El hombre de las cien manos

Sábado 11 de julio de 2026

En la fotografía, una mujer muestra el autógrafo de Asimov.
Isaac Asimov imaginó leyes para impedir que los robots dañaran a los humanos, pero durante décadas ignoró un límite mucho más sencillo: el consentimiento de las mujeres.
Fue uno de los autores más influyentes de la ciencia ficción. Escribió y editó cientos de libros, popularizó ideas sobre robótica y creó las famosas Tres Leyes que debían regular la conducta de las máquinas.
Sin embargo, en convenciones, reuniones y sesiones de autógrafos también desarrolló una reputación mucho menos admirable.
Asimov solía describirse como un hombre aficionado al coqueteo. En sus propias memorias habló con orgullo de besar a jóvenes que se acercaban para pedirle una firma y sostuvo que ellas parecían aceptar sus demostraciones de afecto.
Pero los testimonios de varias personas de su entorno muestran una realidad distinta.
La escritora y editora Judith Merril recordó que Asimov miraba, hacía insinuaciones y tocaba a mujeres como si aquello fuera una forma de “sociabilidad inocente”. Entre algunas de ellas llegó a ser conocido como “el hombre de las cien manos”.
Merril contó que, después de que él le tocara repetidamente el trasero durante una reunión, decidió responder sujetándolo por la entrepierna. Según escribió, Asimov no volvió a manosearla.
No fue el único testimonio.
Edward L. Ferman, quien durante años dirigió una de las revistas más importantes de ciencia ficción, recordó que Asimov recibió a una mujer tocándole un pecho en lugar de estrecharle la mano.
Otros colegas hablaron de una conducta tan habitual que algunos procuraban colocarse físicamente entre él y las mujeres jóvenes.
El propio Asimov contribuyó a normalizar esa imagen.
En 1971 publicó un libro humorístico titulado The Sensuous Dirty Old Man, en el que trataba el contacto con las mujeres como una cuestión de lugar, momento y técnica, no de si ellas deseaban ser tocadas.
Durante mucho tiempo, aquel comportamiento fue presentado como una excentricidad inofensiva de un escritor célebre.
Asimov tenía fama de ser ingenioso, sociable y aparentemente incapaz de hacer daño, una imagen que ayudó a que muchos minimizaran lo que ocurría delante de ellos.
Pero una broma deja de serlo cuando solo una de las personas involucradas se está divirtiendo.
Asimov estuvo casado dos veces y tuvo dos hijos con su primera esposa. Su conducta pública hacia otras mujeres no fue un secreto descubierto décadas después: era conocida, comentada y, con demasiada frecuencia, tolerada por el ambiente que lo rodeaba.
Reconocer esta parte de su vida no obliga a negar su enorme influencia literaria ni a fingir que sus libros nunca existieron.
Obliga a hacer algo más difícil: aceptar que una persona puede ampliar nuestra imaginación sobre el futuro y, al mismo tiempo, reproducir comportamientos dañinos propios de su época.
Sus robots debían obedecer reglas precisas para no lastimar a nadie. Él necesitaba una sola: No tocar a una mujer sin su consentimiento.

