Religión

ESOS CURAS DE ANTES


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Domingo 29 de marzo de 2026

Espero no ofender a nadie, especialmente a los sacerdotes que lleguen a leer las letras de este burro.

Recuerdo a esos curas de antes, esa sotana larga, el rosario en la mano, medallas de la Virgen en los bolsillos y un clergyman en su cuello.

Como me gustaba verlos pasar por las calles con el breviario en sus manos, eran imponentes, distintos, les decían nuestros padres “su reverencia”, mientras nosotros los llamábamos simplemente “los curas”.

Se sentaban a confesar en las iglesias, con esa estola morada, nos absolvían de nuestros pecados y decían una fórmula en latín que no entendíamos, pero eso si, fácilmente comprendíamos la penitencia y la gravedad de nuestros pecados, pues hablaban sin tapujos del cielo y del infierno.

Era común, verlos rezar en las bancas de esa misma iglesia en la cual celebraban la misa.

No eran tan risueños, ni tan habladores, ni tan artistas, poco o nada les importaba ser muy cercanos, eran más bien reconocidos por mencionar a sus padres fundadores, la vida de los santos, por su soledad, su pobreza y sus muchos sacrificios.

Cuidaban del Sagrario, de la imagen de la Virgen que adornaba su parroquia, de su devoción a San José y su amor y admiración por el Papa, que entonces eran merecidos y justificados.

No eran de besos, ni abrazos, ni de fotos o de redes, nada de cercanía con las mujeres, ni de ser amigueros o compinches con nadie, repelían tanta cercanía y vanidad.

Pero verlos servir al pobre daba gusto, su compasión verdaderamente conmovía y su piedad nos dejaba anhelar el cielo.

Decían misa sin apresurarse. No vacilaban en retrasar los oficios si alguien les requería confesarse. No permitían pasarelas en el ambón. No utilizaban ministros de Eucaristía.

Hoy día necesitamos muchos como ellos. Sería deseable tener en abundancia sacerdotes sobrios, santos y sabios. ¡Cuanta falta hacen esos curas de antes!

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