Los Heraldos del Evangelio plantan cara al Vaticano


Jueves 27 de noviembre de 2025
A los Heraldos del Evangelio los comisariaron. Había que comisariar a alguien; el sistema necesitaba un enemigo visible, un “caso ejemplarizante”, una advertencia a navegantes: así termina quien no se alinea. Nada nuevo bajo el sol.
Lo que sí es nuevo –y casi inaudito– es la respuesta. En lugar de bajar la cabeza, pedir perdón por existir y desaparecer discretamente del mapa, los Heraldos han hecho algo que sólo se le ocurre a quien no ha perdido la fe ni el respeto por la verdad:
Han recopilado, documentado y publicado una crónica completa del atropello.
Me refiero al volumen El Comisariado de los Heraldos del Evangelio. Sancionados sin pruebas, sin defensa, sin diálogo. Crónica de los hechos 2017–2025, coordinado por el Prof. Dr. José Manuel Jiménez Aleixandre y la Hna. Dra. Juliane Vasconcelos Almeida Campos: más de 700 páginas de hechos, documentos, decretos, actas notariales, informes canónicos, cartas, dictámenes jurídicos y testimonios.
Y lo que hacen en esas páginas es demoledor: demostrar que no hubo proceso, ni pruebas, ni defensa, ni diálogo. Sólo una cadena de abusos de autoridad, maniobras oscuras, filtraciones interesadas a la prensa, silencios culpables y una construcción artificiosa de sospechas para justificar un comisariado que –si se respetara mínimamente el derecho– jamás se habría podido sostener.
No sólo eso: el libro muestra cómo, con el tiempo, el comisariado ha terminado convertido en una caricatura de sí mismo, hasta el punto de que el propio comisario queda moralmente “comisariado”, puesto bajo foco y cuestionado en su idoneidad. Es difícil imaginar un boomerang más perfecto.
Quince años terribles sin derecho
Hay una frase que sobrevuela todo este caso, aunque no siempre se diga en voz alta: “hemos vivido quince años terribles”. Quince años en los que el derecho canónico se ha tratado como un estorbo, una molestia burocrática a la que se puede dar la vuelta o ignorar cuando no conviene.
El libro de los Heraldos lo ilustra con precisión quirúrgica: decretos mal redactados o directamente alterados; decisiones sin motivación; acusaciones genéricas y nunca demostradas; visitas apostólicas convertidas en expediciones de pesca en busca de delitos que no aparecen; restricciones impuestas sin base; procesos civiles que terminan exonerando a la institución mientras en Roma se hace como si nada.
En resumen: durante demasiado tiempo, la ley ha sido sustituida por la voluntad del que manda. Y eso, en la Iglesia, es letal. Una cosa es creer en la autoridad; otra, muy distinta, es justificar la arbitrariedad.
Mientras todos callaban, una institución decidió perder el miedo
Lo más escandaloso de todo esto no es que haya habido abusos. Eso, por desgracia, lo sabemos y lo hemos visto en demasiados ámbitos.
Lo verdaderamente escandaloso es que, ante los abusos, casi todo el mundo ha callado.
Han callado órdenes religiosas veteranas y recientes. Han callado universidades católicas.
Han callado movimientos eclesiales poderosos.
Han callado fundaciones y congregaciones que sabían muy bien lo que estaba pasando, pero prefirieron mirar hacia otro lado para no poner en peligro subvenciones, permisos, privilegios o simplemente tranquilidad institucional.
Y, de repente, hay una institución que no calla. Una institución que, en lugar de aceptar resignada el papel de víctima dócil, decide poner por escrito todo el proceso, con nombres, fechas, referencias y anexos.
Una institución que se atreve a afirmar, con hechos en la mano, que lo que se ha hecho con ellos es un caso paradigmático de persecución ideológica dentro de la Iglesia.
No se trata sólo de “defender su nombre”. Se trata de algo mucho más serio: defender la idea misma de que en la Iglesia debe existir un orden jurídico.
Que los decretos no pueden falsificarse. Que las firmas no pueden manipularse. Que un comisario no puede comportarse como si estuviera por encima de la ley. Que los fieles y las comunidades tienen derechos, no sólo obligaciones.
Lo que toda la Iglesia debe a los Heraldos
No hace falta compartir el carisma de los Heraldos ni disfrutar con sus procesiones para reconocerlo: la Iglesia entera les debe gratitud.
Porque, al negarse a ser triturados en silencio, han obligado a poner sobre la mesa lo que todos intuían y casi nadie decía: que en Roma se ha actuado demasiadas veces “sin pruebas, sin defensa, sin diálogo”.
Que se ha jugado con las personas y las obras como si fueran piezas de un tablero ideológico.
Que las “visitas” y los “acompañamientos” han sido, en no pocos casos, instrumentos de presión y control.
Si hoy existe un relato detallado de cómo funciona esa maquinaria, es en gran parte gracias a ellos. Y eso no sólo es útil para su propio caso; es un servicio, incómodo pero necesario, a toda la Iglesia.
Cualquier institución que mañana se vea en la diana del sistema sabrá que no está obligada a desaparecer en silencio.
En un tiempo en que la palabra “sinodalidad” se usa para justificarlo todo, los Heraldos han recordado, con hechos y documentos, que sin justicia no hay comunión posible.
Que la caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo. Y que la autoridad sin ley degenera en despotismo.
Gracias, Heraldos del Evangelio
