Sociedad

Lejos de la patria

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Sábado 29 de noviembre de 2025

Si hay un momento en el que uno puede añorar a su patria, es cuando está lejos de ella, y de eso trata la historia que escribió Juan de Dios Peza en sus «Memorias, reliquias y relatos».

Dice así:

«Al oscurecer de una tarde de mayo, volvía yo con un amigo, sentado en la imperial de un ómnibus, del cementerio del Pére Lachaise al centro de París.

Comenzaban a encenderse las linternas que decoraban las calles del barrio y no recuerdo si al salir de la Villette, mi amigo contemplando una calleja en cuyas puertas vendían algo de comer, me dijo con entusiasmo:

— Mira cómo se parece aquella calle a las de San Juan de México.

El amor a la patria obliga en tierra extraña a encontrar en todo alguna semejanza con algo de la ciudad en que se ha nacido y acaso yo pequé imaginándome alguna vez que la rué Royal le daba cierto aire a la calle de Plateros y que los árboles de los Campos Elíseos se parecían a los de la Alameda.

— En efecto —le respondí — algo hay de aquellas calles en que se venden muchos antojos a estas horas.

El cochero del ómnibus volvió la cara hacia nosotros; una cara en que descollaba redonda y tosca la nariz enrojecida por el ajenjo; nos miró con fijeza y agregó bruscamente:

— Esa calle se parece más á la del Hospital Real, donde está la imprenta del Siglo XIX.

Mi amigo y yo nos cambiamos una mirada de alegría, como diciéndonos: éste conoce nuestra tierra.

Le interrogamos y nos contestó que había estado
en México en tiempo de la invasión francesa, que perteneció al cuerpo de Cazadores de Vincennes, que cumplió sus años de servicio, que le gustaron mucho nuestras costumbres, que había sanado de una antigua dispepsia con el uso del pulque y terminó diciéndonos:

Yo me traje de vuestra tierra dos cosas muy buenas que todavía viven conmigo: una mujer y un loro verde con cabeza amarilla.

— jAh!, ¿está usted casado con mexicana?

— Sí, señores; con una india de cerca de Cuautitlán, que ya se viste a la francesa, que tiene tres niños rubios que son mi encanto y que me obligan a pasarme las horas sobre este pescante para mantenerlos. Si ustedes no se desdeñaran de visitar algún día a la pobre mexicana, mujer de un cochero, su casa está en tal parte y la honrarían y alegrarían con su visita.

—Gracias, anúnciele usted que iremos mañana.

Y cumplimos nuestra palabra al pie de la letra. Mi amigo y yo subimos muchas escaleras y en un sexto piso encontramos a madame Berny, antes Camila Linas, oriunda del Estado de México y madre de tres chiquillos rollizos y mofletudos.

¡Con qué satisfacción tan grande nos recibió en su pequeña y limpia vivienda !

Me acuerdo de ella como si la estuviera mirando.

Cabellos y ojos muy negros, la tez trigueña, boca que deslumbraba por lo blanco y parejo de la dentadura; manos y pies diminutos; vestida con un traje de obrera parisiense; hablando bien el francés y mal el español, porque usaba todos los modismos y todos los disparates del pueblo bajo, que a nosotros nos sonaban allí como himno nacional y queríamos aplaudírselos.

Nos enseñó el loro que había ido a Europa en el hombro del antiguo cazador de Vincennes. Nos mostró entre los útiles de su batería de cocina, un metate, un molcajete, un comal y un tejolote.

Nos hizo comer tamales que había preparado desde la víspera y nos patentizó la fusión franco-mexicana cuando uno de sus chicuelos le gritó: «mamá venez-ici» y ella le respondió con la mayor naturalidad del mundo:

— Espérame tantito.

Le brillaban los ojos de alegría, al recordar sus magueyes, sus tlachiqueros, la cocina de humo, el árbol de capulín que da sombra al corral de su casa nativa, y expresó en su semblante el dolor más intenso y la tristeza más profunda cuando mi amigo le preguntó:

—¿Camila, tiene usted ganas de volver á México ?

—Sí, respondió suspirando; pero eso no será nunca. Mis hijos son de aquí, y aquí nos moriremos todos.

—¿Se acuerda usted mucho de nuestra tierra?

—Mucho, mucho. Mis hijitos saben querer a México. Ahora verán ustedes. Pierre…. Pierre. Ven acá pronto.

Se presentó un chiquillo como de nueve años, engullendo un gran trozo de pan con mantequilla.

—Di a los señores a quién le rezas de noche para que te haga bueno.

— A la Virgen de Guadalupe.

—Bueno, ¿y cómo se llaman esas rueditas blancas que hago en el metate ?

—Tortillas.

—¿Y qué te doy de desayunar cuando te portas bien?

—Atole de leche.

—¿Ven ustedes cómo conoce mucho de allá?

Nosotros teníamos las lágrimas en los ojos, y cuando nos despedimos, mi amigo, inspirado por una idea, le dijo al chico:

—Te voy a hacer un regalo que va a encantar a tu mamá, toma…

Y sacó de la bolsa una cajita de música. No hizo el chico más que darle dos vueltas al pequeño manubrio y Camila se puso a llorar a lágrima viva.

Y había razón; era una cajita que mi amigo mandó hacer en Ginebra y que no tenía más que una pieza: el himno nacional mexicano.

—Señor —dijo la india—, hacía muchísimos años que no había vuelto a oír esa música tan linda que me sacude el alma. Y sollozaba con angustia.

Al salir de la casa, Camila nos vio con gratitud y con dolor, pues le parecía que con nosotros se iba para siempre la personificación y la voz de una patria a la que no volvería nunca».

¿Qué me dicen?, ¿han sentido algo así?

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