Religión

La Plegaria Eucarística II del Novus Ordo

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Sábado 31 de enero de 2026

La mentira Más Exitosa de la Reforma Litúrgica Parte 1

Si usted asiste regularmente al Novus Ordo, existe una probabilidad superior al 90% de que la Plegaria Eucarística que escuche sea la Plegaria Eucarística II.

En muchas parroquias del mundo católico, esta plegaria se ha convertido de facto en la única utilizada, hasta el punto de que los fieles la han memorizado completamente y consideran que cualquier otra variante es una excepción o peculiaridad del celebrante.

Si usted pregunta a su párroco, a un profesor de teología o consulta documentos oficiales de la Iglesia sobre el origen de esta plegaria, le dirán invariablemente lo mismo: que se trata de una venerable fórmula de la antigüedad cristiana, basada en la «Tradición Apostólica» de San Hipólito de Roma, un texto del siglo III que nos conecta directamente con la liturgia de los mártires y de la Iglesia primitiva.

Por ejemplo, la Comisión Nacional de Liturgia (CONALI) de la Conferencia Episcopal de Chile afirma oficialmente: «Asume como su fuente directa la anáfora de la ‘Tradición Apostólica’ [de San] Hipólito (S. III).

Comenzó a utilizarse en el año 1968. Son sus características la brevedad y la sencillez, tanto en su estilo como en sus conceptos.»

Documentos catequéticos, manuales litúrgicos, programas de formación sacerdotal, todos repiten la misma narrativa: la Plegaria Eucarística II representa un «retorno a las fuentes», una «recuperación de la liturgia primitiva», un tesoro de la antigüedad apostólica rescatado por la sabiduría de los reformadores del Concilio Vaticano II.

Esta narrativa es completamente falsa. Es una de las mentiras litúrgicas más exitosas y dañinas de la historia de la Iglesia.

Esta no es una investigación especulativa ni una diatriba emocional. Nos basaremos fundamentalmente en el testimonio de los propios reformadores, particularmente en las memorias publicadas del padre Louis Bouyer, uno de los dos autores de esta plegaria, así como en la investigación académica contemporánea sobre la llamada «Tradición Apostólica» de Hipólito.

Pero la verdad debe decirse, aunque incomode, porque los fieles católicos tienen derecho a saber lo que realmente están rezando cuando asisten a la Santa Misa.

La Historia Real del Origen de la Plegaria Eucarística II

Capítulo I: El Testimonio Explosivo de Louis Bouyer

A. ¿Quién fue Louis Bouyer?

El padre Louis Bouyer (1913-2004) fue un teólogo francés de extraordinaria importancia en el movimiento litúrgico del siglo XX.

Nacido en una familia protestante luterana, se convirtió al catolicismo en 1939 y fue ordenado sacerdote de la Congregación del Oratorio en 1944.

Bouyer no era un tradicionalista reaccionario ni un opositor sistemático de las reformas. Al contrario, fue uno de los arquitectos intelectuales de la nueva teología que preparó el camino para el Concilio Vaticano II.

Su libro La vie de la liturgie (La vida de la liturgia), publicado en 1960, recogía ideas del ecumenista luterano sueco Yngve Brilioth, y ejerció influencia considerable en el pensamiento litúrgico preconciliar.

Precisamente por su reputación como experto y reformador, Bouyer fue invitado a formar parte del Consilium ad Exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, el organismo creado por Pablo VI mediante el motu proprio Sacram Liturgiam del 25 de enero de 1964, con la finalidad de materializar las reformas aprobadas por los Padres Conciliares en la Constitución Sacrosanctum Concilium.

En otras palabras: Bouyer fue uno de los reformadores oficiales de la liturgia, trabajando directamente bajo las órdenes de Monseñor Annibale Bugnini, secretario del Consilium.

Después de la promulgación del Novus Ordo Missae en 1969, Bouyer se manifestó cada vez más crítico con los resultados de la reforma que él mismo había ayudado a implementar.

Sus últimos escritos expresan un profundo desencanto e incluso arrepentimiento por lo que había ocurrido.

En 2014, diez años después de su muerte, se publicaron póstumamente sus memorias con el título Mémoires (Éditions du Cerf, París).

En este libro, Bouyer relata con una franqueza brutal y sin filtros las circunstancias reales en que se desarrolló la reforma litúrgica y, específicamente, cómo se compuso la Plegaria Eucarística II.

