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CUANDO ÍCARO VOLÓ DEMASIADO ALTO

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Martes 29 de septiembre de 2026

«Hijo mío, te ruego que vueles por el camino del medio; ni demasiado bajo, para que la humedad del mar no pese sobre tus alas, ni demasiado alto, para que el sol no derrita la cera que las sostiene».

La advertencia de Dédalo atravesó los siglos como una sentencia. La historia de Ícaro no habla únicamente de alas, de cera o de un vuelo condenado. Habla de equilibrio, de prudencia y, sobre todo, de esa peligrosa tentación de confundir la confianza con la invulnerabilidad.

Y quizá por eso resulta tan peculiar que el próximo rival de Cruz Azul haya terminado escribiendo su propia versión de aquella tragedia.

Porque hubo un tiempo, no hace demasiado, en el que Pumas y Cruz Azul se encontraron frente a frente por la gloria máxima del futbol mexicano.

La final del Clausura 2026 puso frente a frente a dos equipos que llegaban desde lugares completamente distintos, aunque ambos perseguidos por una misma obsesión: levantar el trofeo de la Liga MX.

Los universitarios habían alcanzado la cima en la última jornada. Después de perseguir durante todo el semestre el liderato, finalmente consiguieron instalarse en la primera posición cuando más importaba.

Cruz Azul, en cambio, concluyó tercero, después de haber comandado la clasificación durante cuatro jornadas y posteriormente navegar entre la segunda, tercera y cuarta plaza.

Pero la diferencia no estaba únicamente en la tabla. Pumas cargaba sobre los hombros quince años de espera. Quince años sin levantar un título oficial y, además, el recuerdo todavía fresco de haber perdido las dos últimas finales de Liga que había disputado.

La Máquina llegaba con otra historia: dos años consecutivos apareciendo en la Liguilla, tres semifinales disputadas en los últimos semestres y una final perdida, sí, pero también una conquista que todavía resplandecía en la memoria: la Copa de Campeones de la Concacaf, levantada apenas un año antes y, como si el destino hubiese querido dejar una pista, precisamente sobre el césped del Olímpico Universitario.

En la Liguilla, Pumas había sobrevivido al América en unos Cuartos de Final que rozaron lo improbable. Doce goles en una serie que terminó decidiéndose por la posición en la tabla.

Después, nuevamente amparados por aquella ventaja, dejaron fuera al Pachuca tras un empate global de 1-1. Los universitarios estaban en la final.

Cruz Azul había tenido que escribir una historia diferente. Primero aparecieron los Zorros del Atlas, derrotados en ambos encuentros de los Cuartos de Final.

Después llegaron las Chivas. En la cancha del Banorte, la Máquina consiguió mantenerse con vida cuando todo parecía inclinarse en su contra y, entonces, en el Akron, cuando la eliminatoria exigía carácter, los Cementeros golpearon con fuerza, conquistaron la victoria y compraron su boleto para la última batalla.

Pumas llegaba convencido. Quizá demasiado. Su estratega había conseguido contagiar a jugadores y aficionados con una idea poderosa: el corazón como combustible para alcanzar la gloria.

Pero en algún punto, aquella confianza comenzó a mutar en otra cosa. Una cosa era creer que se podía ganar. Otra muy distinta era comenzar a comportarse como si ganar ya fuese un derecho adquirido.

Las cámaras se convirtieron en escenario, los micrófonos en tribuna y las palabras comenzaron a volar mucho más alto que los balones.

Jugadores y aficionados comenzaron a verse a sí mismos como campeones antes de que el terreno de juego hubiese dictado sentencia.

La confianza se transformó en soberbia. La ilusión, en certeza. Y aquella certeza terminó convirtiéndose en un vuelo cada vez más alto. Demasiado alto.

La tabla decía Pumas. La historia reciente de sus Liguillas también parecía favorecerlos. Todo aquello podía hacer pensar que el trofeo tenía destino auriazul.

Pero frente a ellos estaba Cruz Azul. Un equipo que sabía perfectamente lo que significaba levantar aquella copa.

