El hermano incómodo


Sábado 25 de abril de 2026
Gustavo Adolfo Madero González fue hermano menor, por dos años, de Francisco I. Madero.
Fue apodado “el hermano incómodo” del presidente debido a su carácter desconfiado y cauteloso, rasgos que llevaron a muchos anti maderistas a considerarlo una figura peligrosa.
Tenía 38 años cuando su hermano llegó a la presidencia. Era tuerto; había perdido un ojo durante su infancia a causa de un accidente. Sus enemigos lo apodaban de manera despectiva “el Ojo Parado”.
Su relación con el presidente fue cercana y tensa a la vez. Gustavo actuó como consejero constante y no dudaba en reprender y advertir a su hermano sobre los peligros que lo rodeaban, ya que Francisco tendía a confiar ciegamente en muchas personas.
Durante el movimiento armado, Gustavo fue el encargado de obtener los recursos económicos para la compra de armas destinadas al ejército que apoyaba a su hermano.
Solía bromear diciendo que, de todos los Madero, habían elegido al más tonto para ocupar la presidencia.
En numerosas ocasiones advirtió a Francisco sobre el golpe militar que se planeaba en su contra; sin embargo, el presidente no le creía.
Cansado, Gustavo llegó a decirle: «Lo peor es que me van a matar a mí también». No estaba equivocado.
En una ocasión, un coronel amigo suyo le entregó una lista de 22 generales presuntamente involucrados en la conspiración contra el presidente.
En algunos nombres aparecía la anotación «no están seguros». Gustavo acudió con su hermano y, según relata Adrián Aguirre Benavides, sostuvieron la siguiente conversación:
—Gustavo: He venido a tratar de despertarte para salvarte la vida; si te empeñas en no obrar, tú y yo vamos a acabar colgados de los árboles del Zócalo. Si no estuviera mi vida de por medio, no habría venido.
—Francisco: Me dolería tu muerte; a mí nunca me ha importado morirme.
En cierta ocasión, en los pasillos de Palacio Nacional, Gustavo encañonó a Victoriano Huerta y le aseguró que sabía de la traición que estaba preparando. Lo condujo ante el presidente, pero Huerta negó la acusación y Francisco le creyó.
Gustavo salió regañado por su hermano, quien lo tachó de exagerado, mientras Huerta abandonó el despacho presidencial frotándose las manos.
Para “limar asperezas”, la mañana del 18 de febrero de 1913 Huerta invitó a desayunar a Gustavo al restaurante Gambrinus.
A mitad del desayuno, Huerta se levantó fingiendo atender una llamada. En ese momento, la guardia del Bosque de Chapultepec, encabezada por un cuñado de Huerta, arrestó a Gustavo y lo encerró en una bodega del restaurante.
Para entonces, Francisco I. Madero, José María Pino Suárez y Felipe Ángeles ya habían sido apresados.
Gustavo fue asesinado dos días antes que su hermano, en el patio de la llamada Ciudadela.
El día de su muerte se resistió, aferrándose al marco de una puerta e intentando convencer a sus captores de que no lo mataran, incluso ofreciéndoles dinero.
Uno de los cadetes le disparó y lo hirió en el maxilar. Fue arrastrado al patio entre empujones, insultos y puntapiés; le gritaban «ojo parado», «cobarde» y «llorón».
Un desertor del 29.º Batallón, de apellido Melgarejo, hundió la punta de su espada en el único ojo sano de Gustavo, dejándolo completamente ciego.
Tambaleante, se desplomó junto a la estatua de Morelos. Un capitán, en estado de ebriedad, disparó su arma, seguido por varios soldados que hicieron lo mismo con sus fusiles.
Ya muerto, su cuerpo fue mutilado y cubierto con tierra y estiércol. El cadáver presentaba 37 heridas.
En sus bolsillos se encontraron 63 pesos y un cuaderno de apuntes cuya última frase decía: «Todo está perdido, los soldados no quieren pelear».
El cuerpo permaneció tirado hasta el amanecer, cuando fue sepultado en una fosa en el mismo patio.
Cuando murió Gustavo, Francisco I. Madero se enteró por su madre, quien acudió a visitarlo a su habitación en Palacio Nacional, donde permanecía preso.
Ella vestía de negro, y al conocer la noticia, Madero cayó de rodillas, llorando y pidiendo perdón a su madre, consumido por la culpa.
La viuda de Gustavo, al igual que la de Francisco I. Madero, vistió de negro el resto de su vida.