Es este testimonio, de un testigo privilegiado y protagonista directo, el que constituye la base documental de nuestro análisis.

B. El relato de Bouyer: «Condiciones deplorables»

Reproduzco aquí in extenso el testimonio de Bouyer sobre su experiencia en el Consilium y la composición de las nuevas Plegarias Eucarísticas.

La extensión de la cita se justifica por su importancia histórica decisiva:

«Especialmente invitado a la subcomisión encargada del misal, quedé petrificado cuando, al llegar, descubrí los proyectos de una subcomisión preparatoria, inspirada principalmente por Dom Cipriano Vagaggini, de la abadía de Brujas, y por el excelente prelado Wagner, de Tréveris, quienes creían, con dichos proyectos, evitar la moda, llegada de Holanda, de las eucaristías improvisadas con un total desconocimiento de la tradición litúrgica, que se remonta a los orígenes cristianos.

No logro comprender en virtud de qué aberración estas excelentes personas, bastante buenas como historiadoras y, por lo general, espíritus razonables, pudieron llegar a sugerir semejante descuartizamiento y rearmado, ambos igualmente desconcertantes, del Canon romano y otros proyectos que se decía ‘inspirados’ por Hipólito de Roma, pero no por ello menos disparatados.

Por mi parte, me dispuse a renunciar de inmediato y a volver a casa. Pero Dom Botte me convenció de permanecer, aunque no fuera más que a fin de lograr un mal menor.

Al cabo, se respetó, más o menos, el Canon romano, y logramos producir tres plegarias eucarísticas que, a pesar de intervenciones bastante verbosas, recuperaban algunos trozos de gran antigüedad y de una riqueza teológica y eucológica sin par, caídos en desuso desde la desaparición de los antiguos ritos galicanos.

Tengo en mente la anamnesis de la tercera plegaria eucarística, y también lo que se pudo salvar de un ensayo, bastante logrado, de adaptación al esquema romano de una serie de fórmulas de la antigua plegaria llamada de Santiago, gracias a un trabajo del padre Gélineau, no siempre igualmente bien inspirado.

Pero, ¿qué decir, en circunstancias que se hablaba de simplificar la liturgia y hacerla volver a los modelos primitivos, de ese actus poenitentialis inspirado en el padre Jungmann (excelente historiador del misal romano… pero que jamás en su vida celebró una misa solemne)?

Lo peor fue un inverosímil ofertorio, de estilo Acción Católica obrero-sentimentaloide, obra del Abbé Cellier, quien manipuló, con medios a su alcance, al despreciable Bugnini, a fin de hacer pasar su producto, no obstante una oposición casi unánime.»

Detengámonos un momento en estas afirmaciones:

  1. Bouyer «quedó petrificado» al ver los proyectos iniciales
  2. Habla de «aberración», «descuartizamiento», proyectos «disparatados»
  3. Estuvo a punto de renunciar inmediatamente y volver a casa
  4. Solo se quedó para intentar «un mal menor»
  5. Califica el nuevo ofertorio de «inverosímil» y de «estilo Acción Católica obrero-sentimentaloide»
  6. Llama a Annibale Bugnini, el arquitecto principal de toda la reforma, «despreciable» (méprisable en el original francés)
    Estas no son las palabras de un tradicionalista intransigente atacando la reforma desde fuera. Son las palabras de uno de los propios reformadores, describiendo desde dentro el proceso que él mismo vivió.

Pero lo más explosivo viene a continuación:

«Se podrá tener una idea de las condiciones deplorables en que esta reforma a toda carrera fue despachada cuando relate ahora cómo se amañó la segunda plegaria eucarística. Entre, por una parte, los fanáticos que querían arqueologizar a toda costa, y que hubieran querido suprimir de la plegaria eucarística el Sanctus y las intercesiones, tomando tal cual la eucaristía de Hipólito y, por otra parte, algunos que se burlaban no poco de la pretendida Tradición Apostólica, y que deseaban solamente una misa como fuera, se nos encargó a Dom Botte y a mí, ¡para el día siguiente!, reacomodar su texto de modo de introducir en él ciertos elementos más antiguos.

Por casualidad descubrí en un escrito, si no del mismo Hipólito, al menos de su estilo, una feliz fórmula sobre el Espíritu Santo que podía servir de transición, al estilo de Vere Sanctus, a la breve epíclesis.

