Historia

Meditación de Thais

Spread the love

Domingo 29 de junio de 2025

La noche que Persépolis ardió, no fue planeada como una conquista militar. Fue un acto de furia, orgullo… y embriaguez.

Alejandro Magno había tomado la ciudad más esplendorosa del imperio persa. Para celebrarlo, ofreció sacrificios a los dioses y un festín grandioso a sus soldados. La música fluía, el vino también. Y con él, la razón se desvanecía.

En medio de la euforia, una cortesana ateniense llamada Thais alzó la voz. Dijo que de todas las victorias de Alejandro, la más gloriosa sería quemar el palacio de los persas. No como acto militar, sino como símbolo: una respuesta al saqueo que los griegos sufrieron años atrás. Las mujeres, dijo, serían las manos justicieras.

Las palabras de Thais, incendiadas por el alcohol, encontraron eco en los corazones de jóvenes soldados ebrios de vino y victoria. Encendieron antorchas, arrastraron músicos y bailarinas y marcharon en procesión hacia el palacio.

Thais fue la primera en lanzar fuego. Alejandro, detrás de ella. Las llamas hicieron el resto.

Pero hay otra historia.

El historiador Diodoro Sículo asegura que antes del incendio, Alejandro vio algo que le cambió el rostro: unos 800 prisioneros griegos, ancianos y mutilados, esclavizados por los persas durante décadas. Algunos sin piernas, otros sin brazos, obligados a trabajar como sastres o carpinteros en su vejez.

Verlos quebrados, arrastrando años y dolor, fue un golpe seco para el joven conquistador.

Diodoro escribió que fue esa visión —no el vino, ni Thais— la que encendió la chispa:

“Alejandro ordenó tratar Persépolis como ella había tratado a sus víctimas.”

Ya fuera por rabia o venganza, por justicia o por orgullo…

Esa noche, entre gaitas, vino y antorchas, el corazón del imperio persa fue reducido a cenizas.

Deja una respuesta