Un equipo que no había olvidado lo que se sentía perder una final. Un equipo que apenas un año atrás había conquistado América. Un equipo que sabía que la gloria no se reclama con palabras. Se conquista.

Porque los trofeos no se entregan al que más habla de ellos. Se entregan al que demuestra, durante noventa minutos y algo más, que está dispuesto a pagar el precio de merecerlos.

Y entonces ocurrió algo que quizá para muchos no sea más que una superstición. Pumas tocó el trofeo antes de haberlo ganado. Para algunos, una simple anécdota. Para otros, un presagio.

Pero hay algo simbólico en pretender tocar aquello que todavía no te pertenece. Porque la gloria puede observarse de cerca, puede imaginarse, puede soñarse durante meses, pero no se puede reclamar hasta haber hecho lo necesario para merecerla.

Ellos hablaron. Nosotros jugamos. Ellos prometieron. Nosotros resistimos. Ellos quisieron volar hasta el cielo y nosotros esperamos abajo, con los pies firmes sobre la tierra, sabiendo que tarde o temprano todo vuelo encuentra su destino.

Hasta que llegó el minuto 94:37.

El México 68 ya esperaba los tiempos extras, aguardando por conocer al nuevo campeón. El tiempo se consumía y el partido parecía condenado a extenderse más allá de los noventa minutos. Todo indicaba que todavía quedaba historia por escribir.

Entonces, Carlos Rodolfo Rotondi encontró la redonda. Y en ese instante, el mundo pareció detenerse. El impacto. La trayectoria. La red estremeciéndose. Y después, el rugido.

No fue solamente un gol. Fue el golpe definitivo sobre una historia que se había escrito durante meses. Fue el sonido de una copa cambiando de dueño. Fue la respuesta que Cruz Azul había decidido guardar para el único lugar donde realmente importaba: la cancha.

Más de sesenta mil voces auriazules quedaron sepultadas bajo un silencio repentino, casi fúnebre. En las tribunas, miles de aficionados contemplaban incrédulos cómo aquella final que tantas veces habían imaginado terminaba escapándose de sus manos. Y mientras ellos miraban al cielo buscando una explicación, apareció el sol.

Pero aquel sol no descendió del firmamento. Vestía de plata. La tela brillante de aquella camiseta reflejaba las luces del estadio mientras el argentino emprendía una carrera que parecía no tener otro destino que la eternidad.

El mismo astro que en la vieja historia representaba la perdición de Ícaro ahora tenía rostro, piernas y una pelota bajo los pies.

Rotondi cruzó la cancha, corriendo hacia los suyos, hacia la gente, hacia la historia. Y mientras el festejo celeste comenzaba a apoderarse de las tribunas, las alas universitarias terminaban de consumirse. Aquel vuelo construido sobre la confianza desmedida llegaba finalmente a su inevitable desenlace.

Porque aquel sol no había aparecido para iluminar el camino de Ícaro. Había aparecido para quemarle las alas.

Y entonces, aquella advertencia que Dédalo pronunció hace miles de años adquirió un significado distinto en territorio mexicano: no importa cuánto quieras alcanzar el cielo, cuánto te convenzas de que ya perteneces a él o cuánto proclames que la gloria está destinada para ti. Si vuelas demasiado alto, tarde o temprano encontrarás el sol.

Y aquella tarde, el sol encontró a Ícaro. Lo alcanzó en el minuto 94:37. Le derritió las alas.

Y mientras Pumas contemplaba desde el suelo cómo se desvanecía su sueño, Cruz Azul levantaba nuevamente aquello que no se toca hasta haber demostrado que se merece.

Porque hay noches en las que la historia no necesita explicaciones. Hay noches en las que un gol basta para separar a los que hablaron de la gloria de aquellos que fueron capaces de conquistarla.

Aquella tarde, en el Olímpico Universitario, Ícaro quiso tocar el cielo. Pero el cielo era AZUL y el sol llevaba el 29.

Cruz Azul era campeón.

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