Historia

El día que las iglesias cerraron

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Sábado 1 de agosto de 2026

El 31 de julio de 1926, a las doce de la noche, callaron las campanas de México.

Entró en vigor la Ley Calles. Seis días antes, el 25 de julio, los obispos habían firmado la Pastoral Colectiva: a partir de esa medianoche se suspendería en todos los templos de la República el culto público que exigiera la intervención de un sacerdote.

No se trataba de un interdicto. Era la única forma que les quedaba de protestar contra una ley que consideraban imposible de cumplir sin traicionar la fe.

Las horas previas fueron de una intensidad que aún conmueve. Desde el 24 de julio, día y noche, se formaban filas enormes frente a las iglesias.

En la Catedral de México, el 29 y el 30, el gentío era imposible. Cantos de perdón y de despedida a la Virgen “de partir el alma”. Un fiel escribió en su diario:

«Julio 29. Fui a comulgar a la Villa, era un gentío imposible… ¡Dios mío! Ten piedad de tu México… Julio 30. Volví a comulgar en la Villa de despedida. El dolor me rompía el alma… Los templos todos, reventando de gente. Cuatro Obispos no dan abasto a las confirmaciones. Cientos de bautizos, y confesiones, y casamientos y comuniones inacabables. Por la tarde, al cubrir el Santísimo, parecía el día del juicio, el descendimiento de la Cruz. Se iba Jesús… los sagrarios solos…».

En todo el país se repitió la misma escena. En Córdoba, Veracruz, desde temprana hora del 30 se celebraban las últimas misas.

En Tampico, millares de niños fueron confirmados y bautizados; pasaron de treinta los matrimonios. El obispo se desmayó por el excesivo trabajo y los fieles lo atendieron entre lágrimas.

En la Catedral de México se calcularon ocho mil confirmaciones; en los demás templos los bautizos superaron los tres mil.

Se eliminaron los cobros. Se dio la comunión a los niños aunque no se supieran el catecismo. El pueblo quería “dejar las cosas en orden” antes de que se apagara la luz del altar.

Llegó el 31. En muchos lugares se anunció una misa solemne a las doce de la noche. Desde que terminó el ejercicio vespertino, la nave de los templos era materialmente insuficiente.

Las visitas de rodillas, desde la puerta hasta el altar, se sucedían. Nadie quería ver llegar aquel momento.

A las once y media los sinos sonaron: unos con alegre repique, otros con lúgubre canto. La Adoración Nocturna, las asociaciones piadosas y los agrupamientos católicos entraron con sus banderas. Fue la última Eucaristía pública.

Cuando terminó, los sacerdotes retiraron el Santísimo, inventariaron lo que podían y abandonaron los templos. Un testigo de Tlaltenango escribió el manuscrito que Jean Meyer recogió en La Cristiada:

«Se cerró el templo, el sagrario quedó desierto, quedó vacío, ya no está Dios ahí, se fue a ser huésped de quien gustaba darle posada ya temiendo ser perjudicado por el gobierno… Ya no se oyó el tañer de las campanas que llaman al pecador a que vaya a hacer oración. El pueblo estaba de luto, se acabó la alegría, ya no había bienestar ni tranquilidad, el corazón se sentía oprimido».

En Guadalajara, el padre Heriberto Navarrete, entonces joven militante, recordó: «El 31 de julio la excitación fue máxima: a la noche los sacerdotes abandonaron las iglesias que automáticamente quedaron al cuidado de los fieles».

En los ranchos y pueblos, la gente llegaba preguntando: «¿A qué se debe esto? ¿Por qué cierran las iglesias?». Y sólo se respondía: «Quién sabe… yo no sé».

Al amanecer del 1 de agosto domingo no hubo misa en ninguna parroquia de México. Las autoridades gubernamentales entraron a inventariar, a lacrar puertas, a entregar los templos a juntas vecinales bajo control oficial.

La policía y la tropa montaron guardia. Los templos quedaron abiertos para la oración de los laicos, pero los sagrarios estaban vacíos y los sacerdotes escondidos o en camino al exilio.

Por primera vez en más de cuatrocientos años, el culto público había cesado en toda la República.

Detrás de aquella ofensiva no había sólo un presidente autoritario. Plutarco Elías Calles había sido iniciado en la masonería en la Logia Helios de Guaymas y mantenía vínculos con el Rito Escocés.

En mayo de 1926 recibió de la masonería mexicana una medalla de mérito precisamente por sus acciones anticlericales. Logias nacionales e internacionales le enviaron cartas de apoyo.

En amplios círculos católicos de la época se entendió con claridad: la persecución no era sólo política; era también la expresión de una ideología que, desde las logias, veía en la Iglesia católica al enemigo histórico que debía ser reducido y controlado.

Aquel 31 de julio de 1926 no fue el final. Fue el comienzo del silencio de los altares y el inicio de la resistencia.

En los templos vacíos, en las casas donde se escondía el Santísimo, en los campos donde pronto se alzarían los gritos de «¡Viva Cristo Rey!», el pueblo mexicano descubrió que la fe no se apaga cuando se cierran las puertas de piedra.

Hoy, un siglo después, recordamos aquellas primeras horas y aquellos primeros días: el silencio de las campanas, los sagrarios desiertos, el duelo de un pueblo y la sombra de quienes, desde las sombras de las logias, impulsaron la ley que pretendió apagar la luz de los altares.

Que no se olvide.

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