La última noche de Edgar Allan Poe


Miércoles 23 de julio de 2025
Octubre de 1849. Edgar Allan Poe llevaba días desaparecido.
Cuando finalmente fue hallado, yacía al borde de un camino en Baltimore. Iba vestido con ropa ajena, raída, muy distinta al impecable traje negro con el que acostumbraba a presentarse.
No sabía dónde estaba. No sabía quién era. Y no recordaba nada de lo que había vivido en la última semana.
Su amigo, el Dr. Joseph Snodgrass, lo reconoció y lo llevó a un hospital. Allí, entre delirios y desmayos, Poe recobró brevemente la conciencia. Murmuró sus últimas palabras:
“Dios, ayuda a mi pobre alma”.
Luego, el silencio.
Nunca se emitió un certificado oficial de defunción.
Un periódico local informó que murió de “congestión cerebral”, una expresión vaga que podía abarcar desde el alcoholismo hasta una infección.
Pero el misterio apenas comenzaba.
Algunos afirmaron que murió de tuberculosis. Otros, de delirio alcohólico.
Pero existe una teoría aún más perturbadora: que fue víctima del cooping, una práctica electoral de la época. Secuestraban personas, las drogaban, y las obligaban a votar múltiples veces, disfrazándolas con distintas ropas para burlar a los supervisores de los colegios.
Poe encajaba en el perfil perfecto: solo, frágil, vulnerable… y útil para una maquinaria corrupta que lo dejó morir cuando ya no servía.
Poe nació en la oscuridad, vivió en la penumbra y murió en el enigma.
Fue un poeta de las sombras. Un arquitecto de lo inexplicable. Y hasta el último aliento, una figura envuelta en niebla.
Porque incluso su muerte… parece escrita por él mismo.
