Religión

El malabarista de Nuestra Señora


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Viernes 8 de mayo de 2026

En la Edad Media, surgieron muchas leyendas piadosas. Una de las más conmovedoras es la historia del Malabarista de Nuestra Señora, también conocida como Le Tombeor Nostre Dame.

Este es un relato anónimo del siglo XIII, que ha inspirado a diversas artes a través de los siglos.

En la Edad Media, vivía un humilde acróbata ambulante que no sabía leer ni escribir, ni recitar oraciones largas como los monjes.

Su único talento era su arte: hacer piruetas, volteretas y malabares con gran destreza. Pero era un hombre simple y devoto de la Virgen María.

Un día, cansado del mundo y deseoso de llevar una vida santa, decidió entrar en un monasterio.

Los monjes, conmovidos por su sinceridad, lo aceptaron como hermano lego. Sin embargo, pronto se sintió inútil y triste, pues no podía participar como los demás en la oración cantada, la lectura de salmos ni en los oficios litúrgicos.

Veía a todos ofrecer a Dios y a la Virgen cosas hermosas, mientras él no tenía más que su cuerpo y su arte de saltimbanqui.

Entonces, un día que todos los monjes estaban ocupados, el hermano se dirigió secretamente a la capilla del monasterio.

Allí, ante una imagen de la Virgen María, comenzó a hacer lo único que sabía hacer bien: danzar, saltar, girar y realizar acrobacias con total entrega y alegría, como si fuera su oración.

Lo hizo todos los días, en secreto, como ofrenda de amor y gratitud. Pero un monje lo descubrió y fue a avisar al abad, creyendo que era una locura o una falta de respeto.

El abad y algunos monjes se escondieron para observar, vieron al hermano ante el altar de la Santa Virgen, cabeza abajo, los pies en el aire, haciendo malabares con seis pelotas de cobre y doce cuchillos.

En honor de la santa Madre de Dios realizaba esos actos, que antes le habían ganado renombre.

Sin comprender que ese sencillo sujeto ponía así sus conocimientos y habilidades al servicio de la Santa Virgen, los dos monjes más viejos protestaron contra el sacrilegio.

El prior sabía que el alma del malabarista era pura, pero llegó a la conclusión de que era presa de la locura.

Los tres se disponían a sacarlo de la capilla, cuando vieron que la Virgen María bajaba la escalinata del altar y avanzaba para enjugar con un pliegue de su túnica azul, el sudor que bañaba la frente del malabarista.

Y el prior, cayendo de bruces en el suelo, pronunció estas palabras:

–Benditos sean los simples de corazón, pues ellos verán a Dios.

-Amén -respondieron los viejos monjes, y besaron el suelo.

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