Botte, por su parte, fabricó una intercesión más digna de Paul Reboux y de su À la manière de… que de su propia ciencia.

¡Pero me es imposible releer esta composición inverosímil sin volver a pensar en la terraza de la trattoria del Trastevere, donde tuvimos que trabajar a la rápida en nuestro cometido, a fin de estar listos para presentarnos con él en la Puerta de Bronce, a la hora señalada por nuestros mandantes!»

Leamos esto con la atención que merece:

La Plegaria Eucarística II que millones de católicos escuchan cada domingo creyendo que proviene de los mártires del siglo III fue compuesta apresuradamente en una sola tarde por dos hombres sentados en la terraza de un restaurante romano, improvisando y «fabricando» textos porque tenían que presentar algo «para el día siguiente» a sus superiores en el Vaticano.

No es una exageración retórica. No es una interpretación tendenciosa. Son las palabras textuales de uno de los dos autores.

Bouyer continúa con una valoración final devastadora:

«Después de todo esto, no hay motivo para asombrarse de que, por sus increíbles debilidades, el aborto que produjimos estuviera destinado a suscitar risa o indignación…, hasta el punto de hacer olvidar numerosos elementos excelentes que, a pesar de todo, él conlleva, los que sería una lástima que la revisión, que tarde o temprano terminará por imponerse, no pusiera a salvo, como perlas perdidas.»

Bouyer llama a su propia obra «el aborto que produjimos» (l’avorton que nous produisîmes).

Un aborto. Una criatura deforme, prematura, no viable, resultado de un proceso violento y antinatural.

Estas son las palabras que el propio autor usa para describir la Plegaria Eucarística II.

C. Análisis del testimonio: Implicaciones devastadoras

El testimonio de Bouyer, publicado en una editorial católica respetable (Éditions du Cerf) y nunca desmentido ni refutado, tiene implicaciones de una gravedad extraordinaria:

  1. La reforma se hizo «a toda carrera»
    Bouyer habla explícitamente de «condiciones deplorables» y de una «reforma a toda carrera». No hubo meditación serena, oración prolongada, consulta de la Tradición, discernimiento prudente. Había prisa, presiones de grupos con agendas contradictorias, improvisación, trabajo apresurado.
    ¿Es esta la forma de reformar la liturgia de la Iglesia, el corazón mismo de su vida sacramental, la expresión suprema de su fe (lex orandi, lex credendi)?
  2. Existían facciones radicales que querían ir mucho más lejos
    Bouyer menciona «fanáticos que querían arqueologizar a toda costa» y que hubieran querido suprimir incluso el Sanctus y las intercesiones. Esto revela que dentro del Consilium había una facción radical dispuesta a destruir completamente la estructura tradicional de la Misa.

Lo que finalmente se aprobó fue un «compromiso» o «mal menor» frente a propuestas aún más destructivas.

La Plegaria Eucarística II no representa un ideal litúrgico cuidadosamente elaborado, sino una solución de compromiso apresurada entre facciones en conflicto.

  1. Algunos se burlaban de la supuesta «Tradición Apostólica»
    Bouyer admite que dentro del mismo Consilium había quienes «se burlaban no poco de la pretendida Tradición Apostólica». Es decir, incluso los propios reformadores sabían que el fundamento histórico de la Plegaria II era dudoso o fraudulento.

Sin embargo, esta plegaria fue presentada al pueblo católico como auténtica liturgia del siglo III, silenciando las dudas y burlas que existían entre los propios expertos.

  1. Los textos fueron «fabricados» e improvisados
    Bouyer admite con sorprendente franqueza que:
  • Encontró «por casualidad» una fórmula que le pareció útil
  • Botte «fabricó» las intercesiones de manera apresurada
  • Todo se hizo «a la rápida» en una terraza de restaurante
  • Debían estar listos «para el día siguiente»

Esta no es la forma en que la Iglesia ha elaborado sus textos litúrgicos a lo largo de los siglos. La liturgia tradicional se desarrolló orgánicamente durante siglos, con textos que surgían de la oración de la Iglesia, eran probados por el uso, confirmados por Concilios y Papas, venerados por santos y doctores.

Aquí tenemos dos académicos improvisando textos en unas horas para cumplir un plazo burocrático.

