La anestesia


Martes 2 de diciembre de 2025
El 4 de noviembre de 1847, una simple noche de experimentos cambió la historia de la medicina.
James Young Simpson, médico escocés y profesor de obstetricia en Edimburgo, se reunió con dos amigos para probar sustancias que ya se usaban de forma recreativa: éter, gas de la risa y una novedad misteriosa llamada cloroformo.
Al principio hubo risas. Minutos después, todos estaban inconscientes en el suelo.
Cuando despertó, Simpson solo dijo una frase que presagiaba una revolución: «Esto es mucho mejor que el éter».
Cuatro días después, puso a prueba esa afirmación en el lugar donde más podía marcar la diferencia: una sala de parto.
Por primera vez, una mujer dio a luz anestesiada con cloroformo. Y funcionó.
En menos de un mes, Simpson lo había usado en más de cincuenta pacientes.
Una de ellas quedó tan agradecida que llamó a su hija recién nacida Anestesia. Así de profunda fue la impresión que dejó.
Pero toda innovación tiene un precio.
En 1848 ocurrió la primera muerte atribuida al cloroformo: Hannah Green, una joven cuyo fallecimiento se debió, muy probablemente, a una administración incorrecta.
La tragedia desató el miedo. La Iglesia Calvinista Escocesa también lo condenó: según ellos, aliviar el dolor del parto era desafiar un castigo divino.
El destino del cloroformo parecía escrito… hasta que intervino alguien con poder para reescribirlo.
En 1853, durante el nacimiento de su octavo hijo, la reina Victoria aceptó inhalar cloroformo administrado por su médico, John Snow.
El efecto fue tan positivo que ella misma lo elogió públicamente. Y cuando la reina aprobó el cloroformo, el mundo entero dejó de temerle.
Tiempo después, Simpson entró en su aula con una sonrisa contenida. La reina lo había nombrado su médico personal. Sus alumnos, al escucharlo, se levantaron de inmediato y entonaron un canto que resonó por las paredes de la universidad:
“¡Dios salve a la Reina!”
Era el reconocimiento simbólico de un cambio monumental: el día en que el dolor del parto dejó de ser un destino inevitable y la anestesia encontró su lugar en la historia.
