EL MANTO DE SAN JOSÉ


Jueves 5 de marzo de 2026
San José debía ir a las montañas de Hebrón, donde tenía un cargamento de madera que había ido aumentando día tras día, sin lograr reunir todo el dinero para pagarlo.
De hecho, solo había reunido la mitad de la suma y no podía esperar más.
La Santísima Virgen le dijo:
—«Si te parece bien, lo pediré a nuestros parientes».
Salió María con sencillez y esperanza; mas, al regresar, traía en el rostro una mala noticia:
—«He llamado a varias puertas, y todos se han excusado. No hay dinero; de otro modo, lo habrían prestado».
Guardó un instante de silencio y añadió con suavidad:
—«He pensado que podrías dejar en prenda tu Manto. El dueño de la madera quedará satisfecho».
Al momento de la despedida, dijo María:
—«El Dios de Abraham te acompañe y su ángel te dirija».
Respondió José:
—«Trataré de regresar pronto».
Así, con la mitad del dinero y con el Manto nuevo que María le había regalado el día de su matrimonio, se puso en camino.
Apenas llegó ante el dueño de los troncos, lo saludó diciendo:
—«Dios te bendiga, Ismael».
Ismael tenía mal carácter; era un avaro sin corazón, y en su casa nunca se había visto la paz: su pasión era el dinero. José conocía bien estas características desde que había iniciado el trato; por ello, tenía poca confianza e incluso temor de declarar el dinero que llevaba en sus bolsillos.
Eligió los troncos, los separó a un lado y, llegado el momento, antes de partir hacia Nazaret, llamó a Ismael y le habló de esta manera:
—«Tú sabes que siempre te he pagado al contado; discúlpame porque hoy solo te traigo la mitad del dinero. Ten paciencia, te pagaré, y como prenda te dejo mi Manto».
Ismael protestó y estuvo a punto de romper el contrato, pero finalmente aceptó como empeño el Manto de matrimonio de San José.
El avaro Ismael padecía desde hacía mucho tiempo úlceras en los ojos y, a pesar de médicos y medicinas, no había logrado recuperar la salud.
Aunque había perdido la esperanza de sanar, se sorprendió a la mañana siguiente al comprobar que sus ojos estaban sanos, como si nunca hubiera sufrido.
Ignorando la causa de aquella prodigiosa curación, relató el hecho a su esposa Eva. Esta tenía un temperamento feroz y, desde que se había casado con Ismael, nunca había tenido paz, ni tranquilidad, ni gusto en el matrimonio; pero esa noche estaba transformada, mansa como un cordero.
—«¿Quién ha traído este cambio?», se preguntó Ismael.
—«Debe de ser el Manto de José, el carpintero de Nazaret, el que ha traído curación, paz y tranquilidad a mi casa. Desde que lo puse sobre mis hombros, siento que he cambiado».
Mientras estaba en la cama, Ismael escuchó un fuerte ruido en el establo y se precipitó a ver qué ocurría. Su mejor vaca, la más grande, se contorsionaba presa de un dolor horrible. Junto a su esposa, hizo todo lo posible por aliviarla, pero era inútil.
Entonces, recordando el Manto, lo colocó sobre el animal tendido en el suelo; de inmediato este se levantó curado y comenzó a comer como si nada hubiera pasado.
Dijo Ismael a Eva:
—«Este Manto es un tesoro; desde que está con nosotros somos felices y no nos separaremos de él ni por todo el oro del mundo. Perdonaré la deuda y estoy dispuesto a darle toda la madera que necesite de ahora en adelante».
Añadió Eva:
—«Le llevaré de regalo a su hijo Jesús un par de corderos blancos y un par de palomas blancas como la nieve; y a María, aceite y miel».
Mientras preparaban los camellos para dirigirse a Nazaret, llegó corriendo el hermano menor de Ismael con la noticia de que la casa de su padre se estaba incendiando. Los dos hermanos corrieron apresuradamente y, al llegar a la casa paterna, cortaron un trozo del milagroso Manto y lo arrojaron al fuego. Sin verter una sola gota de agua, el incendio se extinguió de inmediato. La gente se sorprendió al ver el prodigio y bendijo al Señor.
Algunos días después, llegaron a la puerta del carpintero de Nazaret. Tras entrar, el viejo usurero y su esposa Eva se postraron a los pies de José y María.
Dijo Ismael:
—«Mi esposa y yo venimos a dar gracias por los inmensos dones que hemos recibido del cielo desde que me dejaste el Manto en prenda; quisiéramos tu consentimiento para conservar el Manto y que siga protegiendo mi hogar, mi matrimonio, mis intereses y a mis hijos.
»A través de tu Manto he sanado. Yo era un usurero, altanero, rencoroso y un hombre sin valor; mi esposa estaba dominada por la ira y ahora es un ángel de paz; me debían grandes sumas y las he cobrado sin que me costara esfuerzo alguno. Mi mejor vaca estaba enferma y sanó de repente; finalmente, se incendió la casa de mi padre y el fuego se apagó instantáneamente cuando arrojé en medio de las llamas un pedazo de tu Manto».
—«No eres un hombre como los demás, sino un Santo, un Profeta, un ángel en la tierra. Te traigo un Manto nuevo, de los mejores que se tejen en Sidón; a María, tu esposa, le traemos aceite y miel; y a Jesús, tu hijo, mi esposa le entrega un par de corderos blancos y un par de pichones más blancos que la nieve del Líbano. Acepta estos humildes regalos; dispón de mi casa, de mi ganado, de mis bosques, de mis riquezas y de todo lo que tenemos, pero no me pidas el Manto».
Respondió José:
—«Quédate con el Manto por el tiempo que sea útil. Agradezco vuestras ofrendas y regalos».
Y mientras ellos se levantaban, les dijo María:
—«Sabed, buenos esposos, que Dios ha dispuesto bendecir a todas aquellas familias que se pongan bajo el Manto protector de mi santo esposo.
»No os asombréis por los prodigios realizados; otros mayores veréis. Amad a José, servidle, usad el Manto, repartidlo entre vuestros hijos y que sea esta la mejor herencia que les dejéis en el mundo».
Los esposos mantuvieron fielmente los consejos de la Santísima Virgen María y fueron siempre felices, al igual que sus hijos y los hijos de sus hijos.
Amparaos siempre y poned vuestras familias bajo el Manto protector de San José para Gloria de Dios

