La verdadera y sangrienta historia de San Valentín


Sábado 14 de febrero de 2026
¿Eres de los que se quejan porque el 14 de febrero es un invento comercial? Pues prepárate, porque la realidad es mucho más gruesa que una caja de bombones.
Si pensabas que el amor estaba en el aire, lo que había en el aire de la Roma antigua eran tiras de piel de cabra ensangrentadas.
Mucho antes de los cupidos con pañales, los romanos celebraban las Lupercales cada 15 de febrero.
Todo venía de una crisis demográfica en tiempos de Rómulo: las romanas no se quedaban embarazadas ni a tiros.
Desesperados, consultaron al Oráculo de la diosa Juno, que soltó una lindeza digna de una película de terror:
«Madres del Lacio, que os fecunde un macho cabrío velludo».
Dicho y hecho. Para honrar al dios Fauno, los sacerdotes sacrificaban cabras, cortaban su piel en tiras (llamadas februa, de donde viene «febrero») y se las daban a los Lupercos.
Estos chavales, que representaban al dios Pan (nieto del lobo Licaón, de ahí lo de lupus), se manchaban la cara con la sangre del animal y salían a correr desnudos por el Palatino.
¿El objetivo? Ir arreándole latigazos a toda mujer que se cruzara. Y ojo, que ellas no solo no huían, sino que se ponían en fila, convencidas de que un buen correazo de cabra era el mejor método para asegurar la descendencia.
Mientras tanto, el emperador Claudio II «El Gótico» estaba a lo suyo: la guerra. Como pensaba que los soldados casados eran unos flojos porque siempre querían volver a casa, prohibió el matrimonio a los jóvenes soldados profesionales alegando la incompatibilidad del amor con la profesión y porque creía que sin familia eran mejores luchadores.
Aquí aparece nuestro protagonista, Valentín, un cura con un par de narices que decidió montar una red clandestina de bodas en los sótanos de Roma. Era el organizador de eventos ilegales más buscado.
Evidentemente, le echaron el guante. Tras negarse a adorar a los dioses romanos, le dieron una paliza, lo apedrearon y finalmente lo decapitaron el 14 de febrero del año 269. Un final muy «romántico», como puede verse.
Llegamos al siglo V y el Papa Gelasio I tiene un problema: el pueblo seguía prefiriendo ver a tíos desnudos con látigos que ir a misa. ¿Solución? Marketing eclesiástico.
Prohibió las Lupercales por «indecentes» y, para que la gente no se aburriera, adelantó un día la fiesta y la sustituyó por el recuerdo del mártir Valentín.
Así, de un plumazo, convertimos una fiesta de fertilidad animal y testosterona en una celebración de amor casto y cristiano. Cambiamos el cuero por el incienso.
El toque cursi que hoy conocemos, se lo debemos a Geoffrey Chaucer en el siglo XIV.
Se inventó que ese día los pájaros elegían pareja y la aristocracia inglesa, que siempre ha sido muy de postureo, empezó a enviarse cartitas.
De ahí a las rebajas de febrero de los grandes almacenes solo hubo un paso (y unos cuantos siglos de capitalismo).
Veredicto: San Valentín no nació de un flechazo, sino de una mezcla de oráculos extraños, latigazos de cabra, un emperador enojado y un cura con mucha fe y poca cabeza (literalmente).

