Historia

La generación X

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Viernes 7 de noviembre de 2025

A los nacidos entre 1952 y 1979 — una generación como ninguna otra

Somos los hijos de un mundo en transición. Nuestros padres jamás habrían imaginado los cambios que íbamos a vivir.

Crecimos en el amanecer de una revolución tecnológica que transformaría el planeta.

Somos los últimos que conocimos los juegos en la calle: las canicas, la cuerda, la rayuela, las interminables partidas de escondite.

Y los primeros en descubrir los videojuegos: Pac-Man, las consolas Atari, las primeras máquinas recreativas.

Escuchábamos radionovelas con nuestros abuelos y hacíamos pícnics sobre la hierba con comida casera.

Bailamos con los Beatles, los Rolling Stones, Mecano y Los Picapiedra.

Crecimos con Tom y Jerry, G.I. Joe, Candy Candy, la Pantera Rosa o Los Supersónicos.

Fuimos los pioneros de la música grabada: discos de vinilo de 45 y 33 rpm, cassettes que grabábamos desde la radio, BETA, VHS, walkman, CD…

Fuimos testigos de la llegada de los ordenadores, de las primeras calculadoras de bolsillo, de los teléfonos móviles del tamaño de un ladrillo.

Y creímos que Internet iba a cambiar el mundo — y lo hizo.

Nos llamaron “Generación X”, como un borrador entre dos épocas.

Pero fuimos puentes. Aprendimos a manejar un ratón y un teclado antes de que eso se volviera instintivo para las generaciones futuras.

Y nunca despreciamos a quienes no sabían hacerlo.

Somos la última generación que bebió Coca-Cola en botella de vidrio, que hacía las compras con una bolsa de tela a cuadros en la bicicleta, que compraba dulces con las monedas del pan.

La última que recogía una rebanada de pan caída al suelo murmurando una disculpa silenciosa — hoy gritarían “¡microbios!”.

Y, sin embargo… sobrevivimos a todo.

A los viajes sin cinturón, sin silla infantil, sin airbag.

A los paseos en bicicleta sin casco, a los patines sin rodilleras, a los columpios de metal y los toboganes oxidados.

A las mochilas pesadas, las meriendas aplastadas, las rodillas raspadas, los juegos que duraban hasta que caía la noche.

Sin Internet. Sin smartphones. Sin PlayStation.

Pero con una imaginación desbordante, amigos de verdad y días llenos de gritos, risas y aventuras.

Compartíamos las bebidas sin miedo. Queríamos contagiarnos de varicela para quedarnos en casa.

Coqueteábamos con una botella vacía, no detrás de una pantalla.

Y cuando queríamos reunir a todos, bastaba un grito o un silbido.

No éramos etiquetas — gamer, otaku, dark o cualquier otra.

Éramos rostros, apodos, personalidades… pero unidos.

Aprendimos a levantarnos solos, a asumir responsabilidades, a resistir.

Crecimos sin ser sobreprotegidos, pero libres.

Con moretones en las piernas, estrellas en los ojos y la vida en las manos.

Así que bravo por nosotros.

Por esta generación a caballo entre dos mundos.

Por los que crecimos fuertes, de pie, con el corazón latiendo con fuerza.

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