Sociedad

¿DEUDA HISTÓRICA?

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Domingo 8 de febrero de 2026

El “patriarcado”, esa acrobática contrucción ficcional feminista tantas veces repetida, se ha convertido en el comodín predilecto de muchas intelectualoides de café con cabello morado y una particular fragancia a piscifactoría.

Es un concepto tan elástico que sirve para explicar desde el mito de la “brecha salarial por el mismo trabajo” hasta la supuesta “destrucción patriarcal de la naturaleza”.

Sin embargo, al someter este dogma sexista a un escrutinio de mayor rigor, la narrativa se desmorona con una gran fragilidad.

El problema surge cuando se intenta definir quiénes integran realmente este “sistema opresor”.

Si la respuesta se reduce a los hombres, estamos ante un reduccionismo sociológico de carácter sexista.

Si por el contrario, se sugiere que las mujeres también son parte del andamiaje patriarcal, la creencia se vuelve una trampa dialéctica de la que es imposible caer bien parado.

Hablemos la famosa «deuda histórica hacia las mujeres», un término que suena muy sofisticado en los pasillos de las facultades de ciencias sociales entre hierbas locas y cabellos duros, pero que carece de todo sustento en la realidad.

Si el sistema patriarcal está conformado por hombres y mujeres de forma transversal, ¿quién le firma el “cheque” a quién?

La propuesta de una reparación colectiva donde el deudor y el acreedor se confunden en una misma entidad es una lógica digna del teatro del absurdo.

Pretender que un colectivo se pague a sí mismo una compensación por agravios sistémicos que él mismo sostiene es, cuanto menos, un ejercicio de onanismo intelectual que busca réditos políticos antes que justicia real.

Cuando el argumento flaquea, suele aparecer el recurso de la retórica estatal. Este recurso postula que el estado debe ser el encargado de saldar estas cuentas pendientes, como si como si esta institución generara riqueza de la nada.

Esta perspectiva requiere ignorar por completo la realidad fiscal del estado. El tesoro público no surge por generación espontánea, se nutre de la expoliación impositiva a los ciudadanos, es decir, de hombres y mujeres.

La retórica del estado como “reparador histórico” es tragicómica porque defiende una postura que indemniza una supuesta “deuda histórica” con recursos extraídos, en parte, de las autoproclamadas “víctimas”.

Según esta incoherencia, el dinero para pagar al acreedor es tomado de manera impositiva, en parte, del mismo acreedor.

El concepto de “deuda histórica” responde a una construcción de ingeniería social que no busca solucionar una desigualdad real; lo que busca es perpetuar un estado de agravio permanente que justifique la existencia de estructuras burocráticas cada vez más onerosas y menos eficientes, como los ministerios de “igualdad”.

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