El Novus Ordo


Viernes 6 de marzo de 2026
No empezó con mala intención.
Alguien quiso “hacer la Misa más atractiva”. Otro pensó que había que “modernizarla”.
Poco a poco, el silencio fue sustituido por ocurrencias, el recogimiento por aplausos, y el altar comenzó a parecer un escenario.
Y casi sin darnos cuenta, el centro dejó de ser Cristo.
La Santa Misa no es un show. No es una reunión motivacional. No es un espacio para protagonismos humanos. Es la actualización incruenta del Sacrificio del Calvario. Es el misterio más grande que existe en la tierra.
Cuando convertimos la liturgia en espectáculo, la consecuencia es grave: el sentido de lo sagrado se diluye. Si todo parece ordinario, si todo busca entretener, el corazón deja de arrodillarse. Y cuando el asombro muere, la fe se enfría.
La Iglesia siempre ha enseñado que la liturgia no nos pertenece. No es propiedad del sacerdote, ni del coro, ni de la comunidad. Es un don recibido. Algo que custodiar con reverencia.
La creatividad pastoral es legítima cuando sirve al misterio. Pero cuando la creatividad reemplaza el misterio, el alma queda vacía.
El mundo ya tiene entretenimiento de sobra. Lo que necesita es un lugar donde el hombre pueda encontrarse con Dios.
En la Misa no vamos a ser sorprendidos. Vamos a adorar. No vamos a divertirnos. Vamos a salvarnos.
Hoy preguntémonos con humildad: ¿Vivo la Eucaristía con reverencia real o la he reducido a costumbre?
Que nunca perdamos el temor ante lo sagrado. Porque donde se pierde la reverencia, se pierde también el corazón.
Señor Jesús, devuélvenos el asombro ante tu Presencia real. Amén.

