La higiene personal en México


Martes 17 de marzo de 2026
Hubo un momento en que arreglarse frente al espejo empezó a verse como parte de la vida moderna en México.
Durante el Porfiriato (1876–1911), la idea de elegancia estaba profundamente influenciada por Europa, especialmente por Francia.
En la Ciudad de México comenzaron a aparecer perfumerías, boticas y tiendas especializadas donde se vendían polvos faciales, pomadas para el cabello, aguas perfumadas y jabones finos importados.
En los anuncios de periódicos de la época se ofrecían cosméticos traídos de París junto con peines, cepillos, lociones y artículos de tocador.
El tocador femenino empezó a convertirse en un pequeño ritual cotidiano. Polvos de arroz para matizar el brillo de la piel, cremas perfumadas, pomadas para el cabello y colonias eran parte de los objetos que acompañaban los vestidos elegantes y los sombreros de la época.
Para muchas mujeres de las clases urbanas, arreglarse antes de salir de casa era también una forma de participar en esa nueva vida social que se desarrollaba en teatros, cafés y paseos como el Paseo de la Reforma.
En ese mismo periodo también comenzó a cambiar la relación con la higiene personal.
Aunque el jabón existía desde siglos antes, fue a finales del siglo XIX cuando empezó a difundirse de manera más amplia como producto de uso cotidiano.
Las fábricas de jabón comenzaron a producir pastillas perfumadas destinadas no solo al lavado de ropa, sino al cuidado personal.
En boticas y comercios se vendían jabones de tocador elaborados con esencias florales, considerados más delicados para la piel.
Con el crecimiento de las ciudades y la expansión de la industria durante el siglo XX, el jabón dejó de ser un artículo relativamente exclusivo y se convirtió en un producto básico del hogar.
Poco a poco, lavarse con jabón pasó de ser un hábito ocasional a una práctica diaria asociada con la salud, la limpieza y la vida urbana moderna.
Así, entre perfumes, polvos y jabones de tocador, el cuidado personal empezó a formar parte de una transformación más amplia.
No era solo cuestión de apariencia. Era una señal de un país que estaba cambiando sus costumbres, su vida cotidiana y la manera en que las personas se presentaban ante el mundo.

