Historia

La batalla de las langostas

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Viernes 1 de agosto de 2025

Abril de 1941. Mientras Europa ardía en llamas, un hombre volaba rumbo a Francia con una cesta de langostas, ostras y botellas de champán en su cabina.

Su nombre era Adolf Galland. Tenía apenas 29 años y ya era uno de los ases más temidos de la Luftwaffe.

Había derribado decenas de aviones enemigos en la Guerra Civil Española y en la Batalla de Inglaterra.

Pero aquel día, su misión era muy distinta: llevar un regalo de cumpleaños a su superior, el general Theo Osterkamp.

A bordo de su caza Messerschmitt Bf 109, Galland despegó desde Brest acompañado de su fiel camarada Hans Westphal. Pero en lugar de seguir la ruta más corta hacia Le Touquet, decidió hacer una parada improvisada… en la costa enemiga.

Quería ver si encontraba algo de “diversión”.

Y la encontró.

Frente a los acantilados de Dover, se cruzó con una formación de Spitfires británicos.

Galland no lo dudó. Aceleró, atacó y derribó a uno. Dañó a otros dos. Su avión también recibió fuego enemigo, pero logró regresar a salvo a suelo francés.

Las langostas y el champán seguían intactos.

Aquella osadía, que más parecía una escena de novela que un parte militar, fue celebrada con risas y copas.

Desde entonces, se conoció como “la Batalla de las Langostas”.

Galland voló más de 700 misiones, sobrevivió a múltiples derribos y fue condecorado con las más altas distinciones.

Pero lo que más lo distinguió no fueron solo sus victorias, sino su extraña mezcla de elegancia y salvajismo aéreo: combatía con un puro en la boca, firmaba sus cazas con un ratón caricaturesco y respetaba a sus enemigos.

Una vez, incluso organizó una tregua para que un bombardero británico lanzara una pierna ortopédica a Douglas Bader, un piloto sin piernas que había sido capturado. Lo admiraba demasiado como para dejarlo incompleto.

Galland murió en 1996. Pero su historia —entre puros, langostas y duelos en el cielo— sigue viva.

Porque incluso en medio de la guerra más brutal, hay quienes encuentran espacio para el honor, el humor y un buen banquete…

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