Religión

El joven monje que decidió servir a Dios sin buscar el Cielo

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Domingo 20 de septiembre de 2026

Por Alejo Romero

Es grande el mundo, porque Dios es poderoso; está hermosamente compuesto, porque Dios es sabio; nos es útil, porque Dios es bueno. La potencia se atribuye al Padre, la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, que es el Amor divino. El orden y la armonía de estos tres atributos son causa de todo lo hermoso, y hermosean a todo lo criado.

— J. E. Nieremberg SJ

La victoria sobre el engaño del demonio mediante el amor puro

Para alentarnos a la fineza con que hemos de amar a Dios por ser quien es, sin respecto a interés alguno, es admirable el ejemplo de un joven monje.

Vivía este en el yermo con gran perfección, en compañía de un anciano eremita.

El demonio se apareció al anciano bajo la figura de un ángel del Señor.

Le hizo creer que, por disposición divina, su joven compañero estaba condenado (precito) y que sus penitencias no le aprovecharían.

El anciano quedó sumido en una profunda tristeza. Sus lágrimas continuas delataban su dolor, hasta que el joven, a fuerza de ruegos, logró que le revelase la causa de su llanto.

Al oír que Dios supuestamente había revelado su condenación, el joven respondió con serenidad:

—No te desconsueles, padre, ni te aflijas. Te hago saber que, hasta ahora, yo no he servido a Dios por el interés de la gloria, sino solo porque Él es infinitamente digno de ser servido por su bondad. A Él le debo todo lo que soy y tengo. Como mi Señor y mi dueño, puede hacer de mí lo que quisiere.

Al oír este acto de abandono total, el anciano se consoló.

Poco después, mediante una verdadera revelación de un ángel bueno, supo la verdad: el demonio lo había engañado.

Aquel joven no solo era un predestinado, sino que, por su amor desinteresado de «servir a Dios por Dios», había agradado singularísimamente al Señor y alcanzado inmensos merecimientos.

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