Espectáculos

Las dos pasiones de Brian May

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Viernes 9 de enero de 2026

En 1970, un estudiante de física de 23 años del Imperial College de Londres se enfrentó a una elección que cambiaría su vida para siempre.

Brian May llevaba tres años estudiando el polvo zodiacal, esa débil luminosidad causada por la luz solar reflejada por minúsculas partículas suspendidas en el Sistema Solar.

Había construido su equipo por sí mismo, recopilado datos, analizado mediciones y realmente estaba avanzando hacia un doctorado en astrofísica.

Pero fuera del laboratorio, otra vida llamaba con fuerza: la del escenario, los amplificadores y las multitudes gritando.

También era el guitarrista de un grupo de rock emergente: Yo, Reina. Acababan de firmar un contrato discográfico. Se preparaban los primeros recorridos. La oportunidad era concreta, abrumadora. Y no habría esperado a que él terminara la tesis.

Así que Brian eligió la guitarra. Dejando de lado el telescopio, abandonó los estudios para perseguir un sueño que de inmediato incendiaría el mundo.

Queen se convirtió en leyenda. Bohemian Rhapsody, We Will Rock You, We Are the Champions: sus notas atravesaron generaciones.

Su Red Special —la guitarra hecha a mano por él y su padre— se convirtió en un instrumento mítico. Brian May era ya un icono.

Pero en un rincón de su mente, el polvo cósmico seguía brillando.

En 2006, treinta y seis años después de abandonar la universidad, Brian contactó a su antiguo director de tesis, el profesor Michael Rowan-Robinson, quien recordaba perfectamente a aquel joven prometedor que se había convertido en estrella de rock.

Se preguntó si aún era posible completar el trabajo comenzado décadas atrás.

Era una empresa titánica. La astrofísica había cambiado radicalmente. Los instrumentos de entonces eran obsoletos. Los datos recopilados por May eran parciales. Tenía que actualizarlo todo, comprender años de nuevos descubrimientos, integrar la investigación moderna.

Pero la pregunta fundamental seguía siendo válida. Y el profesor Rowan-Robinson aceptó acompañarlo hasta el final.

Con la misma disciplina con la que abordaba la música, Brian se sumergió en el estudio. Entre un concierto y un proyecto musical, encontró tiempo para revisar sus antiguas observaciones, compararlas con las más recientes, reelaborarlas con métodos modernos.

Su tesis tomó forma. Se titulaba A Survey of Radial Velocities in the Zodiacal Dust Cloud (una encuesta de velocidades radiales en la nube de polvo zodiacal) — una investigación útil para comprender mejor la formación de los sistemas planetarios y el comportamiento de la materia interplanetaria.

En 2007, el Imperial College le otorgó el título de doctor en astrofísica.

No se trataba de un doctorado honoris causa, sino de un doctorado real: fruto de años de trabajo, rigurosas evaluaciones académicas y de la misma pasión que había convertido a May en un gigante de la música.

A los 60 años, Brian May ya no era solo el legendario guitarrista de Queen. También era el doctor May, astrofísico.

Pero no se detuvo ahí. Se convirtió en divulgador científico, rector universitario, cofundador del Día del Asteroide (una jornada mundial para concienciar sobre los riesgos relacionados con los asteroides).

Colaboró con la NASA. Escribió libros, dio conferencias. Continuó tocando, sin elegir nunca entre el arte y la ciencia.

Porque él siempre ha sido ambas cosas. Un hombre que nunca aceptó estar en una sola caja.

Su historia nos recuerda que nunca es demasiado tarde para terminar lo que hemos empezado. Que se pueden vivir dos pasiones, aunque parezcan opuestas. Que los sueños en pausa pueden esperar incluso treinta años, si son verdaderos.

Y que algunas cosas valen el tiempo que se necesita para realizarlas.

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