  1. Bugnini era «despreciable»
    Que uno de los principales colaboradores del Consilium califique a su director, Annibale Bugnini, como «despreciable» (méprisable), es de una gravedad extrema.
    ¿Qué clase de persona era Bugnini? ¿Por qué Bouyer usa un adjetivo tan fuerte? ¿Qué comportamientos o actitudes justifican semejante juicio moral?
    Aunque Bouyer no entra en detalles en este pasaje, la calificación sugiere manipulación, falta de integridad, imposición autoritaria de agendas personales. No es el retrato de un sabio pastor guiando prudentemente una reforma necesaria, sino de un burócrata eclesiástico «despreciable» que permitía que liturgistas con agendas particulares «manipularan» el proceso.

D. La credibilidad del testimonio

¿Podemos confiar en este testimonio? ¿No será una exageración, una distorsión de la memoria en la vejez, un ajuste de cuentas personal?

Varios factores garantizan la credibilidad del relato de Bouyer:

  1. Es un testigo directo y protagonista: Bouyer no está repitiendo rumores ni especulando desde fuera. Él estuvo allí, en el Consilium, trabajando directamente en la composición de las plegarias. Es un testigo de primera mano.
  2. Es un testimonio contra sus propios intereses: Bouyer no tenía ningún motivo para inventar o exagerar estas revelaciones. Al contrario, admitir que su propia obra es un «aborto» fabricado apresuradamente en una trattoria es profundamente humillante. La gente no suele inventar historias que los desacreditan a sí mismos.
  3. Fue publicado por una editorial católica respetable: Éditions du Cerf es una editorial católica seria, no una casa editorial tradicionalista con agenda. Si el testimonio fuera evidentemente falso o difamatorio, no lo habrían publicado.
  4. Nunca ha sido desmentido oficialmente: Desde la publicación de las memorias de Bouyer en 2014, ninguna autoridad eclesiástica, ningún otro miembro sobreviviente del Consilium, ningún defensor de la reforma litúrgica ha desmentido o refutado estos hechos. El silencio es ensordecedor.
  5. Es consistente con otros testimonios: Otros testigos y estudiosos de la reforma litúrgica han descrito procesos similares de prisa, improvisación y conflictos internos en el Consilium, aunque ninguno con la franqueza brutal de Bouyer.
    En conclusión: El testimonio de Louis Bouyer es histórica y jurídicamente fiable. Constituye evidencia documental de primera categoría sobre el origen real de la Plegaria Eucarística II.
    Hemos establecido, mediante el testimonio de Bouyer, que la Plegaria Eucarística II es una composición apresurada del siglo XX, no un texto antiguo auténtico. Pero los defensores de esta plegaria podrían argumentar: «Sí, la formulación actual es moderna, pero se basa fielmente en la anáfora genuina de San Hipólito del siglo III, que fue redescubierta por la erudición moderna.»
    Este argumento constituye el segundo nivel del fraude. Porque resulta que la supuesta «Tradición Apostólica» de San Hipólito es ella misma una reconstrucción moderna extremadamente dudosa, probablemente falsa.

A. ¿Quién fue San Hipólito? Un personaje oscuro y controvertido

San Hipólito es uno de los personajes más enigmáticos y problemáticos de la historia de la Iglesia primitiva.

Paradójicamente, para alguien que supuestamente escribió uno de los textos litúrgicos más importantes de la cristiandad, sabemos muy poco sobre él con certeza.

Las fuentes antiguas contradictorias:

  1. Eusebio de Cesarea (c. 263-339), el gran historiador de la Iglesia primitiva, menciona en su Historia Eclesiástica a un Hipólito que era «obispo» de alguna iglesia cuyo nombre desconoce. Eusebio proporciona una lista de obras atribuidas a este Hipólito.
  2. San Jerónimo (347-420), en su De Viris Illustribus, también menciona a Hipólito y proporciona otra lista de obras, que no coincide completamente con la de Eusebio. San Jerónimo añade que Hipólito pronunció una homilía «sobre la alabanza del Salvador» en presencia de Orígenes durante la visita de este último a Roma, que puede datarse hacia el año 222.
  3. Autores griegos posteriores, como Eustracio de Constantinopla y el autor anónimo de De Sectis, afirman que Hipólito fue un «obispo de Roma» y mártir. Esta identificación como obispo de Roma es altamente problemática, como veremos.
  4. El Catálogo Liberiano (354), una lista oficial de los obispos de Roma, no menciona a ningún Hipólito como obispo, pero sí informa que un presbítero llamado Hipólito fue deportado en 235 a Cerdeña, la «isla de la muerte» (insula nociva), junto con el Papa Ponciano (230-235).
  5. La Depositio Martyrum, un documento anexo al Catálogo Liberiano, menciona que el 13 de agosto se conmemora la depositio (sepultura o traslado de reliquias) de Hipólito en la vía Tiburtina y de Ponciano en el cementerio de Calixto.
  6. Dos inscripciones del Papa Dámaso (366-384) en el cementerio llamado de Hipólito (cerca de la basílica de San Lorenzo, en la vía Tiburtina) y un poema de Prudencio (348-413) cuentan que el presbítero Hipólito había adherido inicialmente al cisma de Novaciano (+258), pero volvió posteriormente a la Iglesia durante una persecución y sufrió el martirio.
  7. La obra Philosophoumena (también llamada Refutación de todas las herejías), que data de alrededor del año 220 y que se atribuye a un Hipólito, contiene en su libro IX una violenta polémica del autor contra el Papa Ceferino (199-217) y especialmente contra el Papa Calixto (217-222), acusándolos de herejía modalista y de laxitud moral.

