Historia

El último ciudadano de la Unión Soviética

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Domingo 9 de noviembre de 2025

Su nombre era Sergei Krikalev, y cuando partió hacia el espacio en 1991, lo hizo como ciudadano soviético.

Cuando regresó a la Tierra, su país ya no existía.

Despegó desde el cosmódromo de Baikonur hacia la estación Mir, la joya de la ingeniería soviética.

Su misión debía durar cinco meses.

Pero mientras él flotaba sobre el planeta, el mundo que conocía, se derrumbó.

Moscú ardía en tensiones políticas.

Las repúblicas declaraban su independencia.

Y un día, desde la Tierra, le comunicaron la noticia:

“El país que te envió al espacio ha desaparecido. No tenemos dinero para traerte de vuelta.”

Allá arriba, orbitando sobre un mapa que ya había cambiado, Sergei se convirtió sin querer en el último ciudadano de la URSS.

Su cuerpo se debilitaba, los huesos perdían calcio, la radiación aumentaba el riesgo de cáncer.

Podría haberse marchado: había una cápsula de escape.

Pero si la usaba, la estación Mir quedaría abandonada, condenada a caer sobre la Tierra.

Así que permaneció. Solo. Cumpliendo su deber hacia un país que ya no existía.

Mientras tanto, en la Tierra, la inflación devoraba los ahorros de millones, y el gobierno ruso —heredero de las ruinas soviéticas— vendía plazas en la Mir a otros países para sobrevivir.
Japón. Austria. Alemania.

El espacio se había convertido en un negocio.
Y Sergei, en su guardián involuntario.

Pasaron 311 días.

Cuando finalmente regresó, el 25 de marzo de 1992, cayó sobre las estepas de Kazajistán —ya no parte de la URSS—.

Un hombre con un traje que llevaba las letras CCCP salió tambaleante de la cápsula, sosteniendo una bandera soviética entre las manos.

Su ciudad natal, Leningrado, ahora se llamaba San Petersburgo.

Su salario, de 600 rublos, apenas alcanzaba para un kilo de salchichas.

Su mundo había cambiado.

Pero él seguía siendo el mismo: disciplinado, sereno, incorruptible.

Dos años después, fue reconocido como Héroe de Rusia.

Luego se convirtió en el primer cosmonauta ruso en volar con la NASA y más tarde, en el primer ser humano en viajar a la Estación Espacial Internacional.

Sergei Krikalev fue el último en abandonar la estación Mir, el último en portar las siglas de un imperio desaparecido, el último en representar un sueño que se disolvió entre las estrellas.

Y quizá, también, el único que realmente cumplió su promesa hasta el final.

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