Religión

¿San Martín de Porres en la Ciudad de México?

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Lunes 26 de octubre de 2026

Vivía en Lima, Perú, un comerciante cuya amistad con San Martín de Porres era bien conocida.

Fray Martín, con su inigualable caridad y acierto, lo había sanado de varias dolencias.

Llegado el momento de emprender un largo viaje a Nueva España, el comerciante, antes de embarcarse, fue a despedirse de su amigo y benefactor en el Convento del Rosario en Lima, pidiéndole que lo encomendase a Dios para que su travesía fuera próspera.

El comerciante arribó a la Ciudad sin novedad. Sin embargo, en pleno gozo de su estancia, una grave enfermedad lo postró en cama, llevándolo de repente a peligro de muerte.

Una noche, en su soledad y desesperación, la memoria de Fray Martín, el humilde enfermero de Lima, acudió a su mente. Con la voz apenas audible, exclamó con profunda fe:

— «¡Mi amado Fray Martín, mi enfermero! Véme gravemente malo en esta ciudad. Dios sabe la pena y congoja que padezco: ¡Pídele que me libre de esta enfermedad!»

Apenas terminó su súplica, ocurrió el prodigio: la puerta de su dormitorio se abrió, y vio entrar al mismísimo Fray Martín. El siervo de Dios se acercó con su acostumbrada serenidad y dijo:

— «Alabado sea Jesucristo por todos los siglos.»

Luego, se dirigió al enfermo con firmeza:

— «Hermano flojo, tenga buen ánimo, confíe en Dios, y sepa que de esta enfermedad no morirá.»

Acto seguido, Fray Martín se quitó la capa y el sombrero, y como si estuviera en la enfermería de su convento en Lima, procedió a aplicar algunas medicinas al paciente.

El comerciante, atónito por la presencia de su bienhechor a miles de leguas de distancia, le preguntó:

— «¿Dónde está usted?»

Fray Martín respondió sin inmutarse:

— «En el convento.»

Confundido, el hombre insistió:

— «¿Y cuándo ha llegado a esta ciudad?»

A lo que Fray Martín simplemente contestó:

— «Ahora.»

Tras el tratamiento aplicado, el siervo de Dios se despidió, dejando al comerciante profundamente consolado. El alivio del enfermo fue tan inmediato y radical que se levantó de la cama al día siguiente.

Cuando recobró sus fuerzas, el comerciante salió a buscar a su bienhechor en todos los conventos y posadas de la ciudad de México. Pero no halló rastro de él, ni siquiera conocían su nombre. Atónito, se decía a sí mismo:

— «¿Cómo es posible que no esté Fray Martín en esta ciudad, habiéndolo visto, y estado largo tiempo conmigo, curándome con sus medicinas?»

Perplejo por el milagro de la bilocación, el comerciante regresó a Lima. Apenas había entrado con su mula por la puerta falsa del Convento del Rosario, Fray Martín salió a recibirle.

Hablándole en voz baja, el santo le confirmó el milagro, sin que el hombre tuviera que pronunciar una palabra:

— «Muy enfermo estuvo usted y muy desconsolado; pero Dios es muy misericordioso, y socorre en las necesidades más urgentes: séale agradecido, y sírvale con todo el afecto de su corazón.»

Asombrado por la certeza de Fray Martín, el hombre se apeó de la mula, incapaz de contestar. Solo pudo abrazar tiernamente al siervo de Dios en un abrazo que fue correspondido.

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