Las glorias del Puas


Lunes 3 de noviembre de 2025
Rubén “Púas” Olivares fue uno de esos hombres que parecían invencibles. En los años setenta, México se detenía para verlo pelear. Su nombre llenaba arenas, su pegada hacía temblar campeones y su sonrisa era la de un ídolo que cargaba con el orgullo de un país entero.
Nadie imaginaba que, algún día, aquel campeón mundial gallo y pluma terminaría vendiendo sus propios trofeos en un mercado.
En 1969 conquistó el título mundial al derrotar al australiano Lionel Rose. Desde entonces, su vida fue una fiesta de nocauts, aplausos y luces.
Con 89 victorias, 78 de ellas por la vía rápida, el “Púas” fue el rostro del boxeo mexicano durante más de una década. Era querido, admirado, respetado. Pero la fama no dura para siempre, y el dinero, mucho menos.
Los años pasaron, las luces se apagaron y la vida empezó a golpearlo con la dureza que ni los mejores rivales pudieron igualar.
En 2017, los medios lo encontraron en La Lagunilla, un mercado popular de Ciudad de México, sentado detrás de una mesa, rodeado de los restos de su gloria. Vendía sus cinturones, sus trofeos, incluso el anillo del Salón de la Fama.
También ofrecía cuadros y esculturas que él mismo tallaba, piezas hechas con las manos que un día levantaron títulos mundiales.
Decía que había que seguir, que la vida a veces pega más fuerte que un uppercut, pero que no se trataba de rendirse.
Su voz no sonaba triste, sonaba cansada, serena, como la de un hombre que ya había peleado todas las guerras posibles.
En 2020, su casa en la colonia La Joyita fue atacada. Los golpes ya no venían del ring, sino de la realidad. Pero Rubén siguió de pie, como siempre.
El cuerpo envejeció, las manos ya no tenían la velocidad de antes, pero su espíritu siguió siendo el mismo: el de un guerrero que se negó a caer.
La historia del “Púas” es una de las más duras y hermosas del boxeo mexicano. Es la historia de un campeón que conoció la gloria y el olvido, que lo tuvo todo y lo perdió, pero nunca dejó de luchar.
Porque, al final, el boxeo se parece mucho a la vida: no se trata de cuántas veces ganás, sino de cuántas veces te levantás cuando todo parece perdido.
Rubén Olivares lo entendió mejor que nadie. Fue campeón del mundo, leyenda nacional y, sobre todo, un ejemplo silencioso de resistencia.
El tiempo podrá quitarle los trofeos, pero jamás le quitará lo que fue dentro del ring: un símbolo de lucha, orgullo y corazón mexicano.
