Fuga de película


Lunes 19 de enero de 2026
En 1976, cuando el Palacio Negro de Lecumberri se caía a pedazos por dentro, ocurrió una fuga que parecía sacada de una película criminal.
No hubo explosiones ni disparos. Hubo algo peor: un túnel.
El nombre que quedó ligado para siempre a ese escape fue el de Alberto Sicilia Falcón, uno de los presos más peligrosos del penal.
Sicilia Falcón estaba recluido por narcotráfico. No era un reo común. Tenía contactos, dinero y tiempo. Mucho tiempo.
Mientras Lecumberri se preparaba para cerrar como prisión, dentro del penal se estaba gestando una operación silenciosa: tierra que desaparecía, rutinas que nadie cuestionaba y custodios que miraban hacia otro lado.
El sistema ya estaba cansado… y alguien lo estaba aprovechando.
La noche de abril de 1976, Sicilia Falcón y otros internos desaparecieron. No salieron por la puerta. Emergieron del subsuelo. Un túnel excavado desde el interior del penal los llevó hasta el exterior, presuntamente hacia una casa cercana. El túnel tenía ventilación, espacio suficiente para moverse y una salida limpia. No fue improvisación: fue planeación. Y eso solo era posible con complicidades.
Cuando las autoridades se dieron cuenta, ya era tarde. La fuga fue un escándalo nacional. Demostró que Lecumberri —el penal que había encerrado a criminales, políticos y disidentes— ya no controlaba ni sus propios muros.
Meses después, la prisión cerró definitivamente. El túnel de Sicilia Falcón quedó como el símbolo perfecto de su colapso.
Lecumberri no murió con un motín ni con una rebelión. Murió como mueren los sistemas podridos: desde abajo, en silencio, cavando su propia salida.
