Historia

El tamal

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Jueves 5 de febrero de 2026

Durante años nos han dicho que el tamal es “tradición”, “herencia”, “orgullo”, “sabor de México”.

Lo repetimos tanto que a veces se nos olvida preguntarnos algo más simple: ¿desde cuándo los comemos y por qué nunca se han ido?

El tamal existe en México desde antes de que existiera México. Antes de los españoles, antes del castellano, antes incluso de la idea de “país”.

Los tamales nacieron cuando el maíz no era solo comida, sino explicación del mundo. Para muchas culturas mesoamericanas, las personas estaban hechas de maíz.

Literalmente. Comer maíz era reafirmar quién eras. Convertirlo en masa, envolverlo y cocerlo al vapor no era una receta: era un acto con sentido ritual.

La palabra “tamal” viene del náhuatl tamalli, que significa “envuelto”. Así de directo. Así de antiguo.

Desde entonces ya había versiones dulces, saladas, con chile, con semillas, con carne, con frijol. La variedad no es un invento moderno: viene de siglos atrás.

Cuando llegaron los españoles, el tamal no desapareció. Se adaptó. Entraron nuevos ingredientes, nuevas técnicas, nuevas combinaciones.

En conventos y cocinas coloniales se mezclaron tradiciones indígenas con productos europeos. Y el tamal siguió ahí: en fiestas, en mercados, en casas, en celebraciones, en días normales.

Con el tiempo, cada región hizo lo suyo. En Oaxaca, en hoja de plátano y con mole. En la Huasteca, enorme, para compartir. En Yucatán, ligado al mundo maya. En el centro, los clásicos verdes, rojos y dulces. No existe un solo tamal mexicano. Existen cientos.

Luego vino la ciudad moderna. El transporte, las fábricas, las oficinas, los horarios. Y el tamal volvió a adaptarse.

Apareció en bicicletas, en esquinas, en madrugadas frías, en mañanas con prisa. Se convirtió en desayuno, en comida rápida, en salvavidas energético. Sin perder su origen.

También se quedó en lo religioso. Reyes, Candelaria, Niño Dios, convivencia, olla humeante.

Aunque muchos ya no sepan de dónde viene, el ciclo sigue funcionando. La comida sigue reuniendo gente.

Lo curioso es que el tamal ha sobrevivido a todo: conquista, modernización, comida industrial, modas, dietas, apps de delivery. No se volvió souvenir. No se volvió rareza. Sigue siendo parte del día a día.

Tal vez por eso sigue importando.

Porque no es un platillo “de ocasión”. Es algo que se come en cumpleaños, velorios, mañanas comunes, celebraciones, domingos familiares y martes cualquiera. Está en todos lados sin hacerse invisible.

El tamal no necesita discurso. No necesita marketing. No necesita reinventarse. Lleva siglos haciendo lo mismo: alimentar cuerpos y sostener costumbres.

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