𝐄𝐋 𝐆É𝐍𝐄𝐑𝐎 𝐒𝐄𝐆Ú𝐍 𝐁𝐄𝐀𝐓𝐑𝐈𝐙 𝐏𝐑𝐄𝐂𝐈𝐀𝐃𝐎


Lunes 19 de enero de 2026
Beatriz Preciado, que actualmente se cambió el nombre a Paul Preciado, nació en Burgos en 1970, y se ha consolidado como un referente ineludible, casi iconográfico, dentro del pensamiento contemporáneo y las teorías queer.
No se trata simplemente de un autor de nicho; obras como el «Manifiesto contrasexual» o «Testo yonqui» operan como artefactos de provocación que aspiran a desmantelar las nociones naturales de «hombre» y «mujer», planteando una deformación que es, a un mismo tiempo, intelectual y corporal.
El núcleo de la propuesta de Preciado reside en la concepción del género no como una esencia o un dato biológico, sino como una tecnología biopolítica.
Bajo esta mirada, el cuerpo deja de ser un organismo natural para convertirse en un espacio de diseño, una suerte de mecanismo prostético moldeado por dispositivos de poder.
La sociedad, según este planteamiento, funcionaría mediante una lógica de producción serial de identidades, donde el género es el molde que determina la funcionalidad de los órganos y el flujo del deseo, garantizando así la estabilidad de una estructura de control específica.
La metáfora de la prótesis es aquí fundamental. Preciado sugiere que habitamos el género como quien calza una armadura de alta complejidad que, con el tiempo, termina confundiéndose con la propia piel.
Los cables y conexiones de este traje tecnológico se integran de tal forma en nuestro ser que acabamos por negar su artificialidad.
En esta arquitectura del ser, el «original» desaparece. Para el autor, el pene no sería más que un dildo de carne, un suplemento biológico que la cultura ha decidido dotar de un significado trascendental.
Su aspiración final es la transición hacia lo que denomina cuerpos parlantes, entidades liberadas de las imposiciones sexuales binarias que el sistema intenta perpetuar.
No obstante, esta construcción teórica, por más que seduzca a alguna que otra ingenua por su audacia y su promesa de autonomía radical, tropieza con dificultades insalvables cuando se confronta con la realidad material de la existencia.
El primer problema surge en la recaída implícita de Preciado en un dualismo de corte casi cartesiano.
Al tratar el cuerpo como una extensión, una prótesis o un añadido, se termina resucitando la vieja idea del «fantasma en la máquina».
Se asume que existe una voluntad o un «yo» previo y soberano capaz de elegir su envase a voluntad, ignorando que la condición humana es una unidad indisoluble.
No habitamos una carcasa ni alquilamos una materia biológica; somos nuestra configuración genética, nuestras hormonas y nuestra organización orgánica desde la concepción.
Sostener que la biología es un accesorio opcional resulta tan problemático como afirmar que el sistema radicular de un árbol es un complemento estético que este ha decidido adoptar.
Esta perspectiva, paradójicamente, deshumaniza al sujeto al reducirlo a una pura voluntad flotante sobre una materia que se desprecia como inerte.
Por otro lado, la noción del cuerpo como una tabula rasa sobre la cual la cultura escribe a su antojo ignora la finalidad intrínseca de los organismos vivos.
El dimorfismo sexual no es un producto de un diseño administrativo o una estrategia de mercadotecnia, sino el resultado de procesos evolutivos milenarios.
Eludir esta facticidad bajo el argumento de que todo es tecnología social no constituye un avance crítico, sino que se aproxima a un negacionismo biológico que puede resultar profundamente alienante.
La equiparación entre el órgano y la prótesis, encarnada en la metáfora del dildo, presenta también una debilidad lógica notable.
Es una falacia de falsa equivalencia: el objeto artificial existe y tiene sentido únicamente porque intenta replicar una función o una forma que la naturaleza ya ha establecido.
Sin el referente orgánico, el suplemento carece de propósito. Intentar validar la copia negando la existencia del original es un ejercicio retórico ingenioso, pero carente de base ontológica sólida.
En última instancia, el horizonte de los cuerpos parlantes sin etiquetas parece conducir no a una liberación, sino a una suerte de desarticulación social.
Las categorías de hombre y mujer, más allá de las construcciones culturales que las rodeen, constituyen la base sobre la cual se organiza nuestra especie y se estructuran los vínculos fundamentales.
Al erosionar estas identidades, el individuo no se vuelve más libre, sino más vulnerable. Un sujeto desanclado de su propia naturaleza resulta mucho más fácil de moldear por las lógicas del mercado o las intervenciones del Estado, transformándose en un consumidor perpetuo de soluciones tecnológicas para disonancias que la propia teoría ha contribuido a crear.
El pensamiento de Preciado termina configurándose como una rebelión contra la materialidad misma. Es el síntoma de una época que busca una autonomía tan absoluta que termina por negar el sustrato que permite la vida.
Al desconectar al ser humano de su realidad biológica, se le arroja a un vacío donde impera el capricho del momento y la hegemonía de la técnica.
Lejos de ser una emancipación, esta propuesta parece ser una nueva forma de alienación en la que el individuo intercambia su naturaleza por un contrato tecnológico cuya letra pequeña apenas alcanzamos a vislumbrar.
