Como el Sultán de Marruecos impidió la persecución a los judíos en su país


Lunes 9 de febrero de 2026
El sultán Mohammed V tenía apenas 31 años cuando los nazis llamaron a su puerta.
Para los generales franceses que gobernaban Marruecos en 1940, no era más que una figura decorativa. Un joven fácil de presionar. Una corona sin peso real. Creían que obedecería.
Se equivocaron.
El régimen de Vichy, aliado de la Alemania nazi, llevó al norte de África el mismo veneno que ya se expandía por Europa. Discriminación legal, confiscaciones, humillación pública.
El objetivo era borrar la identidad de cientos de miles de judíos marroquíes. Primero señales. Luego exclusión. Después, algo aún peor.
Exigieron la colaboración del sultán. Mohammed V dijo que no.
Musulmán devoto y Comandante de los Creyentes, no veía a los judíos como un pueblo ajeno. Eran marroquíes. Súbditos bajo su protección moral y espiritual. Para él, gobernar no significaba ejecutar órdenes injustas, sino responder a la propia conciencia.
A los representantes de Vichy les dejó una frase que el tiempo no ha borrado: “En Marruecos no hay judíos. Solo hay marroquíes”.
Y no se quedó en palabras. Bloqueó censos raciales. Retrasó decretos de confiscación. Prohibió cualquier símbolo de humillación.
En su reino, la exclusión no echaría raíces.
En 1941, durante el Día del Trono, fue aún más lejos. En presencia de autoridades francesas y observadores alemanes, invitó a los líderes de la comunidad judía al palacio. Los sentó junto a los generales, al mismo nivel que su trono.
El mensaje fue claro. Tocar a uno de ellos era desafiar a la Corona.
Gracias a esa resistencia silenciosa y firme, los planes nunca se concretaron. Mientras otras comunidades del Mediterráneo eran perseguidas, los judíos de Marruecos sobrevivieron.
No fue una casualidad. Fue una decisión.
Cuando Marruecos e Israel restablecieron relaciones diplomáticas en 2020, no fue solo un acto político. Fue un regreso a la memoria. El acuerdo fue firmado por Mohamed VI, nieto del sultán que había protegido a los judíos cuando el mundo les dio la espalda.
Aquellos acuerdos no crearon una amistad. La reconocieron.
Una amistad forjada en los días más oscuros del siglo XX, bajo la guía de un rey musulmán que, con la sola fuerza de su conciencia, se negó a permitir que el odio gobernara su tierra
