Sociedad

La ficción del patriarcado, solo un mito feminista

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Domingo 8 de marzo de 2026

Hoy vamos a diseccionar una de las ficciones más rentables de nuestra era, esa que pretende juzgar los siglos pasados con la arrogancia moral de quien tiene la nevera llena y el aire acondicionado prendido.

Me refiero al revisionismo histórico feminista, esa tendencia a mirar hacia atrás y ver únicamente maldad donde, en realidad, había reinaba la urgencia urgencia.

El feminismo pretende vendernos la narrativa de la «opresión histórica» de la mujer como si fuese una verdad histórica incuestionable.

La verdad es mucho más cruda y compleja. Se trató de una respuesta funcional ante una precariedad material despiada.

Atribuir la categoría de injusticia moral a estructuras que sirvieron como herramientas de supervivencia es un anacronismo criminal.

Lo que buscan es acumular privilegios en el presente esgrimiendo una supuesta opresión sistémica contra la mujer que nunca existió.

La unidad doméstica como búnker de supervivencia:

Durante milenios, la familia nuclear estuvo lejos de ser una elección estética o un capricho cultural.

Fue la única unidad básica que pudo garantizar la vida tras la revolución agrícola (aproximadamente hace 10,000 años a.C.).

No contábamos con un Estado de bienestar que hiciera de amortiguador, y mucho menos con tecnología que sustituyera el esfuerzo biológico puro.

El trabajo productivo era una brutalidad física que desgastaba el cuerpo profundamente. Por su parte, lo doméstico implicaba una logística de tiempo completo, una lucha diaria contra el caos y el hambre.

En ese ecosistema tan hostil, la asimetría de roles no se puede entender como una privación de derechos. Era, básicamente, una distribución de riesgos.

La historia no se divide entre víctimas y victimarios; fue un sistema de reciprocidad forzado por la escasez más severa.

Cualquier persona con un mínimo de honestidad intelectual debería ser capaz de leer entre líneas en los registros históricos para notar que la supervivencia no entendía de ideologías.

El divorcio entre el mando y la carga:

Aquí es donde la cosa se pone verdaderamente interesante. Si acudimos a la visión clásica de la justicia, a esa herencia aristotélica, entendemos que el equilibrio reside en la unión indisoluble entre Autoridad y Responsabilidad.

Sin embargo, el movimiento moderno intenta una operación quirúrgica que roza lo absurdo. Quieren heredar el capital moral y el poder simbólico del pasado, pero pretenden desacoplarse de los costos que sostenían ese poder.

Reclamar autoridad sin asumir responsabilidad es el camino más directo hacia la tiranía.

Por el otro lado, asumir responsabilidad sin autoridad nos deja en el territorio de la esclavitud.

La ingeniería social que sufrimos hoy empuja al hombre hacia ese segundo polo: se le exige que siga siendo el motor contributivo y protector, mientras se le despoja de toda legitimidad social bajo una política de sospecha constante.

La abstracción del «Patriarcado» y la huida de la madurez:

El concepto de «Patriarcado» se ha convertido en una abstracción muy cómoda. Es el comodín perfecto para evadir la “deuda histórica” real: la deuda con el hombre.

Una deuda que el hombre jamás reclamará por su propia naturaleza estoica. Hablo de aquel que dejó su salud en las minas, en trabajos forzados y peligrosos.

El mismo que pagó cada impuesto con sudor y se mantuvo firme en el frente de guerrra para que hoy podamos debatir estas cosas en un café o en Facebook.

Al disolver la reciprocidad de los roles bajo el manto de la «opresión sistémica», el feminismo busca justificar un presente donde el capricho individual deba ser financiado por el esfuerzo de la colectividad.

Esa demanda de autonomía absoluta, sin consecuencias ni vínculos biológicos, no es progreso.

Es la manifestación de una aversión infantil a la madurez que ya ha sido explicada detalladamente por Agustin Laje en su obra “La generación idiota”.

La historia tiene una inercia propia. Ignorar sus leyes tiene consecuencias que ya estamos empezando a vislumbrar.

El rechazo hacia el feminismo que vemos en la actualidad no es un “brote fascista” contra la “igualdad”, ni una “resistencia machista” a los “derechos de las mujeres”.

No apareció repentinamente por generación espontánea. Es una reacción natural sistémica a una ideología antinatural que día a día se expande entre la mente de mujeres incautas como una peste espiritual.

No puede haber derechos, ni autoridad sin la aceptación de una cuota de riesgo y sacrificio.

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