Durante siglos, los historiadores han intentado combinar estos fragmentos contradictorios en una narrativa coherente. La hipótesis tradicional, desarrollada principalmente en el siglo XIX, es la siguiente:

Hipólito fue un presbítero romano de notable erudición, exégeta y teólogo, que vivió entre finales del siglo II y mediados del siglo III. Era un rigorista en cuestiones de disciplina eclesiástica y mantenía posiciones teológicas tradicionales.

Cuando el Papa Calixto fue elegido en 217, Hipólito que esperaba ser elegido él mismo se opuso violentamente a las políticas del nuevo Papa, particularmente su postura más misericordiosa hacia los pecadores arrepentidos y su teología trinitaria, que Hipólito consideraba modalista.

En su resentimiento y desacuerdo doctrinal, Hipólito se separó de la comunión con el Papa Calixto y permitió que sus seguidores lo proclamaran obispo rival de Roma.

Así, Hipólito se convirtió en el primer antipapa de la historia, estableciendo una comunidad cismática que existió en Roma durante varios pontificados.

Durante la persecución del emperador Maximino el Tracio (235-238), tanto el Papa Ponciano como el antipapa Hipólito fueron arrestados y deportados a las mortales minas de Cerdeña.

En el exilio, enfrentando el martirio, Hipólito se reconcilió con Ponciano y con la Iglesia antes de morir.

El Papa Fabián (236-250) hizo traer los restos de ambos a Roma el 13 de agosto, y desde entonces Hipólito fue venerado como santo y mártir, olvidándose su período cismático.

En 1947, el erudito francés Pierre Nautin publicó un estudio revolucionario titulado Hippolyte et Josipe: Contribution à l’histoire de la littérature chrétienne du troisième siècle (París, Editions du Cerf, 1947).

Nautin argumentó convincentemente que bajo el nombre «Hipólito» se han confundido en realidad dos personas diferentes:

  1. Hipólito propiamente dicho: Un escritor eclesiástico oriental (probablemente de Asia Menor o Siria), autor de comentarios bíblicos y tratados teológicos, que vivió en el siglo III. Este es el Hipólito mencionado por Eusebio y Jerónimo como autor de obras exegéticas.
  2. Josipo: Un presbítero romano, autor del Philosophoumena y de otros tratados polémicos, que efectivamente fue el antipapa rival de Calixto. Este es el Hipólito que fue deportado a Cerdeña con el Papa Ponciano.
    Según Nautin, la confusión surgió porque ambos vivieron aproximadamente en la misma época y tenían reputación de eruditos, pero eran personas distintas con obras distintas.
    La hipótesis de Nautin ha generado un intenso debate académico. Dom Bernard Botte, el benedictino que «reconstruyó» la Tradición Apostólica (y que luego sería coautor de la Plegaria Eucarística II), fue uno de los principales opositores de la teoría de Nautin, defendiendo la hipótesis del Hipólito único.
    Sin embargo, muchos estudiosos contemporáneos han aceptado, al menos parcialmente, las conclusiones de Nautin, o han propuesto teorías similares de múltiples autores confundidos bajo el nombre «Hipólito».

La conclusión es ineludible: No existe certeza histórica sobre quién fue Hipólito, si fue una o varias personas, dónde vivió, qué obras escribió realmente, ni cuál fue su relación exacta con la Iglesia de Roma.

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