligente (o al menos, sabía aparentarlo). Se rodeaba de intelectuales y artistas, no solo de famosos y poderosos, y de hecho declaraba: “la gente inteligente es la única que me da envidia”.

A este mundo pertenecía su última pareja, el pintor treinta años menor que ella Antoine Tzapoff, con el que inició un romance en el 81. Ella misma había sido musa y obra de arte en varios sentidos. Fini o Leonora Carrington la habían retratado. Su amigo Diego Rivera la pintó desnuda “porque estaba enamorado de mí”, aseguraba. Años después, cansada de tener el cuadro de su desnudo colgado en casa, le pidió a un albañil que estaba haciendo obras en su casa que lo pintase de blanco para tapar su desnudez, sin preocuparse lo más mínimo de estropear una obra del reputado artista. “¿Por qué no?”, respondía. “Ahora está mejor”. “Pude tener un retrato de Dalí, pero a Alex le pareció que estaba muy lejos Cadaqués para ir a posar. También pude tener un Tamayo, pero qué horror”, aseguraba.

María Félix llega a París con 40 piezas de equipaje en 1949.© CORDON PRESS

El peor trago de la vida de María llegó en el 96, cuando su hijo Quique murió de un infarto a los 62 años. El joven había querido ser actor para disgusto de su madre, y llegó a debutar con Buñuel en Simón del Desierto. No logró ni acercarse a los éxitos de la Doña, aunque sí tuvo una prolífica carrera sobre todo en telenovelas y teatro. Poco antes habían aparecido juntos en la famosa entrevista de Verónica Castro a la actriz en Galavisión, donde habían mostrado su gran sintonía. La tragedia resultó devastadora para ella. “Una de las virtudes de mi vida es no haberme vuelto loca con todo lo que me ha pasado”, declararía.

El 8 de abril de 2002 su amigo Juan Gabriel, que había compuesto en su honor María de las Marías, llamó por teléfono muy temprano a su casa del 610 de la calle Hegel, en la colonia de Polanco, para saludarla. El mayordomo se disculpó, explicándole que la señora todavía no se había levantado. Había muerto durante el sueño el mismo día que cumplía 88 años. Puede que esta aparición final de Juan Gabriel sea demasiado buena para ser verdad, pero ya se lo había dicho María a su biógrafo, “ningún mito se construye solo con verdades”.

Todavía faltaba un penúltimo capítulo en su excesiva vida. Cuando se leyó el testamento, se descubrió que María le había dejado la mitad de su dinero a su pareja, Antoine Tzapoff. La otra mitad, su fabulosa colección de joyas, la de arte, su piso de Polanco y una mansión en Cuernavaca fueron para sorpresa de todos para Luis Martínez de Anda, el chófer y asistente de 28 años que trabajaba para la Doña desde hacía diez. Los familiares no recibían nada. Benjamín Félix, uno de los tres hermanos que la habían sobrevivido, montó en cólera, se erigió en representante de la familia y comenzó a decir que su deceso había sido muy sospechoso y que existían indicios de que la habían asesinado. Presentó una demanda penal impugnando el testamento y cuatro meses después de su entierro, el cadáver de María era exhumado y analizado en busca de pruebas de envenenamiento. No se encontró nada anormal y la causa se cerró con una disculpa pública de Benjamín.

A María se le sigue venerando en México y toda Latinoamérica. Su carácter volcánico, imagen arrolladora y condición de mujer fuerte la han mantenido inmortal. Basta ver una de sus entrevistas o leer sus frases lapidarias para quedar atrapado por una de esas mujeres con las que se rompió el molde. Sobre la realidad o fantasía de algunas de sus peripecias, ella misma lo zanjaba así: “La vida de una artista es sueño; si no es sueño, no es nada”.

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