Sociedad

Farmear aura, una ridiculez

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Jueves 3 de septiembre de 2026

Por Pablo Muñoz Iturrieta

A quienes insisten en que “no hay nada malo” con farmear aura, hay que responderles apuntando a que el problema no es, ante todo, una cuestión moral. El problema es que es una ridiculez.

Farmear aura consiste en repetir gestos, poses y actitudes para acumular una puntuación imaginaria de carisma.

Es decir: vivir como si uno fuera un personaje de videojuego recolectando monedas invisibles de prestigio. No es un vicio trágico. Es una farsa pequeña.

Una civilización no se hunde solo por pecados graves; también se vuelve cómica cuando sus jóvenes convierten la existencia en una granja de apariencias.

El aura verdadera no se farmea. Se tiene o no se tiene. Nace de la inteligencia, del carácter, del dominio de uno mismo, de haber leído, trabajado, sufrido y aprendido a callar.

Lo demás es teatro barato: caminar despacio para que alguien diga “+1000”, mirar al horizonte como si uno hubiera entendido a Aristóteles, o fingir despreocupación precisamente porque se está desesperado por ser mirado.

Decir que “no pasa nada” es no entender nada. No hace falta condenarlo como si fuera un crimen. Basta con nombrarlo con exactitud: es pueril.

Es la estética de una época que ya no sabe qué es la grandeza y entonces premia la pose. El hombre serio no cultiva “puntos de aura”; cultiva virtudes. El resto es ruido, meme y vacío con filtro.

Cuando una sociedad aplaude que alguien “farmee” presencia en vez de merecerla, no está siendo permisiva. Está siendo ridícula.

Y lo ridículo, sostenido el tiempo suficiente, termina por formar almas livianas: gente que no busca ser, sino parecer. Eso no es libertad. Es adolescencia crónica con diccionario gamer.

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