El organillero: historia y tradición musical


Martes 10 de marzo de 2026
Hay sonidos que pertenecen a una ciudad.
En la Ciudad de México, uno de ellos gira lentamente con una manivela.
El organillo no nació aquí. Es un instrumento mecánico europeo que se popularizó en Alemania durante el siglo XIX.
A México llegó hacia finales de ese mismo siglo, en pleno Porfiriato, cuando la casa de instrumentos Wagner y Levien comenzó a importarlos desde Europa.
Aquellas cajas musicales se rentaban a trabajadores que recorrían plazas, jardines y calles tocando melodías para ganarse unas monedas.
Así nació el oficio del organillero.
Con el tiempo, el sonido del organillo dejó de ser una novedad extranjera y se volvió parte del paisaje urbano de la capital.
Durante las primeras décadas del siglo XX, después de la Revolución Mexicana, apareció también la imagen que hoy todos reconocen: el organillero con uniforme color caqui y gorra, inspirado en la estética de los soldados revolucionarios y convertido con los años en un símbolo del Centro Histórico.
Los instrumentos que todavía suenan hoy no son nuevos. Muchos fueron fabricados a finales del siglo XIX o principios del XX y pesan entre 25-50 kg.
Ya no se construyen y su reparación depende de muy pocos especialistas que aún saben cómo mantenerlos funcionando.
Por eso el oficio se ha ido reduciendo con el paso del tiempo.
En la Ciudad de México quedan menos de un centenar de organilleros activos, muchos de ellos pertenecientes a familias que han heredado el instrumento durante generaciones.
Así que cuando ese sonido aparece en una esquina del Centro, no es solo música callejera.
Es una tradición que lleva más de cien años caminando por las calles de la ciudad.
Y uno de los pocos sonidos del siglo XIX que todavía sigue vivo en la Ciudad de México.

