El fusilamiento de Morelos


Miércoles 23 de septiembre de 2026
José María Morelos fue capturado el 4 de noviembre de 1815.
Trasladado a la Ciudad de México, permaneció allí cerca de un mes como prisionero.
Fue sometido primero a los procesos de las autoridades eclesiásticas y después a un largo interrogatorio de la Capitanía General en la Ciudadela.
Aunque ya no ejercía el mando efectivo de la insurgencia, el gobierno virreinal seguía considerándolo su principal representante, por lo que los procesos buscaban juzgar no sólo al individuo, sino también presentar jurídicamente la derrota de la causa insurgente.
El proceso de la Jurisdicción Unida, en el que intervinieron las autoridades civiles y eclesiásticas, buscó retirarle el fuero sacerdotal y declararlo indigno de ejercer el ministerio.
El de la Inquisición pretendió declararlo hereje, mientras que el interrogatorio de la Capitanía General buscaba establecer sus responsabilidades y obtener información sobre la insurgencia.
Las autoridades reales y eclesiásticas quisieron que los procesos cumplieran las formalidades
legales para hacer público que no se trataba de un capricho del Virrey Calleja, sino de la aplicación de las leyes del Estado y de la Iglesia, dejando incluso la actuación de sendos defensores.
Morelos respondió o esquivó las acusaciones siempre que pudo.
La sentencia eclesiástica terminó con su degradación sacerdotal y su entrega al brazo secular.
La ceremonia fue pública y humillante. Morelos hubo de hacer algunas retractaciones, aunque continuó recibiendo la absolución sacramental.
La Inquisición, por su parte, lo declaró «hereje negativo», principalmente por haber firmado la Constitución de Apatzingán, cuyas expresiones podían ser interpretadas como heterodoxas.
Morelos declaró que nunca había tenido intención de apartarse de la fe católica, que la propia Constitución reconocía como fundamento.
El proceso terminó con un autillo de fe, en el que abjuró de cualquier herejía en que pudiera haber incurrido.
Durante el autillo y la degradación mantuvo una actitud de entereza.
Sin embargo, cuando llegó el momento de raerle simbólicamente las manos, como señal de que se le consideraba indigno de la unción sacerdotal, dejó caer una lágrima.
Después de los procesos y del interrogatorio, Morelos recibió ejercicios espirituales durante los primeros días de diciembre, probablemente siguiendo el método ignaciano.
Mientras se preparaba interiormente para la muerte, también pensaba en las posibilidades de escapar.
Llegó a imaginar que algunos insurgentes o Guadalupes podrían liberarlo e incluso que una alianza con Estados Unidos pudiera intervenir en su favor, pero esas esperanzas se desvanecían ante el deterioro de la insurgencia.
Desde su captura sabía que la muerte era el desenlace más probable.
También comprendía que sus conocimientos podían interesar a Calleja.
Por ello, desde que Manuel Concha lo llevaba prisionero, manifestó que, a cambio de su vida, estaba dispuesto a revelar información sobre el estado y los recursos de la insurrección.
Repitió la propuesta a su abogado Quiles. Parte de esas revelaciones se hicieron el 12 de diciembre y se limitaron principalmente a la provincia de Tecpan y a Michoacán, por lo que no proporcionaron a Calleja información decisiva.
El 21 de diciembre, Manuel Concha se presentó ante Morelos y le ordenó ponerse de rodillas para escuchar la sentencia de muerte.
Al hacerlo, Morelos recordó que exactamente dieciocho años antes, el 21 de diciembre de 1797, también se había arrodillado, pero entonces ante su obispo Antonio de San Miguel, para recibir la dignidad sacerdotal.
De madrugada, el 22 de diciembre, salió rumbo a Ecatepec.
Viajaba en un coche cerrado acompañado por el padre José María Salazar, fraile dieguino y capellán de la tropa de Concha, mientras una numerosa escolta marchaba alrededor.
Al pasar por el santuario de Guadalupe, junto al Pocito, Morelos quiso ponerse de rodillas pese a los grilletes y recordó su fervor guadalupano y aquel mandato suyo:
«Por los singulares, especiales e innumerables favores que debemos a María Santísima en su milagrosa imagen de Guadalupe, patrona, defensora y distinguida emperatriz de este reino».
En Ecatepec fue recluido en una habitación de la entrada, sucia y ahumada, donde había montones de paja y cebada.
Sentado en una silla, permaneció junto al padre Salazar. Rezaban de memoria, «porque no teníamos libros ni Santo Cristo».
Mientras esperaba la ejecución, Morelos permaneció largos ratos en silencio. Finalmente dijo al sacerdote:
«Padre capellán, Dios hace de sus criaturas lo que le place, las llama por el camino que quiere. Conozco que Su Majestad me llama por este camino para salvarme, no desconfío un punto de su gran misericordia, sé que por medio o virtud del Sacramento me perdonará mis pecados; pero la penitencia para satisfacer a la divina misericordia ha de ser por trabajos, obras meritorias o penas en el Purgatorio, penitencia que tanto temo».
También le pidió que después de su muerte ofreciera misas por él:
«Suplico a usted que cuando conozca que ha de estar algún tiempo en algún lugar, me aplique las misas que llaman de San Gregorio: son treinta, han de ser seguidas y dichas por un mismo sacerdote».
Le entregó una bolsita colorada con dos onzas y añadió: «También haga usted esto y esto…».
Poco después llegaron el cura José Miguel de Ayala y su vicario, acompañados de indígenas que llevaban el ataúd, además de un libro y un crucifijo.
Morelos volvió a reconciliarse y se confesó nuevamente con el padre Salazar. Juntos rezaron los salmos penitenciales.
Cuando tocaron los tambores, Morelos abrazó a Concha y le dijo que la ropa que llevaba sería su mortaja. Miró su reloj: eran las tres de la tarde. Pidió el crucifijo y pronunció sus últimas palabras:
«Señor, si he obrado bien tú lo sabes; y si mal, yo me acojo a tu infinita misericordia».
No quería que le vendaran los ojos, aunque finalmente él mismo lo hizo.
Con las cadenas puestas y los brazos atados, caminó hasta el lugar de la ejecución. Allí, el padre Salazar le dijo:
«Haga usted cuenta que aquí fue el lugar en que Jesucristo redimió su alma».
Morelos fue colocado de espaldas y de rodillas. Se hicieron los primeros cuatro disparos. Cayó al suelo de cara, pero se volvió parcialmente hacia un lado y continuó quejándose.
Se efectuaron otros cuatro disparos; uno de los soldados, al accionar el fusil, lo descargó accidentalmente sobre la pierna de Morelos, quemándole parte del pantalón.
El padre Salazar se acercó entonces para auxiliarlo hasta el final.
José María Morelos fue sepultado alrededor de las cuatro de la tarde en la parroquia de San Cristóbal Ecatepec.
El padre Salazar, que había permanecido con él durante sus últimas horas y había escuchado su confesión, estuvo presente en el entierro.
Ocho años después, el 17 de septiembre de 1823, sus restos fueron trasladados a la Ciudad de México junto con los de Miguel Hidalgo y otros insurgentes..
