Religión

Dificultades en la oración

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Sábado 17 de octubre de 2026

No nos desanimemos si, a pesar de todo, nos cuesta la oración, si tenemos distracciones, si nos parece que no obtenemos mucho fruto.

El desaliento es en muchas ocasiones la mayor dificultad para perseverar en la oración.

Santa Teresa también nos relata sus luchas y sus dificultades: «Muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar y escuchar cuando daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración».

Si procuramos rechazar las distracciones y nos empeñamos en buscar más al Señor de los consuelos, que los consuelos de Dios, como han señalado tantos autores espirituales, nuestra oración terminará siempre llena de frutos.

En muchas ocasiones será un gran bien incluso carecer de consuelos sensibles, para así buscar con más rectitud de intención a Jesús y unirnos más íntimamente a Él.

A veces, esta aridez que se experimenta en la oración no es una prueba de Dios, sino el resultado de la falta de interés verdadero en hablar con Él, de no haber preparado el ánimo, de falta de generosidad en sujetar la imaginación…

Hemos de saber rectificar con generosidad y con prontitud. «En todo caso, para quien se empeña seriamente vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no sentir nada de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración. Pero no debe identificar inmediatamente esta experiencia, común a todos los cristianos que rezan, con la noche oscura de tipo místico.

De todas maneras, en aquellos períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración que, aunque podrá darle la impresión de una cierta artificiosidad, se trata en realidad de algo completamente diverso: es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por ninguna consolación subjetiva».

Ahora, como en los tiempos revueltos de Santa Teresa, es «menester mucha oración», pues «su necesidad es grande».

La necesita la Iglesia, la sociedad, las familias… y nuestra alma. La oración nos permitirá salir adelante en todas las dificultades y nos unirá a Jesús, que cada día nos espera en el trabajo, en nuestros deberes familiares…, pero de una manera particular en ese tiempo que le dedicamos solo a Él.

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