La guerra cristera


Jueves 19 de febrero de 2026
La Guerra Cristera no comenzó de la noche a la mañana. Fue el resultado de años de tensión entre el Estado y la Iglesia en México, una relación marcada por desconfianza, poder y control.
Desde el siglo XIX, con las Leyes de Reforma, el gobierno buscó limitar la influencia de la Iglesia en la vida pública.
Pero fue después de la Revolución Mexicana, con la Constitución de 1917, cuando esas restricciones se volvieron más duras: se prohibió la educación religiosa, se limitaron los sacerdotes y se les impidió participar en política.
Durante algunos años, estas leyes se aplicaron de forma irregular. Pero todo cambió cuando el presidente Plutarco Elías Calles decidió hacerlas cumplir estrictamente.
En 1926 promulgó la llamada Ley Calles, que castigaba con multas, cárcel o expulsión a los sacerdotes que no se registraran ante el Estado o que desobedecieran las disposiciones.
Iglesias cerradas, sacerdotes perseguidos, cultos suspendidos. Para muchos mexicanos, especialmente en zonas rurales, aquello no era solo política, era un ataque directo a su fe.
La respuesta no tardó. En estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Colima, campesinos y fieles se levantaron en armas bajo un grito que resumía todo el conflicto: “¡Viva Cristo Rey!”.
Así nacieron los cristeros, un movimiento armado que no solo defendía la religión, sino una forma de vida profundamente arraigada en sus comunidades.
Lo que siguió fue una guerra brutal, con persecuciones, fusilamientos y una violencia que marcó a toda una generación.
En medio de ese contexto apareció una figura que se volvió símbolo de este conflicto: Miguel Pro, mejor conocido como el Padre Pro.
Jesuita, joven y profundamente comprometido con su fe, ejercía su ministerio en la clandestinidad, celebrando misas en casas, disfrazándose para evadir a las autoridades y acompañando a los creyentes en secreto.
En un país donde la práctica religiosa estaba perseguida, su labor era considerada ilegal.
En 1927, el gobierno lo acusó, sin pruebas sólidas, de estar involucrado en un atentado contra el ex presidente Álvaro Obregón.
Fue detenido y condenado sin juicio formal.
El 23 de noviembre de ese año, fue fusilado en la Ciudad de México. Antes de morir, extendió los brazos en forma de cruz y gritó: “¡Viva Cristo Rey!”.
La escena fue fotografiada por orden del propio gobierno, que buscaba dar un mensaje de advertencia.
Pero ocurrió lo contrario: las imágenes circularon por todo el país y el Padre Pro se convirtió en un mártir.
Su ejecución no detuvo el conflicto. Al contrario, fortaleció la convicción de muchos cristeros.
La guerra continuó hasta 1929, cuando, con la mediación de Estados Unidos, el gobierno y la Iglesia llegaron a un acuerdo.
Con lo que muchos consideraron una claudicación de los obispos, se reanudaron los cultos y se relajó la aplicación de las leyes, aunque nunca se modificaron del todo.
Se estima que murieron entre 70,000 y 90,000 personas. Pero más allá de las cifras, la Guerra Cristera dejó una herida profunda en México.
Dividió comunidades, enfrentó a familias y marcó regiones enteras donde la fe y la historia siguen entrelazadas hasta hoy.

