Religión

Intrínsecamente perverso


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Jueves 23 de abril de 2026

Por Ángel López

El mayor problema ideológico que veo en muchas, si no en todas, las comunidades, es el Comunismo.

El Papa Pío XI dijo: “El comunismo es intrínsecamente malo y nadie que quiera salvar la civilización cristiana puede colaborar con él en ninguna empresa” (Divini Redemptoris).

El papa León XIII llamó al comunismo “directamente contrario a los derechos naturales de la humanidad” (Rerum Novarum).

El comunismo, en su sentido más básico, es la búsqueda de la igualdad total en todas las cosas con el fin de la prosperidad humana.

Toda ideología centrada en el hombre siempre terminará siendo caníbal en sus puntos extremos.

Tenemos muchos ejemplos de las vidas más horrendas dentro de los países comunistas más extremos de la historia reciente.

¿Por qué toda ideología centrada en el hombre termina siendo caníbal? Porque es antinatural para nosotros los humanos.

No fuimos hechos para el mundo, sino para Dios. Como el mismo Jesucristo nos enseña en Jn 17:16: “Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”.

Hay algo bueno en no querer que nadie sea pobre. Desear que todos sean alimentados, vestidos y alojados por amor al prójimo.

Jesús nos enseña a realizar cada uno de estos actos de misericordia; no es hasta que convertimos los medios en los fines mismos que esto se convierte en una ideología perversa.

El comunismo alimenta el deseo intrínseco de riqueza y poder y termina en catástrofe y desesperación.

Podemos creer que no tenemos tendencias comunistas, o que nuestro gobierno y nuestra comunidad han desterrado el comunismo, pero yo argumentaría que esto no es cierto.

Donde el comunismo no ha entrado libremente, se ha puesto un disfraz para entrar discretamente.

Algunos ejemplos son el feminismo, el transgenerismo, el aborto, el posmodernismo y muchos otros.

Hay dos grandes ataques inspirados en el comunismo dentro de nuestra Santa Iglesia y contra nuestra Santa Iglesia: el feminismo y la secularización.

Yo definiría el feminismo como la creencia de que el hombre y la mujer no tienen responsabilidades intrínsecas.

Es decir, que el papel que un hombre o una mujer pueda asumir en cualquier relación es intercambiable o adaptable a la personalidad de uno más que al género.

Vemos esto no solo en los “modernistas”, sino también dentro de los “tradicionalistas” bajo formas diferentes.

Vemos claramente un movimiento de mujeres dentro de la Iglesia que asumen roles que Dios destinó debidamente para los hombres.

Algunos ejemplos son el de lectoras, monaguillos, cargos de liderazgo en la Iglesia (como canciller) y, en última instancia, el intento de aceptar a las mujeres en el sacerdocio.

Vemos también una forma de feminismo, que no es el feminismo en sí, sino una forma deformada del mismo concepto, cuando los laicos critican o juzgan a los que están por encima de nosotros en la vocación, es decir, sacerdotes, obispos y al Papa León.

Vemos esto también culturalmente en nuestras comunidades cuando las parejas casadas no quieren hijos o limitan su número por la búsqueda de trabajo o carrera de ambos padres.

Lo vemos cuando las mujeres quieren tener una carrera o empleo para sus propios fines en lugar de confiar y depender de sus maridos para que provean.

O del lado del marido mismo cuando no aprovecha toda oportunidad y momento que Dios le ha dado y, en cambio, depende de su esposa por pereza o vanidad.

Hasta vemos hoy la mujer pretender asumir el cargo de cabeza del hogar y hasta regañar al marido.

La secularización, la mundanidad, el relativismo, el espíritu del mundo o la conformidad con el mundo son todo lo mismo.

Es la ideología de que todos tenemos la misma probabilidad de estar en estado de gracia y entrar al cielo sin importar la creencia, la religión o el comportamiento moral de cada uno.

Es esta ideología falsa y diabólica la que lleva a decir falsamente cosas como “El infierno está vacío” o “Todos iremos al cielo” o “Dios está enteramente en cada religión”.

Lo vemos cuando tomamos a la ligera nuestra religión y especialmente el Santo Sacrificio de la Misa.

Cuando no tenemos urgencia por recibir todos los sacramentos disponibles y no tratamos nuestro estado de gracia como el regalo más valioso que hemos recibido.

Lo vemos cuando queremos hacer un espectáculo de las cosas santas para nuestro propio placer natural o para que el mundo secular las acepte.

Cuando no nos importa la vida humana, especialmente en las últimas horas de una persona, y automáticamente concluimos que ya están en el cielo y no hay necesidad de orar por el descanso de su alma.

Se está volviendo más común ver una fiesta con música y alcohol para “celebrar” la vida de un ser querido en su funeral.

Espero que esta pequeña reflexión nos ayude a encontrar un área en la que podamos mejorar por la caridad de Jesucristo nuestro Salvador y Redentor, y para la santificación de nuestra alma y la de nuestras familias.

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