Que seas visir de Selim


Viernes 26 de septiembre de 2025
En el Imperio Otomano, la muerte podía llegar entre flores.
Los verdugos no eran hombres encapuchados ni soldados endurecidos, sino los jardineros del palacio, hombres que en un día plantaban tulipanes y al siguiente, estrangulaban a un visir.
Decapitar a un reo común era lo usual. Pero la sangre de un noble o un miembro de la realeza no debía derramarse.
Así, el jardinero jefe, siempre corpulento y silencioso, llevaba consigo un cordón de seda. Era símbolo de obediencia: bastaban sus manos para acabar con la vida de un hombre poderoso.
Algunos visires aceptaban su destino con serenidad. Kara Mustafa, uno de los más célebres, saludó al verdugo con un «Así sea» antes de arrodillarse.
Otros, en cambio, se resistieron, y en épocas posteriores hubo que fusilarlos en sus propias casas.
Pero el ritual adquirió un matiz peculiar a finales del siglo XVIII: la carrera de la muerte.
Al visir condenado se le ofrecía una copa de sorbete. Si era blanca, recibía el indulto. Si era roja, su vida pendía de sus piernas. El hombre debía correr por los jardines del palacio hasta la Puerta del Mercado del Pescado. Si lograba llegar antes que el jardinero jefe, obtenía el exilio. Si era alcanzado, el cordón lo esperaba.
La última de estas carreras la corrió Haci Salih Pasha, quien consiguió salvarse y fue nombrado más tarde gobernador. Pero pocos tuvieron esa suerte.
El sultán Selim I, conocido como Selim el Terrible, ejecutó a cinco de sus seis grandes visires. Uno de ellos, Yunus Pasha, fue decapitado en 1517 y su cabeza exhibida tres días ante el ejército, un recordatorio de lo efímero del poder y de lo absoluto del mandato del sultán.
No es casual que entre las maldiciones otomanas se oyera esta frase:
«Que seas visir de Selim», porque en aquel tiempo, ser la mano derecha del sultán era caminar entre jardines, con la sombra de la soga siempre detrás.
